Si tú no crees en tu pueblo, si no amas, ni esperas,
ni sufres, ni gozas con tu pueblo,
no alcanzarás a traducirlo nunca…

A.Y.

El momento de proponer definiciones se me hace odioso. Sobre todo cuando se trata de definir cosas que pueden tener sentidos y sentires tan diferentes en una persona y otra y que parece que deben ser establecidos de una vez y para siempre (según algunos, claro).

En cuanto a la configuración de algunos parámetros se me presenta una cuestión interesante de pensar que tiene que ver con el lugar donde nací. Soy del sur, bien sur. Y la manera en que nos han dicho que debemos comprendernos a nosotros mismos ha venido de la mano del desprecio por lo que justamente nos hace ser lo que somos.

Para traer al juego algunas ideas importantes quiero recuperar a dos grandes personajes argentinos: Atahualpa Yupanqui (Héctor Roberto Chavero Aramburu) y Arturo Jauretche para encarar las configuraciones del ideario nacional argentino. La construcción de semejante estructura se ha valido de las letras como un excelente vehículo y las ideas volcadas al papel han marcado el rumbo. Como resultado de múltiples procesos y circunstancias, ya sea históricas, económicas, culturales, los parámetros han sido puestos en un choque frontal entre el mentado «crisol de razas» y las negaciones hacia eso, menospreciando una parte de la mezcla.

Un ideario es la resultante de los esfuerzos y las imposiciones, de los deseos e ideas individuales y del hacer y pensar colectivo. Para acercarnos a un modo particular de ver la relación entre el hombre, su espacio, su historia y su cultura, es que elegí a ambos pensadores. Ellos resultan muy importantes para analizar tales cuestiones y aportan elementos útiles para pensar en torno a la problemática configuración cultural de Argentina. Jauretche desde su papel como pensador, escritor y político y Yupanqui en su rol de cantautor, guitarrista, poeta y escritor.

Partiendo de la idea de «colonización pedagógica» utilizada por Jauretche en su ensayo La colonización pedagógica1(1968) y relatos de Atahualpa Yupanqui del libro de 1965, El Canto del Viento (2012), quiero exponer algunos aspectos que me resultaron llamativos al respecto.

La antigua y arraigada idea de que era necesario formar a una nación en base al ideal de la tríada blanco-civilizado-europeo presenta en los estudios de Jauretche y en las intuiciones y vivencias de Yupanqui una problematización. Semejante constructo es puesto a consideración de manera teórica y reflexiva en Jauretche, y de modo poético, testimonial y autoreferencial en algunos momentos, en los textos de Yupanqui. Se desmitifica que tal concepción triádica deba ser pensada como la única, correcta y viable —modo en que fue presentada desde los albores de la constitución del país como estado nacional (comienzos de 1800).

Por un lado Jauretche llama a hacer consciente esa dicotómica mirada de civilización-barbarie sobre la realidad y de la que hay que despojarse conociendo las estructuras que la forjaron; y por otro lado, Yupanqui, contribuye al nutrir la certeza del necesario rescate de lo ancestral, con las historias y saberes que nos legan los antiguos pobladores, con las palabras que nos grita la tierra y que se deben reaprender.

Las ideas que circulan

Jauretche plantea que desde mediados del siglo XIX la dominación que se ha ejercido sobre el territorio argentino ha sido casi exclusivamente pedagógica. La efectivización de ese dominio intelectual, dice, «se sostiene en la sobrevivencia del esquema sarmientino de civilización y barbarie» y acarrea como consecuencia —hasta el día de hoy— que se hayan tomado «todos los elementos de civilización que podían coincidir con las culturas de los centros de donde emanaban, como la cultura en sí, para lo cual se empezó por subestimar la cultura propia; y entonces se formuló esa absurda antítesis de civilización y barbarie, para la cual barbarie es lo que procedía del pueblo indígena o español, y cultura lo que procedía de Europa». (1968: 5).

Partiendo de esta premisa entonces, se desvincula al pretendido «argentino» del atraso que representaban las manifestaciones tradicionales indígenas y mestizas y se lo quiere asemejar y adaptar, a toda costa, al esquema «avanzado» de la Europa que muestra su razón y avances tecnológicos al mundo de mediados de 1800. De allí en adelante, será el mecanismo que siguen las clases ilustradas, intelectuales y dirigentes en el país.

Jauretche explicita que llegó un momento en la historia argentina (posterior a 1862) a partir del cual «no fue posible entender la cultura como una creación propia, nacional de la realidad, y lo propuesto consistió en la sustitución de la cultura preexistente por una cultura de importación; es decir, se destruyó el árbol originario para plantar un árbol extranjero» (1968: 5). Desde este momento, el modo de acceso al conocimiento y las herramientas para llevar adelante el «progreso nacional» se estableció a partir de medidas y estructuras externas. Contrariamente a lo necesario, se generó y propició una forma de pensar en la que «A medida que el hombre asciende en el nivel intelectual, asciende a través de los instrumentos de la colonización pedagógica. No es necesario que estos instrumentos estén deliberadamente propuestos» (1968: 15). Hay un manejo del saber que lleva en su mismo mecanismo, sin a veces ser consciente de ello, la marca —naturalizada— de planteos foráneos, de cláusulas de entendimiento que olvidan las características del suelo en donde y para el que son promulgadas.

En Yupanqui aparece la contracara a este despojo cultural. Luchando contra el ideario instaurado, son rescatadas las historias, cantares, decires, y múltiples elementos que conforman el saber y el sentir de los pueblos originarios, del paisano, del mestizo, del ser resultante del conocimiento y la cultura popular. En su libro El Canto del Viento recoge las experiencias entre la gente de los pueblos del centro y norte de Argentina, en viajes a diferentes provincias y en muchos años de tránsito. Comienza su obra diciendo que «Corre sobre las llanuras, selvas y montañas, un infinito Viento generoso. En una inmensa e invisible bolsa va recogiendo todos los sonidos, palabras y rumores de la tierra nuestra. El grito, el canto, el silbo, el rezo, toda la verdad cantada o llorada por los hombres, los montes y los pájaros, van a parar a la hechizada bolsa del Viento» (2012: 7). Toma al Viento como una entidad personificada que adquiere la mayúscula porque es el sujeto por el que conoceremos el valor de los relatos, coplas, canciones. Estos, que según dice la leyenda, se desparraman en «yapitas» por los caminos, al romperse aquella gran bolsa.

Dirá que «Esas ‘yapitas’, cuentas de un rosario lírico, soportan el tiempo, el olvido las tempestades […] Pero llega un momento en que son halladas esas ‘yapitas’ del alma de los pueblos. Alguien las encuentra un día. ¿Quién las encuentra? Pues los muchachos que andan por los campos, por el valle soleado, por los senderos de la selva, […] Las encuentran los hombres del oscuro destino, los brazos zafreros, los héroes del socavón, los arrieros […] Las encuentran las guitarras después de vencido el dolor […] Las encuentran las flautas indias[…]» (2012: 7-8).

Hay un mensaje que se recoge en el Viento y se acumula para a veces esparcirse sobre los pastos, a la espera del viajero atento que sepa interpretarlo. Pero ese mensaje no es sólo para quien lo halla sino que es la enseñanza del tiempo, lo que se comparte y es recuperado. Porque «El cantor canta lo que la tierra le dicta. El cantor no elabora. Traduce» (2012: 30).

En este ideario, lo popular es la base de la sabiduría, es la guía que propone Yupanqui al rescatar lo ancestral. El modo de acceso al conocimiento de la propia tierra es de la mano de la comprensión y del entendimiento de lo que empapa el suelo. La parte social negada es la que proveerá en realidad las bases para entender el desenvolvimiento de la historia y la posible construcción de ella de manera articulada entre todos los habitantes. Yupanqui rescata los saberes perdidos, las pautas de comportamiento y comprensión del entorno que han sido deliberadamente borradas del esquema imperante. La conexión con las leyendas, las que «revelan un carácter, una modalidad, una forma de ser y pensar, una fisonomía, un pulso de la vida, una particular manera de entenderla , o de enfrentarla» (2012: 107); los relatos de otros tiempos contados en el fogón; los saberes sobre la tierra, las particularidades del paisaje y los animales del territorio. Todo lo natural se presta para el aprendizaje y se recupera para reconocer la raíz india y mestiza que conforma el origen del argentino.

Lo que hay que repensar y rescatar son los elementos de la antigüedad indígena y mestiza que se ocultaron por años y formaron parte de una zona negada. Jauretche relata que esto produce en su infancia «una mentalidad disociada del mundo de la realidad, con una subestimación de ese mundo empírico-pragmático en el que vivíamos». Desde la pauta educativa imperante se muestra un paisaje conformado idealizadamente por un ser blanco que ha arrasado a la barbarie indígena y mestiza para tomar el lugar de modelador y conductor de los destinos felices y venturoso de la patria.

Pensar el sur como una América india nos deja del lado del salvaje que se guía por ritos, que escucha los pájaros, que se guía con las estrellas, que escucha al viento. Jauretche deja bien claro que el mecanismo por el cual se asume el modelo extranjero de pensamiento, hace que «A medida que se asciende en la cultura —en lo que se llama cultura, en esa formación intelectual—, hay una mayor desvalorización, una mayor actitud peyorativa con respecto al común de los hombres» (1968: 16). Se desprestigia al nativo y a lo nativo en tanto fuente saber y se lo desvincula del sujeto social deseado. Jauretche dirá que «Tenemos que pensar en el mundo sabiendo que nosotros somos el centro; acá en la Argentina está el centro del mundo, y el mundo se desarrolla alrededor nuestro; desde aquí tenemos que enfocarlo. […] Es así como piensan los países que se realizan» (1968: 22). Y este planteo resulta vital ahora para comprender el peso que tienen las raíces tanto tiempo silenciadas.

No hay manera de construir desde las divisiones y la exclusión. La reflexión y la palabra han de servir como instrumentos válidos y fuertes para desandar los caminos de las diferencias y recuperar la base común. Jauretche toma algunas citas de conocidos pensadores y poetas para defenderse de quienes lo acusan de hacer con sus razonamientos un elogio del analfabetismo, pero lo refuta diciendo: «No; es el elogio del sentido común; y la colonización pedagógica lo quiere impedir por eso: hacernos razonar sobre pensamientos elaborados para otras situaciones y para el servicio de situaciones que no son las nuestras. Es la mía una convocatoria al sentido común de los argentinos» (1968: 24).

Por su parte, el rescate de los elementos ancestrales, de la matriz originaria de los pueblos americanos en los textos de Yupanqui (en este caso en El Canto del Viento, pero en todos los demás libros de relatos y poemas y en su música, también) permite recobrar todo esto que viene marcando Jauretche. La insistencia en hacer del país un suelo blanco y despojado de la «barbarie» del indio encuentra su contrapuesto en la amplia gama de saberes que proyecta Yupanqui en sus obras, sacados de la masa de ese pueblo americano antiguo. Para él, el saber no está solamente en los pensamientos abstractos, está en el canto de los Hombres, del Viento, del paisaje y la guitarra. En la voz de esos cantores que «Eran los amigos del Viento, que salían a cantar por los caminos» y que describe como «[…] pobres, porque siempre cantaban para el pueblo. Y el pueblo tenía pocas monedas. Su fortuna brillaba de otra manera. Era un tesoro que no cabía ya en la alcancía del corazón»(2012: 31). La realidad presentada en sus obras es la que niega la mente que se ha dejado colonizar, es la historia que se olvida en la carrera detrás del ‘progreso’ y la ‘civilización’. Es la representación de la ‘incultura popular’ que muestra la realidad y saber impugnados.

Por su parte, Norberto Galasso, en su libro Atahualpa Yupanqui: el canto de la patria profunda (1992) hace notar que ambos escritores, nacidos con pocos años de diferencia, vivencian el relato de dos mundos que están en disonancia a comienzos de 1900: «dos mundos culturales que presionaban en esa época sobre cualquier chiquilín que por esos pagos realizaba arduamente sus aprendizajes […] Por un lado, la escuela, los diarios, las charlas familiares y las conversaciones ‘cultas’ de los prohombres del pueblo; por otro, las influencias culturales autóctonas provenientes de la boca de alguna vieja criolla, de algún inválido de la guerra del Paraguay o de algún descendiente de gaucho fortinero» (1992: 9).

Luego dirá Galasso que «Esas dos vertientes […] disputaban implacablemente el campo de sus valoraciones y simpatías: la realidad contrariaba a menudo aquello que la escuela afirmaba enfáticamente[…]» (1992: 9). Agregará que a esta realidad se enfrentó Yupanqui al tener que confrontar la cultura oficial con la historia popular, las anécdotas con el libro, sus vivencias al colegio que «le hablará de ‘civilización’ europea y ‘barbarie’ criolla, que le hará desfilar ante sus ojos una geografía predominantemente lejana, escamoteando la propia» (1992:10). Está presente entonces la situación alienante que Jauretche plantea, que impide el pensar nacional y que «[…] enseñará una historia denigrante del criollo y del indio, donde los hombres rubios de ojos celestes son los apóstoles del progreso» (1992: 10).

El desafío

Llegamos entonces a encontrar el punto en que se articulan los dos autores en la llamada a repensar las actitudes frente a la idea de lo que es ser argentino en este caso puntual dentro de América. Las construcciones identitarias que se han promulgado durante tanto tiempo son puestas a consideración. La negación de los orígenes se vislumbra así como parte de un proceso de alienación, de desvalorización y sustitución.

Cuestionar y repensar el modo de entender nuestras raíces y buscar los relatos presentes aún en el saber popular, se nos presentan como otra forma de aprendizaje. No se trata de desandar la historia ni de renegar de ella, sino de repensar algunos capítulos y conformar un ideario que tienda a recuperar los orígenes de la cultura ancestral. En este caso he pensado sobre Argentina, pero Latinoamérica presenta un matiz del mismo tipo en otros pueblos (países, comunidades, colectivos).

Estos autores se pronuncian en una época ya distante y en un contexto que no es el actual. Mucho ha cambiado hoy desde aquel tiempo, pero el trabajo sigue siendo el mismo. Aun hay mucho que hacer en el sur para que esta revalorización termine por hacerse efectiva, pero considero además, que sumado a esto se necesita un paso más: salir del localismo y mirar más amplio. Reconocerse con conciencia de orígenes, con conocimiento de la verdadera raíz, pero mirar también a lo que excede a la patria. Desdibujar los nacionalismos puede ser también venturoso para lograr equilibrio. Me acepto como soy, en mis características, en mis particularidades, para después permitir que los otros pueblos también lo sean y reconocerlos como mis iguales.

Proclamo, junto a Yupanqui, que una de las formas de construir futuro es sabiendo en qué se basa el pasado y aceptando que lo que viene, para que sea mejor, tiene que ser de todos y para todos…

«Por eso hay que hacerse amigo, muy amigo del Viento. Hay que escucharlo. Hay que entenderlo. Hay que amarlo. Y seguirlo. Y soñarlo. Aquel que sea capaz de entender el lenguaje y el rumbo del Viento, de comprender su voz y su destino, hallará siempre el rumbo, alcanzará la copla, penetrará en el Canto». (2012: 8).

Bibliografía:

GALASSO, Norberto. Atahualpa Yupanqui: el canto de la patria profunda. 1992, Ediciones Colihue SRL, Buenos Aires, Argentina.

JAURETCHE, Arturo. La Colonización Pedagógica. 1968, Departamento de Extensión Universitaria y Ampliación de Estudios. Universidad Nacional del Nordeste, Chaco, Argentina.

JAURETCHE, Arturo. Los Profetas del Odio y La Yapa. 2011, Corregidor, Buenos Aires, Argentina.

YUPANQUI, Atahualpa. El Canto del Viento. 2012, NEU, San Luis, Argentina.

1. Conferencia del 1º Curso de Temporada de la Universidad Nacional del Nordeste, Mayo de 1967, Chaco; Argentina. En su libro Los Profetas el Odio y La Yapa queda definida la colonización pedagógica como el medio por el cual los países centrales mantienen su dominio sobre los países periféricos. Esto se efectúa a través de la superestructura cultural cuyos principales aspectos son la escuela primaria y secundaria y la universidad, los medios de comunicación y la intelligentzia, quienes inhiben la formación de un pensamiento nacional.