Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981) es Licenciada en Comunicación Social por la UPSA, Magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Cambridge y Doctorando en Literatura Comparada por la Universidad de Cornell. Ha publicado los libros de relatos Vacaciones Permanentes (El Cuervo, 2010, Reina Negra, 2011 y Tropo, 2012), La ola (Montacerdos, 2014) y Nuestro mundo muerto (El cuervo y Almadía, 2016, Eterna Cadencia y Santuario 2017).

Habitualmente se te considera punta de lanza de la literatura boliviana contemporánea junto con dos referentes de edades similares como son Rodrigo Hasbún y Maximiliano Barrientos. En el caso de Maximiliano te unen además colaboraciones como la coedición de Conductas erráticas. ¿Existe cierto sentimiento de cohesión grupal entre ustedes? ¿Cómo están viviendo estas carreras de algún modo paralelas?

Maxi y yo vivimos en Santa Cruz, compartimos lecturas e intercambiamos manuscritos. Él y Giovanna Rivero eran las únicas personas que conocía que habían apostado por una vocación literaria en una ciudad empresarial con apenas dos librerías. En esa época yo buscaba resolver el dilema de cómo tener una carrera profesional y a la vez dedicarme a la escritura (hacer de la escritura una profesión sonaba a ciencia ficción en Bolivia). Pero a Maxi no le preocupaba realmente la profesión, él ordenaba su vida a partir de la escritura y dejaba que lo demás se fuera acomodando, y esa convicción era estimulante y contagiosa. Con Rodrigo nos conocimos a través una antología de cuento de la que participamos a los 18 años, y luego volvimos a encontrarnos como estudiantes de doctorado en Ithaca. En esos años fuimos parte de un taller que se organizaba en casa en el que discutíamos nuestros textos muy intensamente, en sesiones que duraban horas. Ahora cada uno vive en ciudades distintas y se ha embarcado en proyectos diferentes, pero al principio nos unieron lecturas y preocupaciones comunes.

Emma Villazón habría podido ser una de los miembros más brillantes de esta nueva generación de autoras y autores, pero un accidente cerebrovascular nos la arrebató en 2015. ¿Cómo viviste tú esta tragedia, y qué supuso esta pérdida para la literatura en Bolivia y en Latinoamérica?

Emma era una poeta muy talentosa con una voz extraña, muy singular. No había nadie en Bolivia que estuviera escribiendo poesía en un registro similar al suyo. También, a través de su trabajo crítico, contribuyó a renovar el interés en torno a una figura de la vanguardia boliviana como Hilda Mundy, que estaba en el olvido y que en los últimos años ha empezado a ser recuperada. Con su esposo, el poeta chileno Andrés Ajens, Emma llevaba la revista de poesía Mar con soroche, que ponía en diálogo a la poesía boliviana con la chilena. La pérdida de Emma fue una tragedia en todo sentido y la manera inesperada en que ocurrió la hizo aún más dolorosa.

Tanto tú como Rodrigo y Edmundo son Doctorandos o Doctores por universidades estadounidenses, y el propio Maximiliano considera que sus referentes literarios principales fueron norteamericanos. ¿Cómo funciona ese intercambio literario entre Bolivia y los Estados Unidos, y por qué tiene tanto peso en la literatura boliviana contemporánea? ¿Qué fue, en tu caso, lo que te llevó a doctorarte en Ithaca?

Bolivia no tiene una infraestructura cultural que permita a los artistas acceder a talleres, becas de creación, fondos concursables o residencias. Esto ha obligado a muchos artistas a buscar oportunidades en otros países, y uno de los que ofrece becas más completas es Estados Unidos. Así fue que llegué a Ithaca, con una beca para estudiar literatura comparada. Sin duda hay autores norteamericanos que me han marcado y a los que me gusta regresar, como Faulkner, Philip K. Dick o Denis Johnson, pero en los últimos años he estado leyendo más a autores latinoamericanos.

En Nueva York tienes muy cerca a autoras como Brenda Lozano, Valeria Luiselli o Lina Meruane, además de al propio Rodrigo. ¿De qué manera se articulan entre sí los autores latinoamericanos residentes en EEUU? ¿Cambia mucho su panorama con la llegada de Donald Trump?

Vivo en Ithaca, una ciudad universitaria muy pequeña que está más cerca de Canadá.  Visito Nueva York cuando puedo, que es a lo sumo una o dos veces al año. Antes tenía la sensación de que me estaba perdiendo de todo, pero ahora agradezco el aislamiento, que me ayuda a concentrarme. Me costaría mucho resistir las tentaciones en una ciudad que ofrece tanto como Nueva York. Con respecto a tu otra pregunta: La llegada de Donald Trump nos afecta de muchas maneras, desde una sensación más generalizada de hostilidad con respecto a los inmigrantes hasta medidas muy concretas como la desaceleración en el proceso para conseguir visas de trabajo, que ahora toma tres veces más que antes.

Llevas tres libros publicados hasta la fecha, y los tres son de relatos. ¿Por qué este predominio del formato breve? ¿Te ves entrándole a la novela algo más adelante?

Necesito mantener en la escritura una tensión y una intensidad que hasta ahora he canalizado mejor a través del cuento, pero también me interesan las posibilidades narrativas que ofrece la novela.

De alguna manera desdibujas un poco las fronteras de tus relatos mediante un cierto entrelazamiento contextual entre ellos, bien mediante espacios comunes —a veces más genéricos, como Santa Cruz, a veces específicos como el Guan Zhou— o bien mediante semblanzas familiares, temáticas, etc. ¿Estos tres libros de relatos formarían, de alguna manera, una gran obra única?

En realidad tengo dos volúmenes de relatos: Vacaciones permanentes y Nuestro mundo muerto, y La ola es una antología con cuentos de ambos libros. Siento que Vacaciones y Nuestro mundo son momentos distintos, no sé si dialogan mucho entre sí, o en todo caso no soy capaz de verlo en este momento. En Vacaciones hay un tono contenido, mesurado, y Nuestro mundo es lo opuesto, es puro desborde. En NNM hay historias que suceden en el campo o, para irme incluso más lejos, en Marte, pero también está la sensación de que la realidad se rompe y muestra sus aristas más enloquecidas; quería irme lo más lejos posible de los escenarios y la sensibilidad de VP.

¿Hasta qué punto lo ficcional y lo autobiográfico se entrelaza en tu obra?

Escribo sobre cosas que me interpelan, me cuestionan y me intrigan de manera directa: en ese sentido mis libros son un registro de aquello que me está obsesionando. Pero no es necesario que exista una correspondencia entre mis circunstancias vitales y mis personajes: escribir también me permite salir de mí misma, habitar otras posibilidades.

En bastantes de tus relatos se desdibujan además las fronteras entre la vida y la muerte, lo natural y lo sobrenatural, especialmente en textos como Alfredito o La Ola. Sin embargo, de nuevo esta circunstancia parece corresponderse no sólo con esos relatos particulares, sino con tu obra en general. ¿Hasta qué punto esta percepción singular del mundo conforma parte de tu universo literario, y a qué responde esta percepción?

Lo que hace un cuento es suspender el sentido de lo ordinario e introducir la experiencia de lo extraño. No es necesario poner un ovni o un dinosaurio en un cuento —aunque ambos son elementos que me atraen y sobre los que podría escribir— para convocar un sentimiento de asombro o desfamiliarización. Para mí lo extraño es más una disposición de ánimo, un modo de relacionarse con la realidad y de intervenir en el lenguaje.

Este costado de ‘investigadora paranormal’ de Liliana Colanzi reparte numerosas referencias a los extraterrestres a lo largo de sus relatos, se los representa en un cine, se los intuye o se los ha visto, han bajado a la Tierra y abducido a muchachas, están presentes en metáforas sobre lo cotidiano e incluso tus botas para la nieve son botas de astronauta. ¿De dónde surge este romance con el espacio exterior? ¿Compartes con Elon Musk esas ansias por colonizar Marte?

Probablemente seamos una de las últimas generaciones que no conozca los viajes espaciales: en 50 años salir de la Tierra quizás sea algo frecuente, por lo menos para una élite, y tal vez incluso ya hayamos establecido una colonia en Marte para entonces. La colonización de Marte será un quiebre histórico tan importante como lo fue el descubrimiento de América, y con sus propios dilemas éticos: ¿cómo se dará en Marte la convivencia interracial, por ejemplo? Seguramente trasladaremos muchas de nuestras taras a otros planetas. En ese sentido, imagino a la humanidad como un virus muy resistente que ha tomado y destruido en gran medida este planeta y que está en un momento clave, a punto de saltar y expandirse a otras estrellas.

Y, ya de vuelta en la Tierra, ¿por qué la sexualidad aparece tan visible a lo largo de tu obra?

Si es visible, no era algo planeado o en lo que hubiera pensado mucho.

¿A qué responde la recurrencia del tema de la muerte en tus relatos y las diferentes reflexiones que lo atraviesan?

No hay día en que no piense en la muerte. A veces con temor, otras con curiosidad. Sobrecoge pensar que dentro de cincuenta años la mayoría de la gente que nos rodea estará muerta, y quizás nosotros también lo estemos. Nos hace sentir el tiempo de una manera que nos supera y nos asombra. Medirse con la muerte por un lado pone en perspectiva la urgencia de ciertas cosas, pero también nos confronta con un abismo de desconocimiento. Escribir es una forma de procesar ese vértigo.

¿Dónde te ves residiendo después de doctorarte? ¿Se abre un cambio de etapa importante para ti a partir de ahí?

Por ahora tengo un trabajo enseñando literatura en Cornell, Estados Unidos.

 

Entrevista cedida gratuitamente
para el número 403 de la revista Quimera.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.