Dentro de la extensa lista de nociones que en la actualidad pueden parecernos —y deberían parecernos— un poco envejecidas, descolocadas, o fuera de lugar, me entusiasma particularmente el abandono progresivo de las identidades nacionales, expresado en las tendencias del llamado pensamiento posnacional.  Este artículo es una humilde invitación a celebrar esta línea —nada uniforme, por cierto— en las escrituras contemporáneas, que me parece que merece todo el aliento y la difusión posibles.

Ante todo, me gustaría encabezar estas reflexiones recordando que la idea de nación que habitualmente manejamos en la actualidad, casi de manera intuitiva, es en realidad un invento bastante reciente. No fue hasta las revoluciones democráticas de los siglos XVIII y XIX en que se consolidó de manera definitiva el modelo de Estado-nación que prevaleció durante toda la modernidad. Este modelo consistía en la instauración de un poder político unificado dentro de un territorio geográfico de límites estables y bien definidos.  El triunfo del Estado-nación marcó el inicio de diversos procesos mediante los cuales se buscaba abolir la diferencia dentro de sus territorios, y crear una especie de unidad cultural.  Como es lógico, estos proyectos de unidad chocaban contra la realidad de las colectividades sociales sobre las que querían imponerse; las sociedades son complejas, naturalmente diversas, contienen etnias distintas y culturas distintas, que a su vez no se mantienen aisladas sino que generalmente se superponen e influyen de muchas maneras.  Es por eso que sería imposible trazar límites exactos entre las diversas culturas, sobre todo si habitan territorios cercanos. Otras formas de organización política —los imperios de la antigüedad, por ejemplo— no excluían estas diversidades; subsumir un pueblo a un determinado poder político no requería que estos abandonasen su cultura, su lengua, o sus formas particulares de organización social.  Sin embargo, el Estado-nación moderno parecía requerir, para la preservación de su soberanía, que se lo identificase con una cultura unificada. Así, la unidad nacional era también unidad de lengua, y era unidad de cultura. Mientras que anteriormente se distinguía entre Estado y nación, en tanto que una persona se identifica con una nación —una determinada colectividad marcada por una cultura común—, mientras que al poder del Estado, las personas sencillamente se someten, durante la modernidad se las pensará siempre de manera indisociable. Dentro del moderno Estado-nación, la identidad de los hombres y de las mujeres, con toda su carga individual, queda subordinada ante una identidad superior, que los construye como ciudadanos de determinada nacionalidad.

El tema se podría desarrollar muy en extenso, pero intentaré resumirlo, destacando que los ánimos homogeneizantes del Estado-nación frente a colectividades esencialmente heterodoxas constituían obviamente un esfuerzo antinatural, y como tal, requerían de mecanismos discursivos que permitieran la construcción de identidades colectivas que fuesen capaces de ser asumidas por los individuos mediante la identificación. Ante todo, el hombre sencillo, desligado de los avatares de los poderes políticos y de sus luchas, debía anteponer —o al menos incluir— dentro de su construcción identitaria la pertenencia a una determinada nación. Pertenecer a una nación es sentir esa pertenencia (Borges decía que la nación es un acto de fe, como lo son las religiones); una nación requiere de relatos que tracen una cierta continuidad en el tiempo, una que vincule a sus habitantes dentro de la misma trama narrativa: historias sobre sus orígenes, su fundación, proyectos hacia un futuro que se comparten como colectividad, y que para conseguirlos requieren la unión de todos los ciudadanos. Esto es el Estado-nación: la imposición de una identidad unificada en un determinado territorio, de límites estables, con un poder político único y centralizado. Este modelo funcionó como marco de referencia en el imaginario simbólico de generaciones enteras de escritores.  Los escritores del romanticismo latinoamericano, por ejemplo, sentían muy fuertemente esa idea de nación (amén de que además participaron activamente en su construcción); la patria tenía que ver con el origen, con aquello a lo que siempre se quiere volver, que se añora y, a fin de cuentas, con algo que en cierta manera también constituye lo que somos y que tiene rasgos propios.

Esa unidad identitaria articulada por el Estado-nación es la que viene a cuestionarse ahora, en gran medida a raíz de la crisis objetiva que éste vino sufriendo en la modernidad tardía a causa de cambios tan complejos a nivel mundial (que sin embargo suelen ser explicados de manera muy general y muy superficial utilizando el concepto de “globalización”) que sería demasiado problemático intentar esquematizar ahora. La literatura posnacional viene a dar testimonio de esa fractura identitaria, del agotamiento y de la obsolescencia de los modelos de identidad individuales y colectivos de la llamada modernidad cultural. Si me pareció importante hacer una re-lectura diacrónica del concepto de nación en la modernidad no es simplemente para revelar así que las formas en que comúnmente nos pensamos como personas y como miembros de cierta comunidad son formas impuestas. Eso no es dañino per se; hasta el nombre que se nos pone al nacer es algo impuesto, y sin embargo nos identificamos con él durante toda nuestra vida sin mayores problemas. Lo que me parece importante destacar en el caso del nacionalismo es que mantener estas formas de identidad es a su vez mantener y perpetuar formas de exclusión que tienden a invisibilizar las diversidades que surgen de las formas de expresión de las comunidades que habitan el territorio de esa nación, y, a su vez -haciendo un doble movimiento- a favorecer el rechazo hacia lo externo, creando enemigos hacia afuera de sí, y, lo que no me parece menos monstruoso, creando cierta ilusión de cercanía o de coincidencia con quienes están dentro. Y ni hablar tratándose de literatura: sostener este discurso implica la repetición de modelos caducos, reiterativos, cuando la riqueza del arte está justamente en su infinita capacidad creativa, en la expresión de las individualidades en toda su diversidad, en la capacidad de mostrar aquello que no puede ser abarcado por las categorías y las normas estandarizadas.

El discurso nacionalista sin embargo continúa operando subjetivamente por muchas razones, dentro de la cuales las afectivas no son justamente las menos importantes; pero incluso ocurre que se lo sostiene, otras veces, en pos de una presunta defensa en contra de la avanzada de los poderes transnacionales que vienen ganando cada vez mayores y mejores espacios dentro del enorme escenario del mundo.  Me parece que esta no es la ocasión para entrar a discutir (ni a desestimar) esas posturas, que además me parecen muy válidas ya que el debate es siempre enriquecedor y tiene que seguir dándose, porque estos planteos en torno a la cuestión del posnacionalismo son aún muy recientes y aún tienen mucho que recorrer. Pero es interesante —y alentador— pensar la literatura como un espacio fértil para la construcción de formas superadoras de identidad; desde esa literatura ahora felizmente desligada de la esfera pública, dotada así de nuevas libertades que le abren la posibilidad de pensarse al margen de las fronteras nacionales, al margen de discursos coartadores de la individualidad que siempre es irreductible a las identidades abstractas, que siempre busca escaparse de las categorizaciones gracias a ese maravilloso milagro que es su capacidad de crear, de imaginar, y de soñar realidades nuevas.

 

Bibliografia consultada

Castany Prado, Bernat (2007) Literatura posnacional

Hall, Stuart (1996) Cuestiones de identidad cultural. Introducción, ¿quién necesita “identidad”?

Villoro, Luis (1998) Estado plural, pluralidad de culturas. Del Estado homogéneo al Estado plural. México, UNAM

Escrito por Paula Márquez

Paula Márquez (Córdoba, 1992) cursa estudios en Letras Modernas en la UNC. Publicó relatos breves en La Gárgola Azul y es actualmente editora en Liberoamérica.