Los mejores poemas
son íntimamente nuestros.
Se les calla, se les deja ir.

Víctor M. León Leitón

Conozco a un poeta sumergido en la genuina búsqueda del verso, al que no le importa nada que no sea la poesía misma. Lejano a los espacios en donde uno se relaciona con otros poetas, él se mantiene incorruptible, con un camino marcado por la ética que a mi parecer es indispensable para cualquiera que se precie de ser artista. Obstinado pero a la vez paciente, capaz de luchar durante meses por una palabra precisa, contemplando el mundo sin tiempo, sin apuros, sin recompensa; acaso, a la espera del primer verso, el que dicta Dios: somos un grafiti en el sueño de los que duermen. 

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Aquí te presento a Víctor M. León Leitón (San José, Costa Rica; 1981. Radica en México desde 2007.) y en esta ocasión citaré su último poemario, Infraperro (ganador en 2015 del XXIV Premio internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal), mismo que dedicó a su entrañable amigo y también poeta, † Felipe Granados.

XIV

algún

anónimo

te ha llamado

muerto de hambre

amarra perros

sidoso    escoria

porque no pagabas lo que debías

y siento pena por él

porque no llegó a conocerte

(…)

Si bien el libro se divide en veintiocho secciones/cantos y un epílogo, la obra en realidad consiste en un único poema y se abre con el siguiente epígrafe: Sucede a menudo que las verdaderas tragedias de la vida ocurren de una manera tan antiartística que nos lastiman por su cruda violencia, su absoluta incoherencia, su absurda necesidad de sentido, su completa falta de estilo (Óscar Wilde).

He querido hacer referencia a estas elocuentes líneas que León Leitón toma prestadas de El retrato de Dorian Grey, porque de entrada lo primero que se aprecia es que, al igual que en muchos de los textos de Wilde, el libro tiene como punto de partida un principio estético puro y cristalino. Nunca habrá definición de poesía, pero intento juntar piezas: poesía es vivencia.

II

San José

tiene lentas formas

de entregarse al duelo

(…)

de peatones que no recostarán

su cabeza en su vientre

no como vos

que la recorriste a pie

con las yemas de los dedos y la lengua

La ternura y empatía que me despiertan los inmigrantes en cierto modo resulta absurda, pues yo no pertenezco a esa categoría, pero de alguna manera los siento huérfanos, y madre e hija sí que lo soy. En el caso de Léon Leitón, presiento que migrar ha provocado en él una doble melancolía, como un cuerpo que no se parte pero se siente partido y le mantiene delineando versos y estampas que quizá resulta estéril compartir aquí, en México, con los que ama o se vincula; mientras al mismo tiempo le hunden en la impotencia de ya tampoco poder ubicarlos físicamente en los territorios de su infancia y adolescencia en Costa Rica. Y tal como asentó en unos memorables versos un inmortal poeta chiapaneco, yo no lo sé de cierto, pero supongo que esos espacios juveniles hoy clausurados incluyen quizá alguna tienda en donde León Leitón hurtó inocentemente una golosina en una cálida noche veraniega, o la casa de aquella tía siempre sonriente y dicharachera que todos poseemos en nuestra más tierna e inocente genealogía: solo se escriben elegías a lo perdido.

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Por otro lado, y de vuelta al poeta al cual está dedicado el libro, pienso que existe una gran generosidad en retratar no sólo lo que uno ya no vivirá en compañía del ser amado, sino una compasión melancólica de lo que el propio amigo ya no vivió. Sin duda hay un hermoso dolor en ello, un intercambio entre mi dolor por mí y el dolor por ti. Me parece afortunado retratar a una persona más allá del vínculo y hacer que nos duela el amigo ajeno; no la muerte o la tragedia que en sí misma encarna que se escape un poeta, ¿joven? ¿prodigioso?… eso no lo sabremos.

(…)

se acabó

ya nunca sabrás

a qué huele la Capilla Sixtina

(…)

como un vicio celosamente agravado

presiento

     creo escuchar

en el silencio

canciones que debieron ser tuyas

(…)

vos querías

escribir una apología del fracaso

ahora tus palabras

dan vueltas como un tigre

entre tus dos fechas

(…)

dejaste sin escribir

ese poema sobre Robert Falcon Scott

a ambos los topó la muerte

frente al desierto blanco

y vos

infraperro

no lo escribiste

Como todo lo que nunca sabremos pero queda atrapado en el aire que se cuela entre las puertas, ese poema que ya no se escribió es terrible; de ahí que resulte magistral y desgarrador apreciar cómo Víctor M. León Leitón logra hacernos sentir que perdimos a alguien valioso, que el mundo es menos bello sin el amigo infraperro, a quien nosotros también habríamos podido llorarle en su tumba, con ese llanto que se expresa inalcanzable.

XI

(…)

hay tantos llorando

al poeta

al mártir

al campeón de las cantinas

yo

infraperro

lloro al amigo

no me resistiré

voy a llorar cada que vea

la tierra impactada

un cráter lo bastante grande

este llanto

por insuficiente

acaba por doler dos veces

este llanto

merecería unos paramédicos asustados

un coro de jabalís chillando furiosos

este llanto

tendría que estallar como un coche bomba

a las puertas del cielo

dónde acabaré

de llorar lo reído        lo conversado

adónde tiene su tumba el viento

quisiera llorar

como quien no ha llorado jamás

pero bien sabés que no puedo

voy a llorar como quien ha llorado siempre

y ahora descubre un llanto nuevo

Otra de las cualidades por las que me atrapó este poemario es el hallazgo de belleza en honrar la miseria, si es que lo es, ese otro mundo donde el lodo es pedestal y todas las cosas de los que nos sentimos inadaptados, insuficientes, quisiéramos gritar que no nos pidan.

XVI

no le pidás

a un hombre sin domicilio fijo

que termine el bachillerato

que programe una cita

o que entregue vacío

un formulario D‐101

tampoco una aclaración en la ventanilla cuál

no le pidás

que pague la renta puntualmente

como las prostitutas de abajo

ni que se busque un empleo de verdad

tampoco le pidan poemas suaves que sea pulcro que olvide

que interrumpa su huelga que se arrodille

que no se robe los libros que no los regale

(…)

es inútil

pedirle que dome esa sed salvaje

Así termino, con estos versos de José Martí (citados en el libro) que escribiría sin titubear en mi epitafio:

un grano de poesía

es suficiente para perfumar un siglo

Escrito por Alicia Camposalas

Facebook: Alicia Camposalas Twitter: @viudadePessoa Mail: aliciacamposalas@gmail.com

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