Siempre es complejo definir desde dónde posicionarse, desde qué lugar nos sentaremos a observar el texto que deseamos reseñar. Las opciones son variadas y, dado esto, se complejiza la toma de decisiones. Porque, en algún sentido, no es sólo que existan infinidad de puntos de vista. Un texto es un regalo, es una entrega al mundo, más allá de si logra o no visibilizarse/publicarse. Es arrancar algo de lo humano que tenemos, quizás lo único a estas alturas, y lanzarlo por los aires, lleno de amor, con la posibilidad de que a algún/a afortunado/a le caiga en la cabeza.

Por tanto, no es trivial decidir el lugar desde donde te posicionarás como lector/a. Porque la configuración de cada texto es única e irrepetible, más allá de los recursos narrativos o los temas que trate. Frente a la delicadeza de la elaboración del texto que te cayó sobre la cabeza —y si tienes suerte, te habrá noqueado—, me parece relevante que haya un contrapunto, un espejeo con lo que te queda de humanidad en términos lectores, para poder entregar de vuelta los detalles de esta colisión.

Así doy pie a la reseña de «El Otro Tiempo», la primera novela de la escritora chilena Daniela Acosta (Santiago, 1982), editada por La Calabaza del Diablo, el año 2016. ¿De qué se trata, en una primera mirada? La protagonista —cuyo nombre no aparece mencionado— le escribe e-mails a su amiga Ana desde Buenos Aires, lugar donde se erradicará alrededor de veinte meses. Correos electrónicos que nunca vemos que sean respondidos. Sólo tenemos la noción de respuesta dados por los correos de la innombrada. No importa cuál es el objetivo de viajar a Buenos Aires, a qué va para allá. Ella nos va mostrando, a través de estas cartas/correos, su devenir en Buenos Aires, sus trabajos de medio tiempo, sus paseos por parques y almacenes, sus reflexiones respecto a cosas banales y profundas, quedando ambas imbricadas y, de pronto, sin darte cuenta, te toma de la mano entre el rocoto y el repollo morado chico y te lleva directo a su intimidad.

Ahora bien, ¿desde dónde podemos abordar el texto? Juguemos un poco. Pensemos, por ejemplo, en un personaje sociológico que mira el mundo desde una perspectiva metodológicamente cuantitativa. Que analiza todo en dimensiones, subdimensiones, indicadores, conceptualizaciones, operacionalizaciones. Lo único que vería al hojearlo rápidamente son correos electrónicos. Abriría SPSS e iría llenando la base de datos. Luego nos diría que, después del análisis descriptivo realizado, nos puede informar que la protagonista escribió 65 e-mails. Que éstos se concentraban, como primera mayoría, los días martes en la tarde (46,3%) y jueves en la tarde (19,5%). Diría también que le llama la atención que más de la mitad de los correos (53,8%) fueron enviados en un horario terminado con el número 7. Y, más aún, que un cuarto de la muestra está compuesta por las 19:47 (15,4%) y las 20:47 (10,8%). Que justo en esa franja horaria de una hora (19:47 a 20:47) se concentra el 25% de los correos electrónicos enviados por la protagonista. Que nunca aparece un/a otro/a que responda. Que una hipótesis plausible es que ella usó el programa «Streak» de Gmail, para que los correos se enviaran automáticamente. Que el programa falló, los correos dejaron de enviarse y por eso Ana dejó de responderle. O es eso o no entiende nada.

En este fragmento —caricaturescamente cuantitativo— queda en evidencia la importancia del posicionamiento de la mirada lectora. Lo que para este sujeto resulta obvio oscurece, o más bien obstaculiza la posibilidad de develar otros sentidos. No es sólo que entregue una interpretación de esta realidad que decodificó, sino más bien que, a través de sus ojos, ése es el único sentido posible. Este sujeto no está viendo, por ejemplo, que la protagonista podría tener un ritual diario de sentarse en la computadora después que llega del trabajo, y que esa franja horaria es el único espacio íntimo que le queda en su día a día. Su perspectiva cierra el camino a otras potenciales lecturas.

Revolvamos nuevamente el cajón de los lentes. Busquemos otra mirada. Podríamos pensarnos, más bien, como un/a lector/a médico/a. Posar el libro sobre la mesa de operaciones y, delicadamente, abrirle la panza. Saltarían todas las hojas en caótico y bello desorden, y luego podríamos cortar y pegar, decantar y analizar desde diferentes perspectivas. ¿Cuál será el escalpelo más adecuado? Me atrevería a recurrir al epígrafe, carta de presentación del texto. «Sólo sé ser íntima en todas las circunstancias: por eso, soy muy callada», Clarice Lispector. Ahora hundamos el escalpelo más profundo. No basta con tomar la frase «ser íntima» para decir lo que se nos ocurra, ¿no? Sólo dedicarnos a hablar generalidades de la intimidad. Porque si lo hacemos de esa forma, nos estaremos perdiendo la posibilidad de ahondar en el núcleo mismo del texto, donde radica su potencia, su fuerza y su creatividad transformadora.

Ahora bien, ¿de dónde surge este fragmento? Es un extracto del relato «Tempestad de Almas», de Clarice Lispector. De entrada, te da con un mazo en la cabeza: «Ah, de haberlo sabido no nacía, ah, de haberlo sabido no nacía. La locura es pariente de la más cruel sensatez. Engullo la locura porque me alucina serenamente». Nos encontramos con una narradora que, a partir de la corriente de la conciencia, se mueve en un espacio reducido; digamos, el living de su casa. O eso pareciera. A partir de esta tempestad interna, con una prosa que surge desde lo profundo, la narradora nos va guiando hacia lo más íntimo de su espíritu, entremezclándose ésta, su voz, con lo tangible. Pasa de la locura de la existencia a hablar de la belleza de la silla estilo imperio que tiene en la habitación, del tocadiscos roto a la importancia de la música para la condición humana y el futuro de la humanidad devastado por la tecnología, de las flores en el jarrón a la verdad inmanente encerrada en el inconsciente. Pero es esa otra voz la que nos conecta inmediatamente con su «sólo sé ser íntima», desde la primera palabra. Lispector da el pie de entrada desde el soliloquio omnipotente, te mete de lleno en el lenguaje sin siquiera preguntarte, sigues esta corriente viendo asientos de paño rojo y flores amarillas y bellas una tarde de domingo.

Daniela Acosta logra, de igual forma, desgranar la realidad, rascar la pintura de la puerta, indagar en las profundidades de la intimidad. Pero lo hace en un sentido inverso, en términos temporales. Acosta nos engaña. En una primera mirada, nos muestra a una hablante rosada, que pareciera flotar entre parques y verduras, entre locales y fiestas, como si transcurriera sin más, entre fernet y besos mojados, entre barbas y jugos rojos que no calman la sed. Cuando crees haber descifrado el texto, cuando lees por encima los primeros correos, como si caminaras por la calle con las manos en los bolsillos, con delicadeza te encuentras, sin previo aviso, de cabeza en la piscina que frecuenta la protagonista. Sin darte cuenta, te ves inmersa en lo insondable, pensando que esto se trataba de otra cosa:

Agarro el metal y mis brazos se tensan, el agua resbala tibia por mi cuerpo (…) la respiración se agita hasta que sientes el cuerpo como una máquina, ya no piensas en tomar aire, tu cuerpo lo hace solo, te deslizas por el agua en una especie de mantra. Se desarrolla la técnica, se afinan los movimientos, como una orquesta a punto, un trabajo de todos los músculos para moverse como otro animal, uno del agua (…) Me cautiva esa belleza sin propósito lógico.

Si volvemos a hacer zoom en el texto de Lispector, nos encontramos con este párrafo: «Marlí de Oliveira, no te escribo cartas porque sólo sé ser íntima. Además, sólo sé ser íntima en todas las circunstancias, por eso soy muy callada». En este sentido, una interpretación posible del texto de Acosta, en cuanto a la relación de la protagonista con su amiga Ana, es que en realidad es un juego, un espejeo entre la narradora del texto de Lispector (quien vendría siendo Ana) y la protagonista innombrada de Acosta. Dos extremos que dan cuenta de lo mismo. Esta última que escribe a partir de lo cotidiano para internarse en lo profundo, y la otra Ana Lispecteriana, de quién no sabemos a ciencia cierta cuál es su conexión con el mundo. Sólo sabemos que es un ir y venir, una conexión y desconexión constante.

En cuanto a la protagonista de la novela de Acosta, me parece interesante cómo se va delineando a lo largo del texto. Cómo el personaje se va rearmando, estando lejos, rompiendo vínculos variados, para reconstruirse. Sin histeriqueos, como diría en algún correo por ahí. Porque lo interesante es el cariz difuminado que le otorga. No es necesario que nos cuente que está en una crisis (señala en un correo que bordea los veintisiempre-casi-a-punto-de-los-treinta). O el hecho de que nunca nos enteremos de su nombre. Si, porque no tenemos acceso a las cartas de Ana, ok. Pero, ¿por qué cuando tiene la oportunidad de develar el nombre, no lo hace? «En cambio tengo este nombre que denota ternura, sumisión (…) ¿Puedo ser yo misma si no elijo mi nombre?».

De algún modo, en el periplo que recorre la innombrada a través de las 106 páginas de la novela, nos encontramos con las evidencias de su viaje interno. No se observan dificultades significativas en lo cotidiano, en lo concreto del viaje a Buenos Aires, sino en el reconstruirse desde el fondo. En la voz de la protagonista, éste sería el comienzo de la aventura:

No conozco a nadie y nadie me conoce. Soy un mundo anónimo para todos y ellos en conjunto para mí. Y en cierta forma podría decir que es liberador (…) Tal vez es el comienzo, el empezar de nuevo, el reconocerme en mí y no en la mirada de los otros, el enfrentarme al mundo absolutamente sola. Sin ti, sin amigos, sin familia, sin hermano ni abuela, sin historias ni amores. Sin lenguaje. Andar por la calle sabiéndome de otro lugar, con una identidad oculta, tal vez distinta, tal vez no tanto, mirar las cosas, las personas, los árboles.

En ese sentido, resulta interesante el planteamiento de la construcción del personaje a partir de esta forma difuminada, sin tener detalles específicos respecto a su vida. No importan los porqués y los cuándos. Sólo importa el hueco, la herida que dejaron. En este universo nos encontramos con los resabios de la vida anterior. Cómo constituyeron todo lo conocido, cómo quedó esa vivencia plasmada en lo interno:

Lo amaría como amé al que tuve enfrente, como amé cada parte de su cuerpo, como amé cuando reía y cuando cerraba los ojos, como amé cuando acababa y su mueca de placer/dolor me parecía lo más bello que había visto en mi vida.

De lo que habla la novela, finalmente, es de esa crisis y reconstrucción vital a partir de una reconstrucción interna de lo íntimo. Sin aspavientos. Desde dónde es posible reconstruirse. Cómo llegar al fondo del lenguaje, a las capas más hondas de lo humano, de lo que te hace humano. ¿Qué será eso? Diría que, por una parte, el derecho a la intimidad. El derecho a descubrirte en ella. Uno de los puntos de quiebre dentro del texto —y la escena más triste, me atrevería a aseverar— es cuando la madre se burla de las «letritas para otros» de la protagonista:

Ahora, la mala suerte vino cuando mi mamá encontró el cuaderno donde estaba su carta y el borrador de la mía. Era un cuaderno que yo guardaba debajo de mi almohada, donde tenía pedacitos de tesoros, basuritas lindas que me conquistaban en medio de todo ese barro que fue mi infancia con esa mujer. Ella agarró el cuaderno, yo quise quitárselo, pero no pude. Al ver cuánto deseaba tenerlo, lo empezó a leer, hasta que encontró mi borrador y lo leyó. Lo leyó en voz alta, mirándome y riendo, mientras yo lloraba y pensaba en las cosas que había puesto y que en ningún caso eran para ella, nunca ninguno de esos sentimientos iría hacia ella. Siguió leyendo hasta el final y me tiró el cuaderno diciéndome que no hiciera tanto escándalo. Ahí aprendí a guardar con mayor cuidado mis pequeñas intimidades, mis letritas para otros.

En esta reconexión con lo íntimo lo que está en juego es, en definitiva, la dignidad. A partir de este punto de quiebre, vemos que cambia la dinámica de la relación con esa otra que recepciona las cartas. Se produce un cambio en el personaje principal. Pasa de tener una actitud insistente hacia esa otra, de quien espera respuestas, a un hablarse a sí misma, afirmando que seguirá en la búsqueda, a pesar de todo y todos y todas:

Si no me escribes de vuelta, dejaré de hacerlo también. No, mentira. Lo haré siempre. Te lo prometí, ¿te acuerdas? Me prometí a mí misma esta insistencia (…) No me importa si no te gusta lo que escribo. No me importa siquiera si sigues leyendo estos mails. Voy a seguir escribiendo. Voy a seguir escribiéndote.

De esta forma, va emergiendo el conflicto que la agobia, las sombras que atraviesan los espejos. Y esto, en parte, obedece a la búsqueda de conexión con otros/as. Cómo lidiar con las fragilidades, las lejanías/cercanías, las confianzas. Como si la primera etapa de reconocerse en un yo hubiese dado paso a una segunda, de reconexión con los demás:

Sólo siento que nunca volveré a tener la conexión que tuve con ciertas personas. Los intentos por acercarme, por establecer vínculos, no me resultan. Digamos que tú misma eres un gran ejemplo de mi soledad en este mundo. Y pienso: ¿volveré a usar la segunda persona del plural un día o eso ya fue para mí? (…) Veo que te vas de paseo o sales con gente, pero no me cuentas nada hace meses. ¿De verdad no vas a hablarme más? Ya vuelvo y te buscaré, te lo advierto. No sé si lo busque a él”.

Y justamente es aquí donde vuelven a encontrarse los textos de Acosta y Lispector. Porque esa conexión que la protagonista de la novela de Acosta busca, se encuentra en algo más grande que ella y los demás, como evidencia en esta hermosa imagen:

Cuando se va el mar de la roca y pretendes domesticarla con la mirada, pero viene otra ola y ya nada es tuyo ni lo será. Algo más grande está sobre los objetos. Algo más grande está sobre mí.

Es entender que la búsqueda trasciende lo mundano, y se interna en la intimidad misma, en el inconsciente. Es como salir al encuentro de la flor azul de Novalis. A decir de la poeta Olga Orozco, «flor cruel, flor vampira, más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro, y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en el umbral/Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pie, abismos hacia adentro/Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba».

Pareciera ser que la innombrada Acostaniana y la Ana Lispecteriana también se inclinaban para cortar la flor, abismos hacia adentro. Pero con mejores resultados que la figura poética de Orozco. Pues ambas protagonistas coinciden en este encuentro final de la búsqueda iniciada. En el caso de Lispector, la protagonista afirma que «la verdad es el residuo final de todas las cosas, y en mi inconsciente está la verdad que es idéntica a la del mundo. La Luna está, como diría Paul Eluard, éclatante de silence» . Y en el caso de Acosta, renueva el vínculo con esa otra, con ella misma, fundiéndose ambas, armando y rearmando esta identidad a través de la conexión total:

Ya no me importa que no me escribas. Somos parte del amor universal. Un manto nos protege. Estemos o no juntas. Hablemos o no. Amor, amora mía, ya nada importa. Vuelvo a Santiago muy pronto y el amor universal nos envuelve (…) Vuelvo y te quiero a ti. Vuelvo y sé que las cosas estarán bien, que seré, que seremos unos caballos salvajes.

Así, finalmente, se encuentra, se encuentran, nos encontramos en este otro tiempo, en este devenir calmo, en este hallarse desde adentro, bien adentro, en el espejo que no se triza, en el caballo que yace en el descampado, en la búsqueda prolífica de la animalidad adormecida, que Acosta ha despertado a punta de intimidad sutil, pero efectiva. Muy efectiva.

 

Escrito por Constanza Anabalón Tohá

Constanza Anabalón Tohá (Santiago, 4 de Septiembre de 1987). Estudió Sociología en la Universidad Católica de Chile. El 2015 contribuyó al libro "Corazones Corruptos", desarrollado en el marco del Laboratorio de Escritura de las Américas (LEA). Obtuvo la beca de creación literaria del Fondo del Libro y la Lectura 2016. Caja de Resonancia es su primera novela.