Paisaje interior de Jorge Naranjo. Cantar un tango en voz alta

«En esta obrita que es como una confesión, ventilo mi intimidad. No hay aquí temas de tertulias ni de conversaciones de sobremesa o epistolares…, no. A qué discutir lo que es sólo mío, lo que para mí es verdadero». Así comienzan las primeras páginas del ensayo testimonio de Jorge Naranjo Ruiz, Paisaje interior, publicado por la editorial Círculo Rojo. Un momento de captatio en que nos revela lo que hará a continuación. Un punto de partida humilde, a partir del cual hace las veces del Eirón, aunque sin esa ironía bautizada con su nombre. Eirón, o Jorge, ese ser débil, frágil e inseguro que aparenta falta de inteligencia para poder enfrentar a su oponente, Alazón, quien suele ostentar el poder. Se refiere a «su obrita», y de fondo parece estarse riendo de todos nosotros, lectores, mientras yace en un tranquilo lugar, donde no hace falta demostrarle nada a nadie, y desde el cual ha llegado a descubrir un profundo sentido vital.

El momento epifánico le sobreviene un domingo, ese día tan infame para tantos de nosotros que nos hundimos en el tedio o incluso la tristeza de tener que afrontar un día lunes que nos caerá encima con todo su peso. Su despertar de conciencia no viene con las drogas en las que, reconoce, también incursionó en su juventud entre el barrio de Belgrano en Buenos Aires y Santiago de Chile. Tampoco con una experiencia amorosa ni mucho menos con un trauma o un llamado que siente a sumarse a las filas de la Iglesia. La necesidad de religarse no implica necesariamente el tener que asumir un credo. Aunque Jorge crea en Dios y por momentos llame así a ese «no sé qué» de la totalidad, no creo que su libro deba ser necesariamente leído desde dicha clave. Ese domingo es más bien un momento tranquilo, cuando vuelve del «consabido» paseo vespertino con su esposa; mentora, compañera de ruta y una de las mujeres a quien dedica estas líneas.

El filósofo José Luis Pardo (1996) nos propone una particular manera de comprender la intimidad y nos exige no confundirla con la privacidad, que correspondería a aquello que los ciudadanos hacen o sueñan con hacer en privado. La privacidad es como la parte verde del aguacate, aquella zona de madurez de los individuos; mientras que la intimidad es el hueso opaco, impenetrable, sin sabor ni brillo. Es una zona que no tiene nada de glamurosa ni de cool. Por lo tanto, quien se atreve a sacarla a relucir merece, al menos, mis respetos por el gesto.

Habría, por lo demás, un montón de prejuicios en torno a la intimidad que conviene destruir, y que Pardo subraya en su texto. Uno es que se trata de algo inexpresable e incomunicable, sin relación alguna con el lenguaje; cosa completamente falsa, pues es precisamente de la relación conflictiva con el lenguaje que experimentamos como sujetos que se van armando la intimidad, sin que sepamos muy bien qué va primero. Es un juego autopoiético. Naranjo, de hecho, reafirma su confianza en la palabra: «La palabra es el más grande valor cultural de la humanidad. En todas las lenguas» (81). La segunda aporía es que se experimenta auténticamente en soledad, es decir, cuando toda relación con el otro está excluida. Nada cierto, pues para ser uno mismo hace falta desdoblarse en dos. Tampoco es una zona de confort y de seguridad: aquel ámbito de la casa donde estamos salvaguardados del mundo y sus inclemencias. En el hogar de Jorge y Gloria se está a gusto, sí, pero es también un espacio que te desafía: a vivir tal cual, sin grandes pretensiones ni ambiciones, a una entrega desinteresada y auténtica con el otro. Los conocí a ambos hace ya unos cuatro años en Barcelona y ellos me adoptaron, más que como una hija –porque el concepto de familia tradicional no tiene aquí cabida alguna–, como una integrante más de su comunidad, allí donde todos, advierte Jorge Naranjo, pensando ya en el mundo, «ansiamos pertenecer» (9).

Naranjo asume la confesión de forma impúdica, sin vacilar, con un estilo minimalista, fragmentado, donde la austeridad es llevada incluso al plano de la expresión. Con una brutal honestidad, se atreve a declararnos su egocentrismo, cierta indolencia, su necedad e incluso su narcicismo, eso que gran parte de los protagonistas de las literaturas del yo tienden a elidir.

Ellos, Jorge y Gloria, prepararon su travesía desde un horroroso Chile en estado de sitio hacia Europa cual monjes que, afiliados al Movimiento Carismático, llegarían a ser capaces de resistir cualquier cosa. Tras periódicos ayunos, duchas frías por la mañana y otras prácticas austeras, partieron «sin itinerario prefijado ni plazos por cumplir. Nos íbamos ‘p’al mundo’» (65). Recorrieron así toda la costa oeste de Sudamérica haciendo autostop y con un visado consular que renovaban en cada frontera, en cada uno de esos bordes que su misma filosofía se ha encargado de disolver.

Jorge se siente a gusto con su aparente actitud pasiva. Cuando voy a visitarlos, parece a ratos una persona ausente. Come, toma vino, silba apenas un tango, dice una frase iluminadora que deja rebotando en la sobremesa sin que seamos ni siquiera capaces de recordarla, y parte a sus aposentos a echarse la siesta. Es ese lugar casi sagrado que es la «Casa dels metges» del Coll i La Teixonera, donde Jorge vive junto a su mujer florista rodeados de gatos y perros que no dejan nunca de nacer, porque allí parece todo tan vivo aunque el tiempo no se anime a querer pasar, suspendido en ese presente eterno que Jorge experimentó un día domingo. Defiende su actitud contemplativa y que nadie ose llamarle pereza, porque «la vida contemplativa comienza a darse justamente después de la merma de ‘yo’» (51), eso a lo que Jorge aspira dándole la espalda a los valores del capitalismo y de una ética de la productividad. Allí nos deshacemos en brindis. Allí, en los cerros de una Barcelona de cara al mar, a veces tocamos la guitarra. Allí nos repiten una y mil veces, para que no tenga oportunidad el olvido, cómo ellos convirtieron a los perseguidos por la dictadura en los integrantes de su hogar. Entonces, el hogar, la intimidad supuestamente resguardada, no tiene nada que ver con la privacidad. Muy por el contrario, ese incómodo espacio de lo íntimo se convierte también en un lugar para la comunidad, es una casa puertas abiertas que pone completamente en entredicho el concepto de lo privado, y allí donde pueden sacarse a la luz esas partes más incómodas, poco agraciadas, del aguacate.

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Jorge entiende a la perfección ese sentido de lo íntimo asignado por Pardo. Y no sólo eso. Lo aplica a su vida con coherencia, con convicción, cómo sólo puede vivir un ser humano, no le llamemos persona porque no le gusta, cuando es de verdad. Eso se refleja también en su escritura. No podíamos esperar menos de un testimonio «que es de finalidad amorosa» (114). Con ese tan noble objetivo a cuestas, podemos apreciar que Jorge Naranjo nos está aquí interpelando tras atreverse, en primer lugar, a sacar su voz. Como cuando se ponía a cantar casi a capela un tango en el bar que estaba a media calle de su casa. El mismo bar donde se escapaba, junto a su hermana Maru, la otra confidente de sus escritos, cuando ella sólo tenía tres años. Cantaban en público a cambio de unas papa-fritas y unos refrescos. Hoy, esa voz, que resuena también en la de Gloria, porque ella es algo así «como mi eco (y yo el suyo)» (68), ha de ser escuchada. Y hemos de retribuirle con bastante más que un ¡salud!

Escrito por Constanza Ternicier

Constanza Ternicier (Santiago de Chile, 1985) es Licenciada en Letras Hispánicas por la PUC. Máster y doctoranda en Teoría Literaria y Literatura Comparada por la UB y la UAB, respectivamente. Autora de las novelas Hamaca (Minimocomún, 2014; Caballo de Troya, 2017) y La trayectoria de los aviones en el aire (Comba, 2016).