Hace muy poco comentábamos con Bruno Lloret (Santiago de Chile, 1990) que una de las grandes carencias de los estudios literarios latinoamericanos en las universidades de todo el mundo pasaba por la ausencia de un programa específico de literatura latinoamericana contemporánea, normalmente relegada a instancias ulteriores de máster o doctorado y dependiente —con demasiada frecuencia— de la iniciativa personal de cada investigador. En la mayoría de los casos, la enseñanza de grado sólo alcanza a impartir clases sobre algunos autores puntuales de la década de 1970 y raramente llega a 1980, es decir, permanecemos estancados en las corrientes literarias de cuarenta años atrás y omitimos en consecuencia a generaciones enteras como las del post-boom, el crack, McOndo y a todos los jóvenes autores que ya les están tomado el testigo en nuestro siglo. Esta carencia está ralentizando la construcción de una corriente crítica sólida en torno al nuevo boom que está experimentando la literatura latinoamericana contemporánea en los últimos años, donde estamos asistiendo al surgimiento de un amplísimo conjunto de nuevas autoras y autores con un perfil diferencial con respecto a sus predecesores y una calidad literaria rotunda que, en muchos casos, responde además a una formación académica brillante y una trayectoria que va más allá de las fronteras nacionales tradicionales. Esta nueva generación de autores, amplísima y muy heterogénea, se está constituyendo como pocas desde un entramado dialógico de asociación en red, articulado a su vez con numerosos nexos académicos y editoriales tanto en América Latina como en EEUU y Europa, donde destacan con fuerza singular los nodos de Ciudad de México, Santiago de Chile, Nueva York y la meca editorial de Barcelona, así como Madrid, Buenos Aires, Bogotá y —ojalá— Londres y Berlín.

 

Nombres mayúsculos como los de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), Mario Bellatin (Ciudad de México, 1960), Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), Lina Meruane (Santiago de Chile, 1970), Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973) o Patricio Pron (Rosario, 1975), que ya están consolidados como canónicos de la primera década del siglo XXI, están dando ahora la bienvenida, apadrinando o incluso ejerciendo de nexo para toda una nueva camada de autores extraordinarios como Margarita García Robayo (Cartagena de Indias, 1980), Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), Rodrigo Hasbún (Cochabamba, 1981), Carol Bensimon (Porto Alegre, 1982), Brenda Lozano (Ciudad de México, 1983), Laia Jufresa (Ciudad de México, 1983), Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983), Alia Trabucco Zerán (Santiago de Chile, 1983), Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985) y la lista debería seguir, pero valga este sesgo para presentar el perfil de una generación donde una gran cantidad de sus autores —y todos los que llevo mencionados hasta ahora— han cursado estudios de posgrado lejos de sus países de origen y llegado en algunos casos —quizá Fernanda Trías (Montevideo, 1976), Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) o la propia Laia— a hacer de la migración casi una forma de vida. Marcados en gran medida por una recuperación notable de la primera persona narrativa y una reformulación de los géneros literarios tradicionales, estos autores y autoras se sienten cómodos desdibujando no sólo las barreras geoculturales sino también los límites nítidos entre realidad y ficción desde sus múltiples prismas —la autobiografía y la autoficción, el realismo y lo maravilloso-fantástico, el relato y el cuento, lo verosímil y lo inverosímil, la vida y la literatura—, de manera que eluden con frecuencia los cánones más rígidos de la novela histórico-realista y sortean con una creatividad inmensa ese agotamiento, cada vez más patente, de sus formas y temáticas tradicionales. En este sentido, la apuesta ya no pasa por la enésima ‘ruptura’ con la generación anterior sino por la simple innovación, por el golpe de genio, por un rizar el rizo en el discurso y la semiosis que ya tiene, rotundamente, uno de sus primeros textos cumbre en la novela Los ingrávidos (2011), de Valeria Luiselli, quien, por su debut extraordinario con el conjunto de ensayos Papeles falsos (2010) y su enorme versatilidad tanto en Historia de mis dientes (2013) como en Los niños perdidos (2016), es hoy una de las autoras llamadas a constituirse en uno de los principales iconos de esta generación.

 

Este cambio de perspectiva creadora permite a nuestros nuevos autores plantear textos que trasciendan los condicionamientos performativos de la crítica y los cánones culturales hegemónicos y que dejen atrás lastres ilusorios como el ‘deber’ de un escritor para con un determinado colectivo o la tan famosa ‘expectativa’ del ‘lector’ entendido como una suerte de enunciatario acomodado, quejoso y huraño. Frutos de esta liberación epistémica son entonces las nouvelles viscerales de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977), los relatos insólitos de Samanta Schweblin, la figura misma de Ave Barrera (Guadalajara, 1980) o una perla tan bien pulida como La resta (2014), de Alia Trabucco Zerán, quien ha sido capaz de posicionarse con una tremenda solidez en el campo literario latinoamericano gracias a la sola fuerza de ese simple texto magistral. Pero las voces del conjunto son todavía muchas más, y todavía más diversas. Bajo el auge de estos autores de primera línea editorial comienza a despuntar, a su vez, otro colectivo de autores más dispersos y más proclives a las apuestas arriesgadas en lo formal y lo temático, experimentales en ocasiones, que circulan con frecuencia por entre los deslindes de las editoriales periféricas o cartoneras y los círculos literarios marginales o underground, casos por ejemplo de Matías Celedón (Santiago de Chile, 1981) o Frank Báez (República Dominicana, 1978), ‘los raros’, como los denomina la especialista Lorena Amaro, quien rescata algunas de sus propuestas literarias para este dossier junto con la también especialista Fernanda Bustamante.

 

De manera similar, dos de los grandes espacios de tradicionalmente olvidados por los estudios literarios latinoamericanos —Centroamérica-Caribe y Brasil— están cobrando mucha más fuerza y visibilidad en esta década. Conforme avanza el siglo, el auge de las redes sociales y la mayor accesibilidad del contenido multimedia están facilitando un goteo de jóvenes autores y autoras lusófonas capaces de trascender el secular aislamiento lingüístico de Brasil y encontrar nuevos públicos a los que interpelar y nuevos autores a los que leer, gracias a un intercambio transnacional que está resultando particularmente fértil en la última década. Carol Bensimon, autora y traductora, personifica como pocos este nuevo paradigma, pero también encontramos propuestas algo más silenciosas como la de Christiano Aguiar (Campina Grande, 1981) —otro de ‘los raros’—, o mucho más visibles como la de Paula Parisot (1978, Rio de Janeiro), quien combina su carrera literaria con otra paralela como artista visual y performer. Dentro de esta hibridez de géneros artísticos destaca con luz propia la figura de Rita Indiana (Santo Domingo, 1977), escritora y artista musical de culto en la República Dominicana, que no sólo milita activamente para deconstruir las fronteras políticas y culturales tradicionales en el Caribe, sino que también hace lo propio para reivindicar la legitimidad de las nuevas formas identitarias tanto de género como LGBTQ.

 

Las páginas que siguen tratarán entonces de dar cuenta de una pequeña parte de toda esta variedad que aquí sólo puedo alcanzar a esbozar y que siempre ha encontrado en Quimera uno de sus grandes espacios de diálogo, en articulación con otros grandes nodos de difusión como Santiago, Intemperie, Confabulario, Vísperas, Ñ y, por supuesto, Letras Libres, todas ellas nexos de esta enorme red cultural cuyos textos se van trenzando en torno a nuestras letras de forma compleja, intertextual y casi poliédrica, en una suerte de inmensa construcción metaliteraria que debe ir creciendo en justo paralelismo con el de esta generación de contemporáneos cada vez más heteróclita, compleja, diversa, creativa y global. La ocasión que tengo el orgullo de presentar hoy aquí resulta entonces, así entendida, mucho más que singular. Por primera vez juntas en un mismo marco, las palabras de Alia Trabucco Zerán, Ave Barrera, Brenda Lozano, Carol Bensimon, Constanza Ternicier, Fernanda Trías, Liliana Colanzi, Margarita García Robayo y Patricio Pron conversan sobre su literatura alrededor de una Latinoamérica cuyas fronteras se desdibujan cada vez más, cuya cultura llega cada vez más lejos y donde hoy, quizá, podemos disfrutar ya del nacimiento de un nuevo horizonte literario, este nuevo conjunto de autoras y de autores tan brillantes en su genio, su técnica, su melodía y su inmensa voz.

 

Introducción para el dossier de literatura latinoamericana
del número 403 de la revista Quimera, coordinado por Darío Zalgade.
Abril de 2017.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.