Un día, en una mañana de enero, las palabras me llevaron a pasear y ya nunca más regresé (o, por lo menos, jamás regresó la persona que hasta ese momento había sido). Desde aquel instante, se transformaron en una presencia constante que me acompaña en todos las instancias rutinarias de mi día a día, casi como ese ángel de la guarda que tanto me gustaba imaginar como protector en mis fantasías infantiles. Son mi lugar seguro, el té verde caliente en una mañana de niebla, la canción que no abandona mi mente, el aroma de los jazmines que entra por mi ventana.

Es por eso que me sorprendió su inusual ausencia en el momento en que más las necesitaba. La blancura de la hoja vacía me devolvía la mirada con una expresión burlona y un tono sarcástico de «¿Y? ¿Qué hacés ahora que finalmente lograron escaparse de los convencionalismos y reglas gramaticales que tanto les imponés? Las ideas no se comprimen, ya te lo dije». En contra de mi voluntad, tuve que darle la razón y comenzar por buscarlas por los lugares donde más gustan esconderse: en el fondo del armario, debajo de la cama, entre mis lápices de colores, en la risa de una persona querida… pero nada. Silencio.

También probé con ofrecerles el pan con dulce de durazno que tanto les gusta, con susurrarles versos inventados solamente para ellas, con prometerles que jamás volvería a tomar su protección y ayuda por sentado, pero su ausencia seguía estando tan marcada que casi podía sentirla en centro de mi pecho, donde antes solían dormir la siesta y jugar a la pelota en las tardes de verano.

Hasta que, finalmente, decidí tomar medidas drásticas pero necesarias. Comencé a relatarme a mí misma la historia de este abandono, a darle forma sin estructura a una situación de la que no veía escapatoria. Y fue así como, muy despacito y con mucha paciencia, empezaron a asomarse y saludarme tímidamente. Poco a poco, se fueron acercando y me reprocharon mi desfachatez («¿Cómo se te ocurre? Escribir sobre nosotras sin nuestro consentimiento ni presencia, ¡habráse visto cosa semejante!»). Después de muchas disculpas de mi parte y miradas orgullosas de la suya, decidieron perdonarme y narrar ellas mismas la historia de aquel día en el que me abandonaron para irse a vivir numerosas aventuras (que prometí escribir siempre y cuando no volvieran a marcharse). Ahora, si no hago ruido, puedo escucharlas riéndose y cuchicheando secretos que solo ellas conocen, y no puedo evitar sonreírles en silencio.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.