La mejor literatura es aquella que me fuerza a escribir. Es decir, para mí la mejor literatura es la que me fuerza, la que me obliga, la que me impele a escribir. Da igual si es poesía, narrativa o ensayo. El género no es lo importante. Lo que importa es ese trozo de llanto atascado en la garganta. Un estremecimiento cargado de energía del que inexplicablemente huyo. La mejor literatura me da miedo porque me fuerza a escribir y tengo que abandonar todo lo que en ese momento estoy haciendo. Abandonar lo cotidiano por la escritura: la felicidad suprema en el punto exacto en que se transforma en agonía. Porque ese estremecimiento me conecta con algo que me exprime y luego me deja vacía y ausente.  Lo que me da miedo es, en realidad, la vida. Porque ese estremecimiento-llanto atascado en la garganta es la vida. Al menos la mía. Y le sigo huyendo, inexplicablemente.  A veces me pregunto si mi extraña enfermedad tiene algo que ver con esa evasión. Como si mi cuerpo se resistiera a huir de mi destino y los síntomas no dejaran de señalarme el trazo oculto de mi escritura negada.

De pronto, hace unos años, dejó de interesarme la ficción. Siempre pensé que sucedió porque no era capaz de encontrar ese estremecimiento tan a menudo como en la poesía. A veces pienso que en el fondo fue el miedo a encontrarlo. Curiosamente, en la poesía y también en el ensayo sé que voy a encontrarlo con más frecuencia y aun así a estos géneros (formas, retóricas, modos de escritura) no les huyo. Me sucede algo con la ficción, con su forma de irrumpir en la realidad cotidiana, que me desborda. Cuando encuentro el estremecimiento en la ficción inmediatamente me rompo. Durante horas que, en realidad, se convierten en pozos que anulan el tiempo. Quizás con la poesía estoy preparada de antemano y me aproximo a ella consciente de que el tiempo será suspendido. Pero con la ficción, con aquella ficción que estremece, me sucede algo que me rompe y que me obliga a escribir.  Mi pensamiento adopta, caprichoso, la forma de la escritura. Entonces, ya no hay lectura que no sea una forma dolorosa de escritura.  Las ganas apremiantes de ser parte de esa historia me desbordan. Ganas de que mi escritura forme una senda que en un momento se encuentre con la escritura que estoy leyendo. Y que, de repente, las dos escrituras se encuentren en un cruce de caminos con la fuerza de la fatalidad, con la contundencia del destino. Un oráculo. Un código secreto compartido.  Como si en esas ficciones lo que estuviera sucediendo de fondo fuera mi vida de lectora. Porque mi vida de lectora, que es en realidad mi misma vida, sólo cobra sentido a través de esas ficciones. Es a esa comprobación a la que le tengo miedo.

En la cotidianidad nos revolcamos como chanchos y de repente en unos días se acumulan intensidades inusitadas que nos sorprenden. Alguien me dijo eso alguna vez. En la cotidianidad nos revolcamos en el silencio de los intercambios de palabras. En la cotidianidad somos incapaces de escuchar nuestra voz rota que lucha por narrarnos. Y de repente leemos una historia de otro tiempo que nos secuestra la capacidad de vivir en lo cotidiano, carentes de revelaciones. La escritura de otros es nuestra vida paralela, nuestras infinitas vidas paralelas. Así también, nuestra escritura se abre para recibir otras vidas que nos leen. Un tejido hecho con los arrebatos del reconocimiento. Y, sin embargo, todo esto para mí está recubierto de miedo. No se trata de horror. Se trata del miedo a la verdad o al absoluto o a ese algo, ese algo, que se escribe una y otra vez en todas las historias. Ese algo que los poemas que rompen el lenguaje buscan. Todavía es un misterio y una sorpresa constante para mí que ese algo-estremecimiento-llanto sagrado en la garganta aparezca en una narración o en la simple descripción de los objetos.

Entonces me encuentro con Ricardo Piglia:

«El arte de narrar se funda en la lectura equivocada de los signos.

Como las artes adivinatorias, la narración descubre un mundo olvidado en unas huellas, que encierran el secreto del porvenir.

El arte de narrar es el arte de la percepción errada y de la distorsión. El relato avanza siguiendo un plan férreo e incomprensible y recién al final surge en el horizonte la visión de una realidad desconocida: el final hace ver un sentido secreto que estaba cifrado y como ausente en la sucesión clara de los hechos».

Pero hasta entonces estaba equivocada. Hasta entonces mi vida estaba equivocada y el mapa del futuro también estaba errado. Cualquier mapa del futuro siempre es un equívoco. Pero la equivocación es sagrada porque es el destino atrapado en un cruce de caminos escritos. Nunca se escoge el final correcto porque la verdad consiste en esa equivocación que desencadena la narración en la que nos reconoceremos como lectores. Lectores perdidos que buscan los signos en los que reconocerse y saber, de una vez por todas, de qué se trata la vida. Mi vida de acertijos del miedo.  Mi vida de escrituras entretejidas con los textos que leo. La escritura es, en el fondo, la protagonista también en todas las ficciones.

Y me rencuentro con Piglia que ya había escrito hace mucho esto que estoy tratando de escribir. Acabo llorando de revelación y de imposibilidad.

«Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas, oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles, laboratorios donde se experimenta con las pasiones personales».

Llego a esta frase cuando días antes yo había escrito: «La escritura de otros es nuestra vida paralela, nuestras infinitas vidas paralelas. Así también, nuestra escritura se abre para recibir otras vidas que nos leen. Un tejido hecho con los arrebatos del reconocimiento. Y, sin embargo, todo esto para mí está recubierto de miedo».

Pero yo probablemente leí el texto de Piglia hace 10 años. ¿Dónde estuvo esta frase todo el tiempo? ¿En cuál de mis adentros? Quizás una frase leída hace 10 años ha dibujado mi historia hasta ahora. Quizás el texto de Piglia emerge como mi narrador.

«El crítico es aquel que encuentra su vida en el interior de los textos que lee», dice.

Y después ya no sabe vivir sin ellos, sin los textos. La búsqueda hambrienta de textos en los cuales reconocerse, en los cuales reactivar el llanto atascado en la garganta. Pero luego el vacío. Porque luego, cuando el narrador irrumpe, dice Piglia, el relato termina: «Su entrada es la condición del final; es el que ha urdido la intriga y está del otro lado de la frontera, más allá del círculo cerrado de la historia». Pero nosotros, los lectores, no estamos fuera. Permanecemos dentro de la historia mientras nuestra vida, que transcurre ajena a los designios de lo escrito, nos transporta fuera. Permanecemos, en realidad, en un espacio liminal. Habitados constantemente por nuestro doble, el que permanece dentro de las historias y que es, por lo tanto, un doble infinitamente múltiple. Haunted. Y en la cotidianidad nos revolcamos pretendiendo que las palabras no duelen y que no somos conscientes de que esa frontera es en realidad un precipicio.

¿Espacio liminal = precipicio? ¿Por qué a veces cuando reconozco mi vida en los textos no puedo dejar de llorar? Porque presiento el final de la historia, de mi historia, repitiéndose una vez más, como en las noches en la intemperie de la infancia cuando toda forma de existencia era una variación del miedo. Por eso de niña escribía obsesivamente fábulas, para conjurar el final, mi final, con la moraleja, esa prolongación moral e innecesaria del relato. Lo cierto es que la moraleja no borraba nunca el desasosiego que mis propias historias de animales castigados me dejaban. Las fábulas eran, quizás, la variante más refinada del miedo. Siempre el mismo miedo habitando la escritura que me empuja al otro lado del precipicio. Ojalá todo fuera tan sencillo como saltar.

Escrito por Valeria Canelas

(La Paz, 1984) Licenciada en Historia, Máster en Literatura Hispanoamericana (UCM) y en Estudios Latinoamericanos e Ibéricos (Notre Dame University). Actualmente se encuentra realizando el doctorado en Literatura Hispanoamericana en España. Como poeta, sus textos han aparecido en la antología Cambio Climático. Panorama de la joven poesía boliviana (traducida al francés), así como en varias revistas. Maquinería, su primer libro de poemas, fue finalista del premio Gerardo Diego de poesía para autores noveles de la Diputación de Soria en el año 2010. Fue publicado en el 2016 por la editorial Ravenswood BOOKS.