Si un desconocido entra en contacto contigo va a asegurarte que te conoce de otro tiempo, un tiempo tan remoto que a ti te parecerá de otra vida o de la vida de otra persona, seguramente tendrá historias de tu escuela o de algún trabajo que aceptaste en un momento de desesperación y en el que tu memoria a su vez trabajó de manera inmediata por sacudírselo y quitarlo de tus recuerdos. También puede que la cosa no llegue a ser tan íntima, pero el desconocido en cuestión te ha visto pasar durante años cruzando por una plaza —eso te dirá—, o en algún lugar que ahora que lo piensas no sabes exactamente por qué dejaste de frecuentar tan prematuramente, con lo mucho que amaste ese espacio y la persona que eras cuando deambulabas por él, un lugar así como la biblioteca del barrio donde viviste tantos años, y recuerda hasta una bufanda que usaste y tú recuerdas en ese momento la misma bufanda que esa persona que te es totalmente extraña acaba de arrancar de tu intimidad, descosiéndola del lugar seguro donde la tenías, así como si nada fuera, pero ocurre que si tú la recuerdas aún ahora es porque fue el regalo de alguien que seguramente te había importado mucho pero que también estaba cuidadoso y yaciente en el subsuelo de tu memoria, andando de puntillas en ese páramo  obscuro que descansa bajo las cosas que debes recordar todos los días para poder vivir, como el lugar donde trabajas, y los amigos que tienes ahora mismo, y las cosas que te gusta hacer y las que hace un tiempo que te tienen bastante nervioso. Desconfiarás de él, pero no se lo dirás. Él va a notarlo a pesar de la cortesía que tus padres te han enseñado de toda la vida que tienes que tener y que tienes aún con las personas que te están incomodando, e irá más lejos: pondrá en escena charlas que tuvieron en el pasado, casi de casualidad, pero extrañamente recordará que le hablaste alguna vez de una pelea que habías tenido seguramente por culpa del amor, o incluso por alguna cuestión doméstica, y te dirá que lloraste y que te acercó un pañuelo y te oyó decir «ya no soporto esta vida» o «quisiera irme muy lejos de aquí» y que habías fantaseado con él lugares lejanos en los que podrías vivir una vida que ya no te parecería la tuya, una vida como de otra persona. Así de cliché será su intento de emerger en tu memoria, y tú tampoco le creerás, pero serás amable y pensarás en las peleas que tenías en la época de la cual dice conocerte, peleas que te parecían el colmo de las desgracias cuando eras tan joven en ese país que ahora que estás lejos llamas tu patria, pero que entonces no era una patria para ti sino que lo era todo, y desentierras personas que ya están muertas, y te ves a ti mismo con otro color y con otra cara y una bufanda de lana que te habían regalado y te sientes obligado a hacer un esfuerzo prácticamente de índole creativa, tan sólo un sencillo artificio mediante el cual imaginas cómo se vería ese desconocido cuando tenía la edad que tú tenías en ese tiempo que te evoca su recuerdo, y lo sitúas ahí, sentado en algún sillón de biblioteca. Lo agregas como si tu vida fuera un torpe collage hecho a las apuradas con recortes de revistas, y puede ahora el desconocido estar ahí, observándote por lo bajo y con toda curiosidad mientras renuevas el préstamo de los libros que habías sacado, seguramente de Ítalo Calvino o de Poe porque solamente leías esas cosas entonces. También podrías ubicar al desconocido en el banco de una plaza, o paseando a su pitbull en esa misma plaza que quizá ambos frecuentaban; tú lo hacías porque colindaba con una iglesia que no te despertaba sentimientos espirituales pero era de una arquitectura que hacía que algo muy dentro tuyo alzara la frente y se hinchara de deseos. Y todo eso queda tan bien que hasta empiezas a creerte que realmente lo conocías. Su historia parecerá plausible cuando llegues a este punto.

Todas esas banalidades traerá a tu memoria esa persona que acabas de cruzarte y que no parece dispuesta a rendirse hasta que su individualidad te diga algo acerca de ti mismo y de tu pasado, un pasado que parece que quiere compartir contigo a toda costa, no teniendo suficiente habiéndolo desempolvado sin pudor. Mirarás el reloj: ya no te importa lo que pueda pensar. Sin saber por qué, acabarás aceptando una reunión con él en un bar que te sugiere, porque la noche los ha envuelto, y te sorprenderás en silencio porque hace unos meses que vas ahí y pasas unas horas después del trabajo y lees el diario que te da noticias de tu patria que sigues con un interés que ni te habías dado cuenta de que ha sido siempre fingido, pero que fuerzas meticulosamente en ti cada vez que puedes. Ahora que lo piensas, lo que llamabas patria era sólo la imagen de la esquina de tu casa en donde jugabas a arrancarle las hojas a la rama que pendía de un jacarandá, una plaza y una pelota de fútbol y tu pequeña habitación cayéndose despiadadamente a pedazos sobre tu cabeza y las noches estrechándose sobre tu cuerpo delgado y el olor a cal que siempre sentiste que podías tocar con los dedos. Mientras se esté alejando vas a sospechar que su encuentro quizá no fue tan casual, y te vas a dar vuelta y lo verás haciéndose pequeño y regresando a la multitud de la que se había separado. Se habrá aunado nuevamente a esa especie de serpiente que forman las personas transitando las veredas estrechas y doblando las esquinas.

Ahora, a pesar de que ya se ha ido, sentirás ganas de correr, y te preguntarás con furia desde tus espacios más íntimos, allí donde quieres sentirte a salvo, te gritarás a ti mismo miles de maldiciones para esa persona que ahora sientes en serio que recuerdas y que sin embargo no había sido nunca nadie para ti, y te preguntarás por qué el universo que para uno se disuelve cuando después de años conseguimos finalmente dejarlo, no se lleva consigo a todas esas personas que lo llevan anclado a sus corazones como una marca indisoluble de lo que son, por qué no se hundirán ambos, universos y personas. Tú no entendías entonces, ni entenderás ahí el mérito en llevar un pasado a cuestas; prefieres moverte de aquí para allá. Sin embargo, podrías acabar teniendo con él una amistad que a partir de allí siempre considerarás producto de la fatalidad, pero que será enteramente fortuita. Vas a exagerar también sus tiempos creando una falsa ilusión de continuidad entre aquella vida y esta nueva en que te lo has cruzado. Te preguntarán tus otros amigos de dónde se conocen, y a él le preguntarán lo mismo por su parte. Ambos contestarán: somos amigos de toda la vida.

Te das cuenta, al fin,  de lo mal que puede acabar eso. Sientes temor y te dices que nadie tiene derecho, y tienes razón después de todo. Así que camina con calma, mirando hacia abajo, contando los pasos que das y procurando no tocar con las puntas de tus zapatos las uniones de las baldosas. Esas diversiones nos mantienen seguros.

Escrito por Paula Márquez

Paula Márquez (Córdoba, 1992) cursa estudios en Letras Modernas en la UNC. Publicó relatos breves en La Gárgola Azul y es actualmente editora en Liberoamérica.