Hay días en los que el peso de todas aquellas nimiedades pseudo fantasmas pero siempre presentes parece caer sobre mis hombros en una especie de ataque sorpresivo. No es como si aparecieran de la nada, no. Se encuentran constantemente circulando por las periferias de mi cabeza, como esa canción pegajosa en la radio que te descubrís cantando contra tu voluntad en los momentos más inesperados. Es, precisamente, gracias a esta vigilancia sin descanso como saben el instante más oportuno para realizar su embestida, ese segundo en el que bajé la guardia para oír el crujido de las hojas caídas en otoño. Y una vez que han arremetido, ya no hay vuelta atrás: es imposible volver a domar la consciencia a su estado de inmovilidad estática y dopada que me permitía continuar como si nada.

Ya pasaron muchos años desde aquel primer ataque que lo inició todo y desde entonces me dediqué a una búsqueda exhaustiva de opciones que me permitieran, si no domarlas, por lo menos tolerarlas. Probé con ofrecerles un mate amargo y bizcochuelo de vainilla, de ese cuyo aroma parece impregnar todos los rincones de la casa y momentáneamente borrar cualquier problema imaginable. Otro día les compartí el recuerdo de mi abuela, con sus chales tibios, ruleros envolventes y caricias reparadoras. También quise escribirles un cuento en donde ellas fueran protagonistas de una historia coloreada con verbos y aromatizada con adjetivos. Pero no hubo caso: seguíamos sin alcanzar una tregua.

Ya sin casi esperanzas, tomé la decisión de ser yo la que abandonara el campo de batalla. Con los pocos ahorros que me quedaban (recopilaciones de regalos de cumpleaños antiguos y Navidades olvidadas), conseguí una camioneta para irme sin rumbo en una aventura que aún estaba por descubrir. Y, en un último intento desesperado de alcanzar una amistad conmigo misma, invité a estas trivialidades (no tan triviales) a subirse y dar una vuelta conmigo. Sorpresivamente, contestaron que sí y saltaron al asiento trasero con esa naturalidad total de un amigo que te conoce mejor que vos mismo. Y yo, sin cuestionar su tan repentina amabilidad, arranqué el motor para llevarlas a pasear por la ciudad interior de mi mente.

Y fue así como, lo que en su momento fueron ataques violentos que asaltaban cada recoveco de mi ser, ahora son oportunidades de aventura en donde deambulo sin sentido con estas (no) nimiedades que tanto me aterrorizaron. Son ellas las que me ceban unos amargos mientras charlamos de todo y nada; sobre mi abuela y sus ruleros, sobre el color del cielo a las seis de la tarde, sobre el pulóver amarillo que me compré la semana pasada. Ahora espero con ansias su próxima visita, y apenas las siento aproximarse, salgo corriendo a buscar las llaves para poner el motor de la camioneta en marcha, ansiosa por contarles el próximo cuento que voy a escribir sobre ellas.

 

Escrito por Lucía Juan

Córdoba, 1997 – Estudiante de literatura – (Futura) traductora y escritora.