Ave Barrera (Guadalajara, 1980) es Licenciada en Letras Hispánicas por la UdeG        y Magíster en Letras Modernas Portuguesas por la UNAM. Es autora de varios libros infantiles y de la novela galardonada Puertas demasiado pequeñas (Universidad Veracruzana, 2013, Laguna Libros, 2015 y Alianza, 2016), y es además coautora, junto con Lola Hörner, del libro de artista 21,000 princesas, que denuncia los feminicidios en México.

Con una licenciatura y una maestría en Letras, eres una de las autoras contemporáneas que cuenta con mejor base académica. ¿De qué manera influye esto en tus procesos de creación literaria? ¿El ámbito literario actual valora este tipo de formación en la biografía de un autor?

Creo que influye para bien y para mal. Para bien cuando utilizamos las herramientas teóricas en el momento preciso, para apretar una tuerca muy específica del texto o dar fundamento a una idea que parecía disparatada. Para mal cuando se convierten en lastre; su peso dificulta la naturalidad que requiere todo proceso creativo. Pero más peligroso todavía, es cuando la seguridad que brindan estos recursos deviene en certeza, acartonamiento o pretenciosidad. Cada que me doy cuenta de que alguno de esos diablillos ronda las cercanías de mi escritura, de inmediato le lanzo mi edición de Zen en el arte de escribir de Ray Bradbury y rezo veinte veces las máximas de “no pienses, escribe”, “escribe con garra” y “del nervio al papel”.

Ahora, acerca de si se valora la formación en el ámbito literario, creo que no tanto. Hasta hace poco se privilegiaba la idea más o menos romántica de que el escritor surge de la vida misma, siente el llamado y se convierte en novelista por el poder mágico de las palabras. No era raro escuchar frases como “si quieres ser escritor estudia ingeniería” y creo que hay un poco de razón en ello, como ya dije, al estudiar letras uno corre el riesgo de llenarse de lastres analíticos, críticos, teóricos. Sin embargo, esa forma romántica de pensar la literatura por suerte ha ido cambiando. La mayoría de los autores jóvenes que admiro son agudos lectores de filosofía y teoría literaria; se acercan por su cuenta a estos mamotretos y me parece que tienen mayor mérito, nadie les pidió un trabajo escolar, nadie les ofrece créditos, toman de esas fuentes los recursos para enriquecer su escritura, y se nota. También se nota que a la hora de escribir saben guardar la bibliografía y olvidarse de las certezas.

¿Qué tiene la UNAM para enamorar a tantos y ser considerada como la joya de las universidades latinoamericanas?

Desde mi experiencia puedo decir que son al menos estas tres cosas: 1) Libertad de pensamiento a un grado que asusta; no es que te digan “piensa lo que quieras”, sino que te tuercen el bracito conformista hasta que empiezas pensar de forma crítica y a buscarle los recovecos a todo. 2) Rigor académico para dar sustento a esa libertad, en una dinámica de policía bueno y policía malo que resulta bastante adictiva; quieres aventarte del último piso de la Torre 2 de Humanidades porque no entiendes a Ricoeur, pero luego llega la doctora Angélica Tornero ¡y hace parecer todo tan fácil y tan bonito!, y 3) generosidad hasta decir basta.

No es muy habitual que una misma autora sea capaz de destacar al mismo tiempo en la literatura infantil y en la adulta. ¿Te requieren formas de trabajo muy diferentes? ¿Qué te aportan una y otra?

El trabajo es el mismo (salvo cuando se trata de las guías de sitios arqueológicos, que también me parece un proceso fascinante). Al igual que en la novela para adultos, la novela infantil requiere que nos salgamos de la propia piel para dar lugar a la voz del otro. Una misma historia se puede contar desde un sin fin de perspectivas, la clave, creo, está en escucharla y dejar que sea la propia historia quien diga desde dónde quiere ser narrada. En ese sentido, la literatura infantil me ha permitido ampliar el rango de voces. Escribir para niños es un desafío importantísimo; ahí es donde se topa uno con el más honesto de los lectores. Si se aburren, si no conectan con el texto, no tendrán empacho en abandonar las páginas de tu libro para irse a jugar o a leer otra cosa.

Puertas demasiado pequeñas cuenta con uno de los mejores comienzos que recuerdo en un autor contemporáneo, tanto por la cadencia de la prosa como por la curiosidad que genera, la fuerza con que invita a seguir la narración. ¿En qué momento de la escritura de tu novela configuraste este inicio? ¿Puede ser que en cierta manera responda también a estructuras propias del relato corto?

No podría decir en qué momento porque la trabajé muchísimo, reescribí la novela un montón de veces. Creo que esas primeras cuartillas responden a la necesidad plantear el enigma desde un inicio y enganchar al lector desde el primer momento, como quien dice, picarle la cresta para que no deje de leer hasta llegar a la última página. A la mejor sí tiene mucho que ver, como dices, con la técnica del relato breve, en el que se procura iniciar lo más cerca posible del clímax de la historia.

En cierta instancia de la novela, la falsificación que está pintando tu protagonista es calificada como muerta a pesar de que el trabajo técnico la está dejando casi idéntica a su original. Si no está en la técnica, ¿dónde reside entonces la vida del arte?

Esa me parece una de las cuestiones más enigmáticas del arte. ¡Pienso mucho en ello! Me intriga que el valor personal del arte, su capacidad para conmovernos, radique en un noséqué; que el espíritu de la obra se encuentre más allá de la intención consciente del autor y del dominio de la técnica. Es una incógnita que me gustaría seguir explorando como autora y como hambrienta consumidora de productos artísticos. Espero no resolverla nunca.

¿Cabe pensar que los deslindes entre cordura y locura se entrecruzan con los de ficción y realidad en Puertas demasiado pequeñas?

José Federico Burgos nunca termina de perder la cabeza, aunque sí llega a un estado crítico consecuente con la cantidad de cosas que le suceden. Me parece que en esta novela es más bien la realidad lo que enloquece un poco. Y me gusta que sea así. Cuando uno empieza a escribir, la locura y la muerte son los primeros lugares comunes a los recurrimos. De hecho, en los primeros borradores sí estaba planteado que al protagonista se le botara la canica, pero con las reescrituras fui descartando ese recurso, hasta que me quedó claro que no quería irme por ahí. La realidad, en cambio, hizo lo que le pegó la gana.

Como tú, Brenda Lozano es una de las autoras más comprometidas con la denuncia de los feminicidios en México. ¿Qué roles puede jugar la literatura en la lucha contra la violencia de género?

La literatura, el arte, puede jugar el papel de grito, reclamo, respuesta, gesto de horror, de rabia, de tristeza, impotencia o indignación ante la realidad que estamos viviendo en México. Lo menos que podemos hacer es levantar la voz, no importa de qué forma, no importa qué tan fuerte suene. A estas alturas no se puede ser neutral, es eso o cruzarse de brazos. Es hacer algo o sentirnos cómplices de los asesinos de las siete mujeres que mueren en México cada día solo por el hecho de ser mujeres.

Tu recorrido literario comenzaba alrededor de tus diecisiete años con el cuento El olor de la hierba mojada. Poco después creabas un boletín de poesía, y desde entonces has pasado por la literatura infantil, el relato, el artículo, la novela y el libro de artista. ¿Te ves abordando más adelante otros géneros literarios como el ensayo o el teatro?

Me cuesta más argumentar que narrar. Los argumentos así, en crudo, no son lo mío. Sin embargo, me encantan las mezclas, los experimentos híbridos, incorporar toda clase de formas y discursos, como sucede en 21000 Princesas. ¡La literatura es un juego! Así la veía cuando tenía 17, y así quiero seguir viéndola. A veces se me olvida, pero tengo la fortuna de contar con amigos que se ocupan de recordármelo, que se ríen de mis dramas y me invitan una cerveza o una nieve de mamey. Sin esa correspondencia me sentiría completamente perdida.

¿Está cerca el próximo libro de Ave Barrera? ¿Por dónde pasan tus próximos proyectos?

Cerca, espero, aunque no sé qué tanto. Siento como si nadara en alta mar y hubiera perdido de vista las orillas, la de partida y la de llegada, así que solo puedo seguir nadando para no irme a pique. Desde este punto es difícil decir por dónde pasará la novela que estoy escribiendo. Hay una vieja casa neocolonial en la Ciudad de México, está el intento de dialogar con la generación de Medio Siglo, de responder al enorme “¿recuerdas?” de Elizondo, hay un fotógrafo obsesionado con técnicas análogas y cámaras antiguas, hay opio, litros de buen whisky y una restauradora muy hábil con las manos, capaz de volver a la vida a la casa con todo y sus fantasmas. Más o menos así está el lance, a ver de a cómo nos toca.

 

Fotografía: Guillermo Guerrero.

Entrevista cedida gratuitamente por Darío Zalgade
para el número 403 de la revista Quimera.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.