Esta colección de cuentos fue publicada el año pasado en Asunción por Arandurã Editorial. Los textos son breves y algunos incluso muy breves; a veces parecen sueños —no es la sintaxis, sino el tono—, a veces fábulas. Los habitan fantasmas, suicidas, críticos de arte, una vaca escritora, extraterrestres, sabios y libros. Ejercen indistintamente la parodia, el cinismo, el encono, la melancolía. Todo muta, empezando con los géneros —cada cuento se apodera de alguno, que invariablemente se abre a otra cosa.

Christian Kent es narrador y poeta. Alguna vez dijo que quiere a Elvis Prestley en todos sus libros. En este, por supuesto, está: es “El rey del planeta rojo”. Pero Elvis ya no es la estrella del rock, sino esa cosa mítica postmortem en que se ha transformado, entre vivo y no vivo, una mutación en permanente transición. El cambio, brusco o paulatino, es quizá el tema central del libro. Los géneros aludidos, las tradiciones literarias invocadas, también están tocadas por la mutabilidad.

Las mujeres a veces son las catalizadoras del cambio. Por ejemplo, en el cuento budista “Haruko y la impermanencia”. Una mujer encuentra arenilla en la casa (de polvo somos, etcétera) y se lo comenta al marido. La hace recordar viñetas de su vida; playas, sol, la infancia. El marido amplía intelectualmente las posibilidades de la arena, recordando que todo grano es acontecimiento que termina amontonándose en rincones. Hay que barrer casa y mente, dice. Pero Haruko, con sabiduría doméstica, terrenal, propone una solución más simple y más radical. En “La vieja boina de Golf” hay una mujer mediumnica, o quizá solamente loca. La ambigüedad no exige resolución, puesto que sólo a través de ella nos llega el sentido del texto. En “La última novela de Deisy Mu” (un cómico y cálido homenaje al escritor argentino Omar Viñole), es una mujer la que posibilita la literatura de la vaca escritora. Luego, en “Lo que marque el taxímetro” —relato ejecutado con maestría—, una adolescente en tránsito entre la vida y la muerte permite al taxista recorrer con ella (como un funambulista) lo que dura el corto viaje desde la decisión al acto final. Este cuento, por cierto, tiene un comienzo hermoso. Permítanme compartirlo con ustedes:

«Si a un ángel se le cayera un ala, ésta se convertiría, al tocar el suelo, muy seguramente, en un banco de plaza».

En “Serán las trampas”, un cuento lovecraftiano, la humanidad entera muta por causa de una supuesta manipulación extraterrestre. Aquí no hay muerte individual, sino de una especie, pero es una muerte que no es un final sino una continuación en otra cosa.

A veces el cambio es fruto de un deseo (que se vaya todo el mundo a la luna y me dejen solo: “El deseo”) o la desesperación (“Por turno”).

“El proyecto Zoltar Kim” (con reminiscencias a Philip K. Dick) trata de una revolución social en el planeta marte, donde los aborígenes —informes por naturaleza— se organizan contra la opresión humana. Junto con los tópicos de la ciencia ficción aparecen, también, referencias budistas. El antagonismo del relato trasciende los personajes y la trama contingente hacia lo esencial y lo accidental, el dualismo entre el cuerpo y el alma, que, por cierto, es común a los relatos de anticipación de corte metafísico. Fuerzo esta lectura apresurada porque ilustra la relación subyacente, por encima del género literario, entre los textos que componen el libro. Aquí tenemos a los marcianos que reconfiguran su falta de forma física definida imitando a los humanos, para así acercarse a ellos, a lo que son; mientras a la vez, por medio de sofisticados mecanismos tecnológicos, intentan acercar a la humanidad a la posibilidad de habitar este mundo sin tener fijo o definido el cuerpo. Ser una cosa que es todas, o que puede ser todas, como el agua o el viento.

La mutación está también en “La guerra y la paz”, un relato que hace pensar en “Más que humano”, de Sturgeon, y en “La intersección Einstein”, de Delany. En un futuro indefinido, seres evolucionados leen en un libro todo lo que contiene la literatura: historias, sentimientos, deseos, sueños, temores, juegos. Es también la lectura lo central la afantasmada narración “Lectura inconclusa”. En “Los nuevos championes blancos de Tony Wingston” un escritor descubre en su calzado el secreto de la literatura.

Leer, lo sabemos, es entrar en transición. Por medio de un dispositivo (el texto, el libro) quedamos suspendidos entre realidades inconciliables: entre la vida y la muerte, la vigilia y el sueño, lo contingente y el delirio, nosotros mismos y lo otro. Este libro hace de esa suspensión —el gran anhelo de la fábula y, por qué no, de toda conversación (“Una tarde de otoño”)— su motivo, su deseo. En opinión de este servidor, lo consigue plenamente.

Otros libros del autor son: Lieutenant (poesía), El conde Orloff (cuentos) y Cuatro cuentos (cuentos).

Escrito por Ever Roman

Née 1981. Autor de "Osobuco" (Pánico el Pánico, 2011) y "Falsete" (2014). Ha publicado textos en diversas antologías