Una tarde, entre las sábanas y el silencio que caracterizan las siestas frías de invierno, una llamada me arrancó del sueño en el que suelo pasar aquellas horas que parecen cobrar vida propia en el estancamiento de las dos de la tarde: «¿Querés ser loca conmigo? ¿Y si nos vamos de viaje esta noche?». Y fue así, con esa combinación de palabras que podría pensarse accidental, como decidí romper con la calma estática de la rutina. Casi sin darme cuenta, me encontré rodeada del olor a gasolina, el ruido de valijas y la tristeza de las despedidas que siempre parecen acompañar a las terminales, quienes cumplen su destino paradójico de ser la marca tangible de una contradicción en donde se encapsula la melancolía de la partida y la emoción de un nuevo comienzo. Las terminales son estatismo y movimiento y ruido y silencio y lágrimas y risas. Las terminales son viajes.

Podría detenerme y describir extensivamente todas las actividades que realizamos, lugares que visitamos y personas que conocimos, pero creo que sería romper la magia y el misticismo que siempre envuelve estas travesías para reducirlas a una mera enumeración con carácter de bitácora. Porque este viaje significó mucho más que un conjunto de acciones que pueden anotarse en una lista perfectamente estilizada y con elementos distinguibles. Y es allí mismo donde radica su encanto.

En algunas ocasiones, somos conscientes de nuestro crecimiento y dinamismo casi como por casualidad o juego del destino, en donde este parece tocar la puerta de nuestra interioridad para recordarnos que somos multifacéticos y cambiantes y hermosos y vibrantes. Pero son más las veces en donde se necesita de un cambio en nuestro entorno que sirva como disparador de esa idea que en realidad siempre estuvo, latente y silenciosa, en el fondo de nuestro ser esperando el momento oportuno para emerger. En mi caso, puedo decir que, entre el tarjeteo del colectivo y el fardo de las mochilas contra mis pies, logré identificar el despertar de aquella idea que más tarde pasaría a componer la amalgama de pluralidades que ya llegaron a ser parte de mí.

Esta idea, ya acurrucada de manera permanente en el fondo de mis pensamientos, encontró abrigo en una casa tibia, cargada con un aroma de bizcochuelo de naranja y té de avellanas con caramelo. También creció en los paisajes montañosos de las sierras que tanto conozco pero que jamás dejan de sorprenderme, en la mirada de una perra que se resistía a perder las ganas de jugar a toda hora y en todo lugar, en el dulce de lima que compré en un refugio perdido en la nada, en una pantuflas prestadas con forma de mono, en el viento que hizo volar a mi pelo en posiciones de gravedad invertida, en las fotos de los cactus que tanto le gustan a mi mamá y, finalmente, en el retorno a lo familiar y conocido de mi propia habitación.

Ahora puedo sentir a esta misma idea terminar su misión en forma de palabras, esa forma extraña de inmortalidad virtual que parece hacerlo a todo más real. Por fin, su recorrido ha terminado y puede permitirse el descanso con las demás experiencias que juegan y corretean allá, bien escondidas en el fondo de la constancia cambiante de mi ser.

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.