Calle desconocida

(Fervor de Buenos Aires – Edición de 1969)

Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde*
cuando la sombra no entorpece los pasos
y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive.
En esa hora en que la luz
tiene una finura de arena,
di con una calle ignorada,
abierta en noble anchura de terraza,
cuyas cornisas y paredes mostraban
colores tenues como el mismo cielo
que conmovía el fondo.
Todo —la medianía de las casas,
las modestas balaustradas y llamadores,
tal vez una esperanza de niña en los balcones—
entró en mi vano corazón
con limpidez de lágrima.
Quizá esa hora de la tarde de plata
diera su ternura a la calle,
haciéndola tan real como un verso
olvidado y recuperado.
Sólo después reflexioné
que aquella calle de la tarde era ajena,
que toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas aisladas,
que todo inmediato paso nuestro
camina sobre Gólgotas.

Jorge Luis Borges. Fervor de Buenos Aires, Buenos Aires, Emecé Editores, 2007.

*«Es inexacta la noticia de los primeros versos. De Quincey (Writings, tercer volumen, p. 293) anota que, según la nomenclatura judía, la penumbra del alba tiene el nombre de penumbra de la paloma; la del atardecer, del cuervo». (Borges, 1969, p. 54).

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Reflexión:

En el prólogo de Fervor de Buenos Aires (1923), Borges reconoce que en su juventud «buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha». El atardecer conjuga la soledad, la quietud y el silencio, desde los cuales el joven Borges vuelve a descubrir la ciudad de Buenos Aires luego de su temprana estadía en Europa. El atardecer, sin duda, es el momento de Fervor de Buenos Aires; la penumbra del cuervo teñirá cada página del poemario dándole un tono tenue y nostálgico a sus composiciones, caracterizando así una obra que le permite a su autor redescubrir su ciudad natal.

Es en este poema, «Calle desconocida», en particular, que la calle embebida de atardecer y a la espera de la caída de la noche, con su debida connotación de recogimiento, soledad y tristeza, se prefigura en un lugar de comunión para todo hombre, siendo, de este modo, un lugar de reconocimiento universal.

«y la venida de la noche se advierte
como una música esperada y antigua,
como un grato declive».

Es quizás el atardecer, ese momento en el que reconocemos nuestras cercanías, que comúnmente ignoramos o pasamos desapercibidas. El atardecer se establece en el poema como el momento de la reflexión que nos congrega, que nos atañe; el atardecer es el cristal que nos permite asomarnos a nosotros mismos y, en consecuencia, descubrir al otro, a los otros.

«En esa hora en que la luz
tiene una finura de arena,
di con una calle ignorada,
abierta en noble anchura de terraza,
cuyas cornisas y paredes mostraban
colores tenues como el mismo cielo
que conmovía el fondo.
Todo —la medianía de las casas,
las modestas balaustradas y llamadores,
tal vez una esperanza de niña en los balcones—
entró en mi vano corazón
con limpidez de lágrima».

«Calle desconocida» es un poema sobrio, al mismo tiempo que esta cargado de versos visualmente efectivos, que involucran sensaciones frente a colores, tonos y espacios que se mezclan en el poema, permitiendo que el lector en verdad se encuentre con una calle que hasta el momento solo había ignorado, una calle que se le presenta y se le va pintando verso a verso. A lo anterior se suma el empleo de símiles, (como una música esperada y antigua); metáforas, (toda casa es un candelabro)  y  el uso de la metagoge, indispensable en el primer Borges, (la sombra no entorpece los pasos); recursos todos que contribuyen a la construcción y al reconocimiento de esa calle universal pero rotundamente individual y solitaria, ya que al caer la noche, la calle no es más que la forma física de la división, del aislamiento y de la soledad en la que organizamos nuestras vidas. Al atardecer se comparten soledades; al anochecer, la soledad del otro, es irremediablemente ajena.

«Quizá esa hora de la tarde de plata
diera su ternura a la calle,
haciéndola tan real como un verso
olvidado y recuperado.
Sólo después reflexioné
que aquella calle de la tarde era ajena,
que toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas aisladas,
que todo inmediato paso nuestro
camina sobre Gólgotas».

 

Dirá Borges en Inquisiciones (1925) que «la tarde es la inquietud de la jornada y es por eso que se acuerda de nosotros que también somos inquietud. (…) Es a fuerza de tardes que la ciudad va entrando en nosotros». (Borges, 1925, p. 88). Es a punta de atardeceres, concluirá el poeta, que reconocemos al otro; es el momento en que estamos verdaderamente desnudos de porvenir, reflejándonos en la común melancolía, justo antes de que la noche nos obligue a buscar solitario refugio. El atardecer es el declive, el desbarrancadero hacia el alma.

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Escrito por Javier Arias

Javier Andrés Arias Bernal (Bogotá, 1993). Periodista y comunicador social de la Universidad Central. Ha publicado crónicas en medios como El Espectador, Cartel Urbano, Confidencial Colombia y The End Magazine, entre otros. Escribe reflexiones sobre cine y poesía en su blog Yoaltero.com. Actualmente es estudiante de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia.