Francia 2017. He prestado juramento ante la Justicia, así que no puedo ofrecer detalles puntuales (se puede completar la historia con los no-dichos). No fue como periodista que asistí.

Estoy en el Palacio de Justicia de una mediana ciudad del Mediterráneo. El termómetro de la farmacia de la esquina marca 39 grados. Son las 13h30.

No voy a engañar al lector: no es un caso de los considerados «duros», pero está en juego la libertad de un hombre y si las cosas se ponen feas, también la integridad física de su familia.

Vine en tren, me tomó dos horas de trayecto. Durante el camino comencé a leer Viviré con su nombre, morirá con el mío, de Jorge Serprúm.

Serprúm es uno de esos autores que nunca deben desaparecer de las bibliotecas.

Ingresé a la zona donde están las células de prisión preventiva. Había siete u ocho policías recios y malhumorados.

La brutalidad del encierro es más impresionante cuando no hay ruidos, cuando es el silencio del prisionero el que trasciende las paredes. En esos momentos se advierte el poder insospechado que emana del cautiverio. Es algo así como el oxígeno cuando se convierte en carbono. Todo se llena de un moho invisible y corrosivo.

La primera vez que sentí esto fue en los pasillos de una prisión de alta seguridad. Se escuchaban murmuraciones por todas partes, y, sin embargo, nadie estaba hablando.

El tipo salió bien resguardado, parece como un oso de circo, pero extenuado.

Me tiende una mano blanda. Hubiera imaginado, viendo su porte, un apretón fuerte. Huele mal, a aliento seco y agrio, a sudor acumulado.

Cuando por fin levanta la mirada, superado el primer momento de humillación que representa salir escoltado de una celda, sus ojos, contra lo que me esperaba, me ven con dureza.

Entre las dos partes, casi siempre, ese primer «contacto», busca ser empático.

Me mira como rencoroso (probablemente con cierto desprecio). «Este es de los que no asume lo que hace», pienso.  Constato que la mirada que le renvío atiza su ira.

Es momento de tomar distancia. «Si sigo en esta vía», me digo, «voy a terminar tomando una posición en su contra». «Debo ser neutral», me repito.

Expone su situación, sin claridad, arrebatado por la furia. Le pido que reformule lo que ha dicho y se molesta. Me enojo a la vez. Le hablo fuerte. Mi neutralidad se tambalea. Estoy consciente de que he cambiado el tono, que entré en otro repertorio. Observo el triste espectáculo de ver en él un hombre retrotrayéndose, y de mí, convirtiéndome, por unos segundos, en algo que no soy. Me siento avergonzado.

Vamos a un descanso. Compro un café, sigo leyendo a Serprúm. Reflexiono en lo frágiles que somos los seres humanos. En cualquier momento nos podemos saltar de bando. Hay que estar siempre alerta. «Debo mantener la neutralidad, ser profesional», me digo.

 

«¿Ya tomó su café? Regresamos»

Tras unos cinco minutos en los que ha expuesto su caso en las líneas generales, me doy cuenta que todos los demás sentimos algo parecido frente a él. Pero ellos están más preparados que yo para esto. La veo a ella, la más experimentada, con muy buena «fama», que se echa para atrás. Se está «limpiando», quitándose los prejuicios. Lo escucha y lo mira de reojo mientras revisa el expediente.

«Agua», exige el hombre. Ella le trae un vaso. El imputado apenas agradece. Atrás, siento la mirada socarrona de dos policías. Comienza el interrogatorio, la esgrima dialéctica. Leo su expediente, las preguntas, me concentro. Lo miro a los ojos y por fin, un destello diferente en su mirada, aunque, quiere ponerse «directivo» conmigo. Sin brusquedad, le hago saber que no está en esa posición. Tiene mucho ego. Eso lo traiciona, es un peón con soberbia.

Las preguntas lo doblegan. Está en un callejón sin salida; se le propone una alternativa judicial. Prefiere la cárcel. «Es para proteger a mi familia. Si hablo, la borran del mapa». Llora. Su hoja de antecedentes está virgen, eso le ayuda. Pero, le caerá cuanto menos un año de cárcel, a menos que…

Se aferra a argumentos que no sirven para nada a su causa. El centro del problema es otro; de paso, en su declaración, revela un sistema más complejo del que se había sospechado.

«Alguien lo delató», pienso, alguien que, en este justo momento, en alguna otra ciudad, aquí o en otro país, está en una situación similar. Entregó a un peón para ganarse algunos meses. No dudo que él vaya a hacer lo mismo, no hoy, quizá mañana, o pasado mañana.

Los oficiales se burlan. «Esta tarde descubrirás qué es la cárcel».

«No estás obligado a contarle a nadie porqué te encierran», se ríen. Todavía no lo cree. Se agarra la cabeza. Solloza. ¿Es arrepentimiento? En alguna parte sí lo es. «Seguramente otros presos ya saben porqué vienes, que no te extrañe», suelta otro.

Ya no mira con furor. La celda en la que ha estado, en comparación a lo que le espera, es una suite de hotel. Regresa el eterno tema de volver el tiempo hacia atrás. Imposible. Me busca. Quiere una mano. Necesita unas palabras de reconforte para afrontar la absoluta soledad que se le avecina. Pide ayuda como quien pide un préstamo, que no va a pagar. Me limito con un: «adiós, suerte».

Me acomodo en el fondo del vagón. Abro nuevamente el libro de Serprúm. Leo un extracto, de nazis desquiciados jugando con la vida de los prisioneros de Buchenwald. «Nadie está exento», pienso, «de cruzar la frontera entre el poder de condenar al placer de condenar».

 

 

Escrito por José Manuel Torres Funes

Periodista y escritor hondureño (1979) residente en Marsella, Francia desde 2010. Es autor del libro de relatos "Desfiladero" (Tegucigalpa: 2003), de la investigación periodística "El Libro Azul de Casa Alianza (Tegucigalpa: 2006), "El dolor de la ausencia" (Tegucigalpa: 2007), compendio de 12 testimonios de familiares de víctimas asesinadas de manera sumaria, participó como ensayista en "La otra tradición, un encuentro con el arte contemporáneo en Honduras 2000-2010" (San Salvador: 2010), formó parte de la antología de Sergio Ramírez "Un espejo roto", selección de autores jóvenes de América Central (Tegucigalpa: 2014) y recientemente publicó "Esta tarde vi llover" (Marsella: 2017), que son dos relatos largos. También ha colaborado en diferentes investigaciones periodísticas en Honduras, especializadas en temas de ciudadanía, política, poder y democracia.