Es jueves por la mañana y brilla el sol. Me he subido el café al estudio y me siento frente al ordenador dispuesta a escribir mi primer relato para una revista. Abro un archivo en blanco. Un relato para una revista: me van a leer. Doy un sorbo al café. ¿Me van a leer? Vamos a ver: un personaje, sí, puedo empezar por describir un personaje. Otro sorbo. Una señora mayor, con una trenza larga y blanca. Y un perro chillón. Un perro ciego y chillón. ¿Una bruja? Una señora mayor que ha envenenado al marido para… Espera, suena a venganza personal. Vale, no. Otro sorbo. Mejor una niña que descubre su excitación sexual con su oso de peluche. Es bajita y zurda. Se cortó el pelo a trasquilones y su madre, al intentar arreglarlo, le ha dejado el pelo a lo garçon. La niña -Olga, Rosa, Nina…- se adueña de su placer y seduce a toda la comunidad de juguetes de su cuarto: al perro que da volteretas, al pez que canta Don´t worry, be happy, al Pinocho que eleva sus miembros de madera cuando le tira de la cuerda que tiene entre las piernas… Luego sale a jugar al patio de la comunidad y entonces… ¿Qué? ¿Va a ser una Lolita? ¿Otra Lolita? ¿Qué tal un personaje masculino para variar? Venga pues un chaval, un chaval sensible. Le acosan en el instituto, claro, muy obvio… Pelirrojo y con gafas ya de paso, si quieres, para bordar el tópico. Un sorbo más. Pues un chaval sensible al que no molesta nadie en el instituto. Es alto y silba. Lleva una camiseta que su hermana pequeña estampó para su cumpleaños. Hizo un dibujo de la familia con ceras y témperas, pero la lavadora emborronó los colores y ahora parece… Bueno, se parece bastante más a su familia, o eso piensa él. Releo, releo sin prestar atención. ¿Cómo es posible que mi cerebro descifre cada letra, cada sintagma y oración y sin embargo, al terminar el párrafo, me dé cuenta de que no he procesado nada? Venga, otra vez: Damián es un chaval sensible… ¡No! In media res mejor. Claro, claro, in media res engancha más, lo decía aquel artículo de recetas para guisar cuentos. Se acaba de sacar el carnet y conduce por primera vez, con su padre al lado. Ya lo veo venir: el asunto de merecer el orgullo del padre, hacerse digno a sus ojos, blablablá… ¿Quién no ha leído ya esa historia? Joder, una basura masticada y vomitada a lo largo de los siglos. Estoy a punto de borrar todo cuando alguien abre la puerta de golpe y entra en el estudio. No sé quién es.

-¿Quién eres?

-Perséfone ¿y tú?

-¿Yo?

-No, mi madre. Aunque, bueno, es cierto que mi madre también soy yo. Demeter, ¿te suena? Es algo que nos pasa a las deidades: la madre es la hija, el padre es el marido. Los misterios divinos. Muy confuso para una simple mortal, ¿no?

-Entonces… eres una diosa -ella se da la vuelta y me muestra el lema bordado en su chupa de cuero. Lo señala com ambos pulgares mientras leo-. Hell´s Goddess. ¿La diosa de infierno?

-Exacto.

-Y has venido a… ¿Llevarme? -se ríe. De mí, supongo.

-No, criatura, tú ya estás en él.

Perséfone me ha indicado por gestos que me levante de mi silla y ahora está sentada en ella leyendo la pantalla de mi portátil. Se recuesta y se termina mi café.

-Vamos a ver, mujer, ¿qué pasa?

-¿A parte del hecho de que la diosa del infierno se acaba de meter en mi estudio? Pues, supongo que debo de estar un poco trastornada.

Perséfone ahora está sentada en el alféizar de la ventana, de espaldas al mundo, fumando una especie de puro aromático. Me lo tiende y lo rechazo. Aviva la lumbre aspirando varias caladas cortas y se sube a mi mesa. De pie. Lleva un vestido de gasa y botas militares. Entonces escribe en el trozo de pared que hay encima de mi ventana: VOLVÍ Y VOLVERÉ. Y se tira. Tardo unos segundos en acercarme y asomarme con cuidado al vacío. No está. Me siento de nuevo y me froto la cara. Debo de estar fatal, con alucinaciones y todo. Trato de centrarme: Damián conduce por primera vez. Damián está conduciendo. Damián acaba de sacarse el carnet. Su padre ocupa el asiento del copiloto. Su padre le ha dejado el coche, pero le acompaña. Es un hombre distante y autoritario. O frío y rotundo. ¿Frío? Damián, Damián es un chaval sensible y su padre, no…

-¡Show, don´t tell! -ella otra vez.

-¡Ay! Jolín, qué susto. Oye, ¿por qué hablas en inglés si eres una diosa griega?

-Si no quieres que tu relato sea una basura masticada, no la mastiques.

-Mira, ya tengo bastante con mis propios juicios como para que…

-No.

-No ¿qué?

-Que no tienes bastante.

-Entonces has venido a rematarme en el infierno en el que dices que estoy, ¿o qué?

-Más o menos. Mira, compañera -de algún modo que no comprendo ha abierto una botella de vino y le da un trago antes de ofrecérmela. Esta vez sí acepto y bebo-. Te voy a contar un poco cómo funciona el asunto: yo era una muchacha divina de brazos blancos que vivía con mi madre. Un poco apartadas las dos, mi madre es así, una salvaje de la naturaleza. Pues, para un día que me pude ir con mis amigas a por flores, ya me entiendes, y que ella no me vigilaba, va el cabrón de Hades y me rapta. Sí. Le gusté, abrió una grieta en la tierra y ¡hala! Al infierno. Mi madre destrozada y todo eso, dejó morir las plantas de pena, rabia o por descuido; que la tipa me andaba buscando por todas partes y no había manera… Bueno, te resumo el final porque el resto te lo puedes leer en la wikipedia. El caso es que logró pactar con Hades que me quedara un tiempo con cada uno: cuando estaba con mi madre, el campo florecía, reverdecían los pastos y engordaban los frutos; cuando volvía al infierno, se secaba la hierba, caían las hojas y se pudrían en el suelo frío. ¿Lo pillas?

-¿Las estaciones?

-¡Brava! -brinda chocando mi botella contra otra en su mano que acaba de aparecer.

-Ya, y eso tiene que ver conmigo porque…

-Escribe. Damián va conduciendo con su padre y ¿qué pasa?

-Es que…

-Lo que empieza por “es que” son excusas. Escribe.

-Damián va conduciendo con su padre. Circulan por un camino de tierra a las afueras del pueblo. Cuando cambia de marcha, su padre carraspea y mira por la ventana.

-Bien, sigue.

-Entonces Damián vuelve a cambiar a la marcha anterior.

-Sí, con eso ya empezamos a entender quién es Damián y qué le pasa con su padre. ¿Qué más?

-Damián aprovecha un stop para encender la radio. Su padre baja el volumen.

-Venga, ¡dame más!

-El joven mira sus pies durante un segundo y el hombre le reprende “mira a la carretera, ¿no ves que no viene nadie?”. Entonces él acelera, pero no ha soltado el embrague, así que el coche se revoluciona y termina por salir propulsado hacia delante. El padre se agarra al asa del lateral y Damián se siente poderoso. Busca el botón de la ventanilla y baja el cristal para sentir el viento. Su placer aumenta en paralelo a la velocidad. Mete cuarta y sube la música. So payaso, de Extremoduro.

-¡Oh, sí! ¡Está en la gloria!

-¡Sí!

-Ahora túmbalo.

-¿Qué?

-Que lo hagas caer de nuevo. No pensarías que iba a ser tan fácil.

-Vale, a ver… Suena un golpe. Siente un bache. “Frena”, le dice el padre. “¡Que frenes!”. Damián para el vehículo en seco. Nota el tirón del cinturón de seguridad sobre el dibujo de su familia en el pecho. Y mira por el retrovisor. Su padre apaga la radio y sale del coche. Lo ve alejarse y agacharse al lado de un bulto. Damián tira del freno de mano y deja en él la huella líquida de su miedo. El coche se cala. Sale y camina despacio sobre la tierra que cruje. Su padre ya se ha levantado y camina de vuelta. “Un conejo”, le dice sin cruzar su mirada. Damián llega a la altura del pequeño cadáver y se arrodilla.

-¿Dónde está?

-En un camino, entre dehesas.

-No, dónde está Damián.

-Al lado del conejo.

-Por todas las diosas del Olimpo, criatura, ¡¿a dónde demonios ha llegado tu personaje?!

-¿Al infierno?

-Claro, es un asesino contra su voluntad. Le ha vencido el ansia de superar a su padre, iba ciego de ego. Al infierno le encanta eso, está ahí esperando a que caigamos en la grieta. La violencia que recibía este chaval, Damián, le ha atravesado, impregnado y llevado a matar a otro ser vivo. Ha llegado al fondo, a lo que evitaba, a lo que no quería para sí: su propia sombra.

-Ya, pobre.

-¿Cómo que pobre? Es justo lo que necesitaba: llegar al fondo para rebotar. Él no había tenido bastante, igual que tú, alma de cántaro. Le hacía falta un buen sopapo, una crisis, un invierno cruel que le sacudiera esas quejas perpetuas. ¿Qué coño quiere este chaval?

-Ser libre, supongo.

-Pues cuéntame qué hace para conseguirlo. Porque del infierno se vuelve, te lo digo yo que soy la diosa de la muerte y la resurrección. A Madonna se lo tengo muy dicho.

-¿A Madonna?

-Sí, y a más de un profe de secundaria. También a las madres y a los padres primerizos, que aprendan de sus bebés que se enrabietan y sufren con todo su ser, para luego volver a la risa o a dormirse como troncos. Con los adolescentes es más chungo, porque no escuchan, se creen que lo suyo es lo más terrible del mundo. Ni que fuera eterno… Lo que pasa es que los mortales os atascáis ahí, en un punto intermedio, como cayendo pero sin dejaros caer… Y perdéis la referencia espacio-temporal. Os eclipsa el pánico de lo absoluto. Seguís alimentando el yo-yo-yo, fatal-fatal-fatal. ¡Pero la clave es quemar el maldito ego! Dejarse caer del todo, pudrirse para renacer, abandonar la farsa para no tener nada más que perder, quemarse para volar como el humo, hundirse para…

-Vale, que ya lo he pillado.

-Pues venga, escribe.

-Damián. Damián llega a la altura del pequeño cadáver y se arrodilla. Una lágrima crea un minúsculo pozo al caer sobre el pelaje. Suena el motor del coche. Él palpa el cuerpo aún tibio del animal. Tiene la sensación de que aún podría levantarse y echar a correr. Acaricia las orejas, las envuelve con una mano y tira suavemente hacia arriba. Con la otra sostiene el peso de su víctima y toma una decisión.

-Vamos Damián, eso es, hazte cargo chaval. ¡Dale una lección al viejo! ¿Qué digo? El viejo ya no te importa. El viejo eres tú, y eres el conejo. Eres tu infierno y tu cielo, tu madre amorosa y tu depravado secuestrador.

-Calla, calla, que ya lo tengo. El padre aparca en la puerta de casa, pero no sube. No suele hacerlo sin antes pasar por el bar. ¿Muy tópico rancio?

-Puede. Prueba.

-El padre aparca en la puerta de casa, pero no sube. Mejor. Damián sabe que no hay nadie en ella. Su madre se fue hace treinta y siete días y su hermana pequeña está en clase de judo. Entra directo a la cocina. La casa está oscura y fresca. Coloca al animal en el fregadero y pone música. Lo desangra y despelleja mientras suena Nothing else matters. Su solemnidad se interrumpe con la torpeza de sus maniobras que obedecen sin remilgos las indicaciones de un manual de internet. Sonríe entre sollozos, se apropia del absurdo. Al dibujo de su camiseta se suman ahora lágrimas y gotas de sangre seca. Para cuando su padre aparece con la niña, aún en kimono, la mesa está puesta. Damián espera sentado en una silla que lleva libre más de un mes. Y el aroma que desprende el horno tiñe de hogar cada hueco vacío de la casa, y de la familia.

Perséfone apaga un puro en la suela de su bota y me aplaude.

-Tampoco es para tanto.

-Calla y aplaude, boba. Déjate sentir también aquí arriba, en el Olimpo. Permítete habitar el cielo, mujer.

Así que me aplaudo. Espanto mi vergüenza con palmadas. Algo se me rompe dentro y me río. Busco su mirada cómplice pero ya no está. Solo quedan sus palabras escritas con brasas y azufre.

Escrito por Lucía Marín

Lucía Marín brotó en Granada en 1985, creció en Madrid y ahora da frutos en un pequeño pueblo de La Vera (Cáceres, España). Escribe palabras desde 1989 aunque prefiere, por el momento, evitar definirse como escritora: le aprietan las etiquetas. Ha publicado "No somos flores", 2017 (Ed Nazarí).