Yo soy el gallo más gallo que vive en el gallinero
mi cresta es como una llama
mis espolones de acero…

Es todo lo que recuerdo de una poesía infantil que aprendí de memoria a los cinco años. En aquellos tiempos mi papá dedicaba un rato de sus mañanas de domingo a leerme El mundo de los niños. El único tomo que teníamos era el de Poesías y canciones, recuerdo su encuadernación dura, color crema, en la portada tenía la imagen de una bota que era casa y un gato tocando el violín. Amaba ese libro así como amaba esas mañanas de domingo.

Era usual, para mí, ver a mis padres con un libro en la mano, años después noté que unos padres lectores eran la excepción y no la regla. A mi padre le gustan las biografías, los ensayos, ama a los clásicos rusos, mientras que mi madre se siente a sus anchas en los terrenos de la ficción, en especial en las novelas que hablan del amor y tienen un final feliz.

Mi papá, sagaz y observador, me dejó ganar en la primera apuesta que hicimos y que fue la raíz para que yo esté escribiendo este texto. Colmillo Blanco, la historia del perro lobo nacido en Alaska fue el primer libro que leí. Mi padre empezó a leerlo en voz alta conmigo uno de esos domingos. Un día cuando íbamos más o menos en la mitad de la historia y yo no podía esperar para saber qué pasaba con Colmillo Blanco detuvo la lectura y dijo que apostáramos a ver quién lo terminaba primero. Entusiasmado por las aventuras del perro lobo y por los deseos de ganarle a mi padre tomé el libro y seguí leyendo esta vez para mí.

Mi padre perdió a propósito, lo entendí algún tiempo después. Ya no recuerdo el premio de esa apuesta y no importa, el verdadero premio lo sigo disfrutando treinta años después, mi papá me regaló los libros.

 

Escrito por Danilo Guio R.

Bogotá, 1980, Escritura, Ficción.