Brenda Lozano (Ciudad de México). Es narradora, ensayista y editora. Estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y es maestra por la Universidad de Nueva York. Ha tenido residencias de escritura en Estados Unidos, Europa y América del Sur y ha sido antologada en diversas ocasiones. Edita la sección de narrativa, dedicada a traducir textos de español a inglés, en la revista literaria MAKE de Chicago y es parte de Señal de la Ugly Duckling Presse de Nueva York. Es autora de las novelas Todo nada (Tusquets, 2009), Cuaderno ideal (Alfaguara, 2014) y próximamente aparecerá Cómo piensan las piedras (Alfaguara), una colección de cuentos. En 2015 fue reconocida por el Conaculta, Hay Festival y el Consejo Británico como una de las escritoras menores de 40 años más importantes de su país.

Comenzaste publicando en la antología México 20 y eres, quizá junto a Valeria Luiselli, Laia Jufresa y Daniel Saldaña París, una de las escritoras que más reconocimiento internacional ha alcanzado a partir de ahí. ¿Qué supuso esta publicación para ti, y cómo ves en la actualidad el desarrollo de ese conjunto tan heterogéneo de autores?

En realidad esta no fue mi primera publicación, pero supuso un enorme gusto y honra tenerlos de vecinos en la antología, además supuso un viaje muy divertido a Londres y al Hay Festival en Gales, justamente con Laia y Daniel.

Como pasa en las antologías, a veces toca estar, otras no. Hay varios que no están en la antología o que rebasan la edad límite de la antología que me interesan bastante. Por ejemplo, el trabajo de Gabriela Jáuregui, Rodrigo Márquez Tizano, Pablo Duarte me encanta. Leo a los escritores de mi generación, varios de los libros que han salido en los últimos años en México me gustan bastante. Los libros de los escritores de mi generación me interesan, me gustan y me siento afín a ellos. No creo, por otro lado, que haya elementos que unifiquen esos libros, y mejor pecar de abstracta sin nombrar títulos, pues es una nube en constante cambio y forma, ese es nuestro presente, que me parece brillante.

Daniel estudió en Madrid, Laia en París, Valeria y tú están desarrollando sus carreras en New York… ¿La literatura mexicana está adquiriendo una perspectiva más global en la última década?

Me parece que hay una búsqueda más abierta al mundo en muchos sentidos. Quizás eso también se inscribe en esta época en la que puedes preguntarle a Google cualquier cosa que se te ocurra y un ordenamiento de palabras genera una respuesta. No creo que sea una apertura únicamente en cuestión de lugares, sino de temas y de géneros: muchas de las novelas recientes cuestionan los géneros literarios, las líneas que dividen el ensayo y la novela, por ejemplo. ¿Cómo una novela-novela hoy? Y hablando de géneros, ¿cómo es una novela femenina? Además, me parece que la apertura es también a las artes, a otros medios.

Con el auge de Donald Trump, ¿cómo ves el futuro de los autores latinoamericanos que están residiendo y trabajando en los Estados Unidos?

Lamentablemente, parece que Trump es una época más que un auge. Una que se ha inclinado a mostrar el lado oscuro del racismo, la xenofobia, el machismo, el clasismo y una buena cantidad de estereotipos que tanto daño nos hacen como sociedad. Quizás sería mejor decir que Trump es el monstruo moderno, en la medida en la que históricamente en los monstruos hemos depositado los temores, los retrocesos y los puntos débiles del alma. Yo ahora estoy en la Ciudad de México, pero, como sabemos la relación entre Estados Unidos y México es tensa en muchos aspectos, tal vez sea la frontera más tensa del continente porque es el tránsito de Latinoamérica a Estados Unidos. Me cuesta trabajo pensar en el futuro en este sentido porque el presente tiene la incertidumbre del porvenir.

Tu primera novela, Todo nada, se articula en torno al vínculo entre un abuelo y su nieta, dos personajes, casi dos mundos muy diferentes, a los que sin embargo quisiste dar nombres muy similares. ¿Qué buscabas con este contraste generacional y con este lazo entre los dos?

En las notas que tenía antes de escribir el libro, el título era “todo y nada” como la expresión, que marcaba, según yo, dos extremos de una historia. Me acuerdo que una tarde caminaba a un Seven Eleven, pensaba, le daba vueltas al título, y de pronto se cayó la interjección como en un tropiezo, y lo recuerdo como un momento emocionante porque ese nuevo título me abrió una historia más amplia. Ese título para mí fue una primera línea, también el resumen más corto del libro que quería escribir. Dos palabras muy sencillas y extremas del español que formaban otro sentido, eso era lo que quería que fueran los personajes opuestos: un abuelo, un médico exitoso, al final de su vida, y su nieta, una joven estudiante de literatura. Todo nada también quería decir que el pasado estaba ahí, siempre presente, nadando, flotando. El vínculo entre los personajes me lo reveló la relación que hay entre esas palabras tan opuestas que al final, cuando las utilizas en el día a día, pueden ser tan exageradas que pueden querer decir lo otro. Ponerles el mismo nombre a Emilio y a Emilia Nassar era una forma de evidenciarlo, al menos en el proceso de escribirlo.

También se produce un contraste interesante entre las reflexiones de Emilia sobre sus estudios literarios, con frecuencia muy escépticas, y su observación de la forma de ser más tradicional del abuelo, a veces ruda y a veces tierna. ¿La construcción de la literatura mexicana contemporánea puede entenderse igualmente en función de esa amalgama extraña entre diacronía y sincronía, entre el sentir de las tradiciones de la familia o del barrio y el estudio de un corpus literario que vaya más allá de las fronteras espaciales y culturales de México?

Es una pregunta interesante, tiene muchas líneas, pero no sé si pueda abarcarla. Me gusta esa pareja de palabras, diacronía y sincronía, tiene algo de pareja cómica, ¿cierto? Entre las coincidencias y el transcurrir del tiempo. Creo que hay algo interesante en las complicidades que ocurren entre ambas. Por ejemplo, con un texto. Puedes leer que un hombre de negro con un paraguas en la mano cruza tal avenida, levantar la mirada y ver que un hombre de negro guarda un paraguas al entrar a la cafetería. Es un ejemplo ñoño, a mí me ha pasado de varias formas, no tan anecdóticamente obvias, pero son emocionantes este tipo de complicidades entre la ficción y la realidad.

Por otro lado creo que podemos tener una relación más cariñosa con los abuelos que con los padres, a los padres uno los cuestiona, los critica, pero con un abuelo es distinto. Hay algo en la lejanía de las generaciones anteriores que permite una mejor relación. No sé, pienso en Octavio Paz, me parece una figura problemática en el presente. Él explicaba (!), por ejemplo, el origen del mexicano desde la violación, desde la chingada. El “grab them by the pussy” de Trump pareciera el nuevo “cógelas del rabo, (chillen, putas)” de Paz. El hecho de que una hermosa novela como lo es “El libro vacío” de Josefina Vicens se haya quedado al margen de Paz, Fuentes y Rulfo, creo que dice mucho también de la época patriarcal, de esos padres. Sin embargo, en casa de los abuelos estridentistas uno encuentra más aire, más libertad.

Ya en Todo nada ensayás una estructura un tanto fragmentaria, que pasará a serlo definitivamente en Cuaderno ideal. ¿Por qué gravitaste hacia esta forma y no hacia otras más comunes como las de la novela clásica?

Es extraño, cada libro tiene algo de las líneas que marcan el tiempo. Me acuerdo que mi hermano y yo, en el marco de la puerta del baño, cada tanto, trazábamos unas líneas a lápiz que marcaban nuestra estatura. Hay algo de eso, de líneas a las que no puedes regresar y que, sin embargo, eso es exactamente lo que eras en ese momento. La diferencia es que con los libros no creces —eso también supondría una idea de progreso en la literatura, en el arte, a diferencia de la ciencia—. Al publicar un libro no es que sepas hacer mejor el siguiente, yo creo que cada uno tiene sus propias reglas, su momento. Ahora, por ejemplo, estoy por terminar un libro de cuentos que podría estar más cerca de las anécdotas, y con otro pie en una novela más clásica en ese sentido anecdótico.

¿Qué dificultades entraña la construcción de una obra de ficción en torno a un personaje ausente?

Las dificultades de una ausencia creo que son también su virtud, un enorme espacio a la imaginación, al deseo, al vacío que busca ser llenado, y que, sin embargo, no puede ser llenado. Cuando uno se cuenta la historia de alguien ausente, más adelante volverá con otros detalles, luego quizás la memoria traerá un recuerdo inesperado, y así, se va transformando la historia. Son muchas las veces que uno necesita contarlo porque el motor es el vacío mismo. Allí es donde cabe todo y donde creo que también están las historias

Las reflexiones y confesiones sobre Jonás que la narradora comparte en su cuaderno, ¿la definen mejor a ella que a él?

Hay una implicación filosófica muy hermosa en esta pregunta. ¿Las palabras describen más lo descrito o al sujeto que las describe? Creo que tiene la magia de las grandes preguntas, otras surgen a partir de un planteamiento sencillo. Naturalmente no tengo la respuesta, pero me parece interesante pensar en ello. Desde un lugar modesto, diría que cómo hablamos, cómo construimos una historia dice mucho más de nosotros que sobre la anécdota que contamos.

En ocasiones tu literatura presenta contrastes sorprendentes entre un realismo diáfano y una enorme sensibilidad creativa. La estructura fragmentaria de Cuaderno ideal acentúa esto, de forma que la narradora puede imaginar en un párrafo que los cuadernos son comparables a mariposas disecadas, y, en cuestión de líneas, pasar a denunciar de manera explícita el número de muertes por violencia machista en México. Muchos autores eligen prescindir de los aspectos crudos de la realidad para tratar de escribir de una forma más imaginativa, mientras que otros hacen esta elección justamente a la inversa. En tu literatura, ambos aspectos coexisten a la perfección. ¿Por qué decidiste escribir así, y cuál es tu fórmula para alcanzar esta armonía? ¿Es posible que esta mixtura particular responda a algo más que una mera construcción literaria y que tenga sus raíces en tu forma singular de ver el mundo?

Creo que en un país como México es imposible no verse afectado por los abusos de poder, los asesinatos, el abuso en contra de los migrantes. Pienso ahora en los feminicidios, en la palabra. Si se mira de cerca, vemos que deja fuera muchas otras palabras, por ejemplo, misoginia, machismo, abusos. No es un mera asesinato tipificado en términos jurídicos, no es simplemente que mataron a una mujer, sino por qué la mataron lo que no se incluye en esa palabra y lo que, a la vez, habla del problema de fondo. Dicho de otro modo, son muchas las cosas que pasan y cuesta trabajo dormir con el ruido, las bombas no arrullan. Creo que la literatura tiene una relación directa con todo lo que pasa en nuestros países, a veces de una formas más explícitas, otras no tanto.

¿Existe tu Cuaderno ideal en realidad? ¿Lo escribiste efectivamente a mano y en un cuaderno?

Sí. Lo que me gusta de escribir a mano, a diferencia de escribir en la computadora, es que la mano se cansa y el proceso es más lento. Algo parecido a caminar o ir en coche. Creo que escribir a mano te permite ver las banquetas, cómo las raíces de los árboles más viejos rompen las banquetas, husmear las vidas de los vecinos que dejaron las cortinas abiertas. Mientras que el trayecto en computadora es más veloz. A mano uno tiene que lidiar incluso con la fealdad de la letra propia, no entenderlo al día siguiente. Ese proceso lento me gusta, hay más tiempo para pensar, además de que el lado físico me parece muy atractivo. Luego sigue la computadora.

¿Podremos leer en 2017 un nuevo libro tuyo? ¿Por dónde pasan tus próximos proyectos literarios?

En agosto de este año saldrá Cómo piensan las piedras, un libro de cuentos que me tiene contenta, además estamos en la luna de miel de la portada. Tengo la suerte de estar trabajando en este proceso con Tacita Dean, una arista inglesa a quien admiro, y me honra que ella esté haciendo propuestas para la portada, en el camino ha resultado una muy buena conversación en torno a las piedras. Estoy escribiendo otro libro, pero como soy supersticiosa, prefiero no decir más al respecto.

 

Fotografía: Pablo López Luz.

Entrevista cedida gratuitamente por Darío Zalgade
para el número 403 de la revista Quimera.

Escrito por Darío V. Zalgade

Edgar Díaz Oval (Islas Canarias, 1983), más conocido como Darío Zalgade, es Licenciado en Letras Modernas (UNC) y Máster en Literatura Comparada (UAB). Se especializa en el estudio de la literatura latinoamericana contemporánea y el análisis estructural de la identidad. Es colaborador regular en las revistas literarias Quimera, Librújula y Oculta Lit, y fundador de la plataforma editorial Liberoamérica.