Las últimas semanas están siendo animadas por el debate que levantó la ya famosa lista Bogotá 39-2017, una selección de autores latinoamericanos menores de 40 años llevada a cabo por Hay Festival, que ya tuvo su precedente en el año 2007 y que ahora regresa para tratar de dar cuenta de la nueva generación de autores de América Latina. Hace un par de días y café en mano, una buena compañera y editora —que se enojaría si la nombrase— me animó a escribir un artículo sobre esta selección, su conveniencia o no, sus aciertos o desaciertos, la polvareda que hubo y demás. Y bueno, acá estamos.

Lo primero que me gustaría hacer es cuestionar la pertinencia estas listas en cuanto tales. Desde mi punto de vista, toda lista cerrada es nociva en el mundo literario porque se sustenta por definición en un sistema binario de inclusión y exclusión, justo la antítesis de lo que creo que debe ser el campo literario. La literatura no se estudia a partir de rankings, y, si en términos diacrónicos nos vemos en la necesidad de deconstruir la noción de canon para poder recuperar a los autores ignorados por la historia —o, más que por la historia, por cuestiones políticas, raciales, étnicas, de género y de mercado—, en términos sincrónicos no le encuentro el sentido a plantear listas canónicas que condicionen la producción —o incluso el destino— de cientos y miles de autoras y autores a lo largo y ancho de América Latina. Y yo digo esto y me lleno la boca con mi crítica, pero también tengo que asumir mi cuota de culpa en la confección de listas parecidas porque en antologías, congresos, artículos, conversaciones o incluso posts de Facebook actúo con frecuencia de manera similar a Hay Festival —quiera o no—, y propongo y omito nombres y pongo y quito obras en función de criterios subjetivos y de intereses, si no de mercado, al menos sí personales y sesgados. Pienso que todos lo hacemos, a decir verdad, pero la diferencia en estos casos —y lo que matizaría un poco mi delito— es que nosotros no somos instituciones, sino sujetos, y pienso que como sujetos no postulamos tanto nuestra selección de manera vertical —como quien vuelca una verdad de arriba abajo—, sino más bien horizontal, en términos más próximos a la igualdad con respecto a cualquier otra selección de cualquier otro sujeto. Desde esta perspectiva yo leo a una serie de autores, usted leerá a algunos otros y será en ese intercambio, en esa articulación, donde iremos conformando un espacio literario poliédrico, dialógico y plural, tanto más hermoso cuanto más heteróclito sea.

Esto en cuanto a las listas en sí. Ahora, con respecto a esta lista específica del 39-2017, sencillamente es mala, carajo. Y una de las principales críticas que se le pueden hacer, y quizá la más extensa y la más obvia, viene por cuestiones de género, lo que es particularmente incomprensible a estas alturas del siglo. Claudia Apablaza protestaba hace muy poco la presencia en la lista de cuatro autores chilenos, todos ellos varones, por ninguna mujer. Sin pretender en ningún momento menospreciar la obra de los cuatro elegidos —Gonzalo Eltesch, Eduardo Plaza, Juan Pablo Roncone y Diego Zúñiga, y yo incluso añadiría a Bruno Lloret—, nuestra Mujer Rota quiso reivindicar el trabajo de todas las autoras chilenas que quedaron afuera y de las que yo acá voy a rescatar, en nombre de la equidad, al menos a cinco: Paulina Flores, Romina Reyes, Daniela Acosta, Constanza Ternicier, y, especialmente, Alia Trabucco Zerán, quien sólo con su novela La resta ya supera con mucho —en mi opinión— la obra la mayoría de los seleccionados. Esto por el lado de Chile, pero es que esta desigualdad de género es extensiva a la totalidad de la lista, que presenta a 26 hombres por 13 mujeres, literalmente una proporción de 2×1 muy desafortunada —especialmente hoy, y especialmente en la Argentina— que considero que no hace justicia en absoluto a la realidad literaria contemporánea de América Latina. En mi opinión, la mayor cuota de creatividad y de talento literario en la región está siendo trabajada sobre todo por mujeres, y pienso esto no por una cuestión de ideario ni de justicia histórica sino por la simple realidad de que voy leyendo libros y más libros, y cuando contabilizo los que considero mejores resulta que la proporción de género ronda las cuatro autoras por cada autor. Entiendo que este 4 a 1 es subjetivo y vago y que responde más bien a los criterios de mi propia investigación, pero creo que algo de verdad debe de tener, y no encuentro una proporción ni remotamente similar reflejada en esta lista. Es más, me parece que algunas de las 13 escasas mujeres que aparecen no reúnen méritos literarios suficientes para estar ahí, con lo que me toca echar en falta a muchas, muchas otras que sí los tienen. No estoy acá para proponer una contralista pero sí quiero subrayar algunas figuras inexplicablemente ausentes: Rita Indiana en la República Dominicana, con una influencia que va mucho más allá de lo meramente literario. Carol Bensimon en Brasil, con una trayectoria brillante y un trasfondo cultural muy diverso y sólido. Ave Barrera en México, con una narrativa hermosa, pulcra y libre por completo de ataduras culturales. Carla Badillo en Ecuador, con un enorme sentido de la armonía y la musicalidad en la estructura y el lenguaje. Mónica Bustos en Paraguay, con una propuesta creativa que se constituye con firmeza desde la hibridez y la originalidad. Y, por subrayar algunos aciertos en la lista —que también los hay—, aprovecho para destacar la presencia de Brenda Lozano, Mónica Ojeda, Laia Jufresa, Alan Mills, Liliana Colanzi, Samanta Schweblin, Daniel Saldaña París y, muy por sobre todo, Valeria Luiselli, todas grandísimas autoras y autores con una obra ya consolidada y un futuro más que brillante. Confeccionar una lista donde estos grandes nombres conviven con otros que aparecen casi de la nada, con una trayectoria sin apenas recorrido y nulo impacto, con escasa formación y, en algunos casos, fruto exclusivo de la autoedición, es, cuanto menos extraño e irregular, pero es que además les hace un favor realmente muy pobre a estos favorecidos: más que divulgarlos, los humilla.

A partir de aquí yo no me extenderé mucho más porque un artículo da para lo que da, pero quedarían todavía otros muchos aspectos a considerar como el reparto nacional —en mi opinión bastante equilibrado, aunque con las carencias tradicionales—, el mayor o menor reconocimiento de los autores elegidos —algo siempre complicado—, el reparto editorial —sin ninguna cartonera—, y, en fin, toda esa serie de prismas desde los que cabe analizar una lista de autores a los que se les asigna la pesada etiqueta de ser ‘los mejores’, una categoría que siempre es muy, muy difícil de abordar, y de ahí tantos debates. La parte irónica de todo esto es que responder a una lista de esta índole, aunque sea para contradecirla, al fin y al cabo lo que hace es legitimar su autoridad en un sistema vertical. Ellos, desde ese arriba que cada quien identificará con alguna posición neurálgica del campo literario contemporáneo o algún nodo de los intereses editoriales y de mercado, proponen un canon que nosotros, desde abajo, legitimamos como hegemónico bien desde el aprecio o bien desde el rechazo, y eso es justamente lo que pienso que deberíamos tratar de evitar. Creo que sería infinitamente mejor para todos postularnos sin ningún miedo desde la construcción y el desarrollo de un discurso muchísimo más articulado en lo horizontal, donde dialoguemos unos con otros no en función de lo que se nos propone desde arriba sino en función de nuestras propias ideas, nuestras propias lecturas, nuestros propios planteos. Pienso que esta fue la filosofía que dio lugar a tanta diversidad de editoriales y medios culturales independientes como disfrutamos hoy —cada vez más rica y más plural—, y creo que esa filosofía será la que mantendrá viva nuestra literatura durante los años que están por venir. Después será el tiempo quien dirá qué obras quedarán o no quedarán de entre toda nuestra charla, será otro siglo el que sepa cuáles de nuestros autores habrán hecho historia y cuáles no, pero eso nos queda muy, muy lejos y, desde luego, no será el producto de ninguna lista: será el fruto de todo este intercambio que venimos haciendo, nuestro diálogo, nuestro debate, nuestra conversación. Y yo pienso que es bonito nuestro juego. (Yo pienso que es bonita esta pasión).

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma Liberoamérica.