Cuando lo viejo no acaba de morir, cuando lo nuevo no acaba de nacer

(B. Brecht)

 

En mi primer vuelo transatlántico se podía fumar, y en el fondo del jumbo de Air France había un bar donde se bebía «a voluntad».

Pedí un whisky. Me aposté en una esquina de la barra a ver a los demás pasajeros.

Era una situación inédita estar rodeado de tantos «occidentales». Me pareció que los europeos no eran borrachos «alegres» y que los gringos se embriagaban rápido.

En lugar de dormir, amanecí en el bar, conversando con un joven estadounidense que iba a Kiev para conocer a sus abuelos.

Creo que ese año (1996) fue el último en el que se pudo fumar en los aviones.

Aterricé en Zúrich. Me esperaba el hombre más rubio del mundo, lo acompañaba su novia, una joven africana de piernas largas.

Nos dirigimos a un supermercado para comprar los víveres que esperaban en el campamento de «intercambios ICYE» (por sus siglas en inglés: International Christian Young Exchange).

En el sector de frutas y verduras, me quedé largo rato estudiando las frutas de colores perfectos y redondeces increíbles (naturalmente, modificadas en laboratorio).

Camino al campamento, mi recuerdo es el cliché de la pradera verde y la vaca gorda que pasta.

En el campamento, jugaban o bebían los intercambios de una veintena de países. Un polaco robusto, que iba vestido como se va a misa, me llevó al cuarto.

«Me llamo Gregorz», dijo, con un fuerte acento. «Esta es tu litera», agregó, ayudándome a colocar mi maleta sobre el colchón. Por lo menos había una docena de literas. «Eres de los últimos en llegar, bienvenido».

En el patio me presenté con los demás. En cuestión de minutos, estaba integrado.

Once años después (2007) regresé a Europa, a Francia, con 28 años, contratado por nueve meses como «asistente» de español en un liceo público.

El Rectorado Aix-Marseille (institución de la Educación Nacional en la región para Marsella y alrededores) me asignó en Orange, (30 mil habitantes), próxima a Aviñón. Orange es famosa por su teatro romano y por ser uno de los feudos de la extrema derecha.

Desde 1995 es gobernada por Jacques Bompard, cofundador del Frente Nacional (se separó del partido en 2005), y actual presidente del movimiento Liga del Sur.

Una mañana de mercado tuve el «privilegio» de ver al caudillo, se estaba dando un «baño de masas», resguardado por media docena de guardaespaldas. Todos blancos, rapados, de un metro noventa… Solo les faltaba el brazalete.

Si en Suiza tuve una visión del «resplandor», de lo que puede ser un mundo plural y tolerante, en Orange tuve la visión de la fragilidad y «decadencia» de este mismo mundo.

«Visiones» no «impresiones»

A mis 18 años, los suizos me insistían que debía presentarme como Austauschschüler (estudiante de intercambio), para evitar la mirada que se les reservaba a los Migrantenschülern (estudiantes inmigrantes).

Esa mirada a la que se referían viene del adjetivo alemán fremd, que literalmente significa extraño o desconocido (no hay un adjetivo en castellano que tenga la misma connotación). Es una mirada como un muro.

En francés fremd es étranger. Mi experiencia en ambas lenguas me sugiere que fremd tiene una evocación parcelaria: ellos y nosotros; aquí y allá, en tanto étranger tiene una naturaleza más inquisitiva, que, por un lado, puede derivar en integración pero que también puede sucumbir en la violencia. Desde ninguno de los dos adjetivos, en todo caso, se pregunta por ¿quién eres?

Orange no estuvo mal. No obstante, con frecuencia miradas hostiles me llamaban a retornar la cabeza para encontrarme con ojos de un salvaje mutismo. Miradas «raras» en espacios públicos y privados. Miradas como bocas que deletreaban la palabra fascismo.

Ahorré y viajé. Regresé a Berlín, noté que la museografía en ese invierno 2007, a diferencia de 1997, se enfocaba menos en la Segunda Guerra Mundial y más en la historia de división entre las dos Alemanias.

Fui a Madrid y a Barcelona. En ambas ciudades, me hizo falta justamente lo que en Berlín me daba pie a criticar: la reconstrucción de la memoria histórica.

Visité Auschwitz bajo una tormenta de nieve. Regresé confundido y cansado. Hice varias horas de tiempo en la estación de Cracovia, llena de indigentes y borrachos. Me fascinó Budapest, aunque me pareció un poco hostil y rancia.

En 2010, la vida y mi esposa me trajeron a Marsella. No me he movido. En siete años he visto el desmoronamiento de la política y la «confirmación» de la finanza.

La guerra de Crimea, «las primaveras árabes» o la más severa, la guerra en Siria, se han encargado de animar sin interrupción, un ambiente bélico alrededor de Europa, donde, cada cierto tiempo, casi se volvió «costumbre», que alguna de las grandes capitales prenda fuego.

En 2012 visitamos Porto con mi esposa, ahí vimos un barrio abandonado. En 2014 fuimos a Grecia, vimos la mitad de una vieja ciudad turística desierta, como la Venecia de Thomas Mann.

Recientemente, por el trabajo, acudí a una audiencia pública, en una mediana ciudad del sur de Francia, donde un juez condenó a una joven de 20 años a seis meses de cárcel, por hurto. La chica nació en Florencia, de padres serbios. Lloró amargamente cuando el juez le preguntó si tenía algo más que agregar. «Quería ir a Barcelona», dijo entre sollozos. «Quería probar suerte ahí». Se llevó las manos a la cara: «no puedo rehacer el tiempo, quisiera volver hacia atrás y borrar las cosas que he hecho, pero no se puede», concluyó. Todos en la sala, desde el juez hasta los policías que la resguardaban, supimos que hablaba sinceramente. El problema es que era demasiado tarde.

Escrito por José Manuel Torres Funes

Periodista y escritor hondureño (1979) residente en Marsella, Francia desde 2010. Es autor del libro de relatos "Desfiladero" (Tegucigalpa: 2003), de la investigación periodística "El Libro Azul de Casa Alianza (Tegucigalpa: 2006), "El dolor de la ausencia" (Tegucigalpa: 2007), compendio de 12 testimonios de familiares de víctimas asesinadas de manera sumaria, participó como ensayista en "La otra tradición, un encuentro con el arte contemporáneo en Honduras 2000-2010" (San Salvador: 2010), formó parte de la antología de Sergio Ramírez "Un espejo roto", selección de autores jóvenes de América Central (Tegucigalpa: 2014) y recientemente publicó "Esta tarde vi llover" (Marsella: 2017), que son dos relatos largos. También ha colaborado en diferentes investigaciones periodísticas en Honduras, especializadas en temas de ciudadanía, política, poder y democracia.