La naturaleza del fragmento es paralela a la existencia de la literatura. Sin embargo, durante el romanticismo este género literario se convierte en una enamorada forma de comunicarse con un universo oculto, complejo y sagrado. La utilización del fragmento no es ornamental, sino una conversación profunda con una forma de entender el universo: espacio de símbolos y manto de conexiones secretas; analogías susurrantes, metáforas de la naturaleza desbordada de sentido —reflexión que se configura desde el siglo XVIII, con los ideales ilustrados que veían en ella una red de realidades imitables en el arte. Para el romanticismo, la naturaleza se convierte en una zona difusa de pliegues y escondrijos; una suerte de consciencia medieval y barroca retorna en figuras clave como Shakespeare o Calderón, y se encuentra dominada por el exceso de alegorías y signos ocultos. Se despierta un concierto de alusiones secretas, ángeles transparentes y duendes de misterio. Para el espíritu romántico, las preceptivas literarias del XVIII serán un combate y se despertarán nuevos enigmas en el demoniaco lenguaje de la poesía.

Desde sus escritos de juventud, Friedrich Schlegel —poeta, filósofo o mejor dicho “escritor fragmentario”— decía que el fragmento expresaba una perspectiva total y que, en su “aparente” brevedad”, entreabría espacios de infinito. Novalis, a su vez, llamó al fragmento “germen” o “semilla” para indicar que de ellos florecían mundos, que su carácter, siempre inacabado e inconcluso, inducía a una reflexión sin fin. La lectura del fragmento por ello, implica actualizar el presente que es, al mismo tiempo, pasado y asumir un futuro rutilante que se está realizando en los segundos de su porvenir; no hay espera en el fragmento, es tormenta de arena en su enunciación, incendio, eritema. Se trata de un conjunto hermoso y relampagueante que no deja de quemar. Muchos autores del siglo XX exploran también estas acepciones, las repiten, rondan sus fisuras, entre ellos solo mencionaré a dos, Walter Benjamin y Maurice Blanchot. Ambos estudian con mucha atención el romanticismo, vuelven más atrás, establecen puentes.

       Schlegel tiene una consciencia profunda de lo que el fragmento inaugura tanto para la poesía como para la filosofía; aspectos que tratará en sus obras, pero que se manifiestan temprano en sus Fragmentos críticos de 1797. En ellos diserta sobre cuestiones capitales para el pensamiento crítico del XIX. La exposición de los temas que aborda y su análisis puntilloso es tema de un libro, pero es interesante mencionar cuestiones sustanciales, por ejemplo, la idea de que la poesía y la filosofía están unidas: “La historia de la poesía moderna en su totalidad constituye un comentario paralelo del breve texto de la filosofía: todo arte tiene que hacerse ciencia, y toda ciencia, arte; poesía y filosofía deben estar unidas.” De alguna forma, esta unión es intrínseca al carácter del fragmento que, por sus omisiones, es insinuante y genera imágenes poéticas que se yuxtaponen. Su sabiduría es construir una reflexión bordada por imágenes enigmáticas.

No por trabajar con imágenes y por inquirir a la poesía desde sus cimientos enigmáticos y analógicos, el fragmento pierde contenido crítico, por el contrario, es significativo que Schlegel se propone disertar sobre la poesía, la creación y la escritura, cuestionando el ser de lo literario en sí (no está de más anotar que es la pregunta capital del siglo XX con respecto al arte). De ahí que ofrezca fragmentos muy puntillosos con respecto a la creación. En este texto dice:

«Estas son las leyes fundamentales universalmente válidas de la comunicación literaria: 1). Hay que tener algo que comunicar; 2). Hay que tener a alguien a quien poder comunicárselo; 3). Hay que ser capaz de comunicarlo realmente, es decir, compartirlo con otra persona, y no simplemente expresarse, porque para eso mejor sería callar.»

La consciencia del lector y una prefiguración de los diversos tipos, es otra consideración de suma relevancia, pues aunque el romanticismo se caracteriza por colocar énfasis en el “genio creador”, la deferencia hacia los lectores, hacia el Otro que contempla la página, es innovadora y profunda. Dice Schlegel, prefigurando los tipos de lectores de los que nos hablará un siglo después, Umberto Eco:

«El escritor analítico observa primero al lector tal como es, luego hace sus cálculos y pone a punto la maquinaria para producir en él, el efecto deseado. El escritor sintético, en cambio, se construye y crea a un lector tal como debería ser, y no se lo figura como algo estático o inerte, sino como algo vivo y reactivo…»

En otros fragmentos, Schlegel es severo con el creador preocupado por sus lectores, pues considera que “Un autor honesto no escribe para nadie o escribe para todo el mundo. El que escribe para que lo lea tal o cual persona no merece ser leído en absoluto.” Estos debates, que se comienzan a esbozar de forma espontánea en el siglo XIX están presentes en los autores románticos que poseen una consciencia extraordinaria sobre su actividad creadora. Aunque el siglo XX invierte muchas de estas intuiciones, se trata de un germen que continúa planteando debates y ofreciendo discusiones teóricas. Lo interesante es que estas no están desligadas de la creación misma: la crítica en el Romanticismo es creación y, al mismo tiempo, reflexión filosófica.

Otro elemento que atraviesa la escritura fragmentaria es la ironía. Schlegel destina tiempo a estudiarla y también la ejecuta. Ironía y crítica son espacios que están firmemente trenzados, su destino también es creador, justamente, de ese modo romántico en el que existía un don al cual había que escuchar e intuir en una naturaleza cifrada, oscurecida o sumergida en una niebla hermosa y profunda. Principio de una noche infinita.

       Los fragmentos van en busca de su unidad desperdigada; paraíso perdido o, más bien, infierno deseado. Se trata de una escritura a la que hay que llegar por los desvíos del desarrollo; la depuración es el ámbito más complejo en el que se gesta; signos que, para poder existir, tienen que provenir de la lejanía, es decir, de la fragua, del incendio, del olvido… En el fragmento 37, Schlegel dice:

«Para poder escribir bien sobre un asunto es necesario que ya no tenga ningún interés para nosotros; aquel pensamiento que debemos expresar reflexivamente ha de ser agua pasada y no debe seguir ocupándonos…»

Más adelante añade que la escritura no es desahogo, porque si así lo fuera sería irracional y auto-destructiva (qué hermoso pensar esta paradoja al meditar en figuras como la de Gérard de Nerval que escribía atacado por la locura).

La creación es lejanía y ¿qué puede haber más lejano que la creación de un fragmento, explosión, estrella luminosa, alegre y expansiva; punto de fulgor en el manto de la noche, profunda noche, distante y bella, a punto de hacer aparecer la luna fría?