Un relato no es un cuento. Un relato es un instante prolongado, la narración de un episodio en particular. No está ceñido a las convencionalidades literarias históricas a las que el cuento sí está sometido (el clásico con final sorpresa, los enmascaramientos borgianos, lo metafórico de Kafka o los pequeños asomos que dejan entrever las historias más explícitas de Hemingway, por ejemplo).
A estos dos volúmenes llegué por la portada. En ambas se utilizan pinturas cuyo protagonista es un perro[1] y me pareció interesante adquirirlos para tratar de establecer una comparación que escape un poco del territorio meramente literario. Así como la materialidad y la técnica de ambas obras difiere una de la otra, algo similar ocurre con los siete relatos incluidos en los volúmenes publicados por los sellos Librosdementira y Hueders/Montacerdos, respectivamente.
El texto de Drouilly (1980) abre con “Retrovisor”, narración en donde un gato de peluche es el móvil que sostiene las historias fragmentadas de sus múltiples dueños. El gato es un objeto que transita por pequeños instantes de la vida de ciertas personas comunes, para quienes este peluche pareciera tener cierta significación trascendente en sus cotidianas vidas. Situar la perspectiva del relato en este objeto hace que los episodios o anécdotas insignificantes pasen a tener una relevancia literaria, ejemplo de ello son las disposiciones temporales que enriquecen la continuidad de la narración.
“Antónimos”, que es el segundo del volumen, insiste en la “common people” como eje de la historia. Gran parte del relato se sostiene en fragmentos textuales que aparecen tirados por la cocina, el living o el baño (34), con los que la narradora va construyendo –o deduciendo– la vida de su compañero de casa.
Miguel se va apoderando de la morada en donde es apenas un allegado. Sin embargo, el personaje ni siquiera tiene la intención; es la protagonista quien inconscientemente va cediendo los espacios al intruso amigable. Algo tiene que recuerda al cuento “Casa tomada” de Cortázar y es quizá ese momento final en donde Miguel se marcha como si nada, y que para la narradora es simplemente un instante más de su cotidianeidad, lo que lo acerca un poco al texto del argentino.
Los relatos de Drouilly son historias sencillas, sin giros inesperados ni recursos efectistas a la hora de la narración; el acierto está en la manera de construirlos, la disposición de los elementos, la forma. En Retrovisor (2017) la cotidianeidad no es sinónimo de aburrimiento o monotonía, por el contrario, la autora muestra a personajes vulnerables, contradictorios, dudosos e inseguros de sí mismos y cuyo telón es una alusión permanente a la iconografía pop de los años noventa: Los archivos secretos X, Los Caballeros del Zodiaco o Los Thundercats que transitan por los textos como si fuesen elementos independientes o parte de la utilería a la que se aferra Drouilly a la hora de contextualizar a sus historias.

Por otro lado, Terriers (2017) de Constanza Gutiérrez (1990) es un conjunto de siete relatos que insisten en la voz infantil como sustento de la narración. Lo anterior siempre supone un riesgo y es precisamente ahí en donde las historias de Gutiérrez aflojan. En “Chiquitita linda”, que es el texto que abre el volumen, la voz infantil se ve obligada a enunciar que es precisamente una niña – “la Paulita iba en segundo básico y yo en sexto” (17)–, pues en nada casi difiere de la voz de un adulto. De hecho, al utilizar palabras un tanto ajenas al vocabulario de un niño de sexto como “persuasión” o “aledañas”, el artificio narrativo inevitablemente se rompe.
En la mayoría de los relatos Gutiérrez construye sus narraciones en torno a lugares periféricos, no necesariamente marginales: un pueblo en el desierto, una fiesta en el sur austral de Chile o, como en el caso de “Arizona”, una villa incipiente de esas que aparecen de un año para otro al costado de la carretera. Sin embargo, la precariedad es retratada con algo de distancia: el narrador, a pesar de ser partícipe del mismo mundo que el resto de los personajes, pareciera no ensuciarse de esa miseria y el resultado es también un tanto artificioso.
En “Arizona”, una comunidad gitana se instala de repente en la villa y eso podría funcionar como espejeo del nacimiento del mismo pueblo en donde se ha instalado: “En veinticuatro horas habían armado una población en un lugar donde antes no había absolutamente nada” (27). Sin embargo, la narración no profundiza en ese tipo de aristas que podrían resultar más interesantes que el hecho de contar por contar.
“No te vayas dentro” es quizá el relato más prometedor. El protagonista es un adolescente enamoradizo –aunque muy consciente, por lo demás, del papel que juegan las oxitocinas– obsesionado por Tomás, el chico popular del pueblo, del que todas están prendadas, y quien, a juicio del narrador es un maricón de closet preocupado por aparentar. El conflicto adolescente se sustenta en la imposibilidad de concretar ese amor: “¿Has visto al hombre que amas, bajo luces de colores y un baño de sudor, posando de heterosexual?” (54).
Lo interesante del relato es que de fondo se presenta una fiesta que la abuela del muchacho pide se le organice, pues su muerte es inminente. La resignificación de este momento de duelo, el concebirlo como un acontecimiento festivo por parte de la misma sujeto agonizante, es quizá otra oportunidad que deja escapar la autora. Por el contrario, prefiere darla un giro narrativo al relato en donde el protagonista gay y su prima son descubiertos por los familiares manteniendo relaciones sexuales en una habitación. Sin embargo, todo es normal, no hay ninguna consecuencia ni siquiera literaria por el hecho incestuoso y transgresor de las normas sexuales, y es ahí en donde los relatos de Drouilly destacan por sobre los de Gutiérrez.
Tal vez el mayor problema de los narradores de Terriers sea que no logran distanciarse lo suficiente de la escritora –aunque sí lo hacen en demasía de los demás personajes de su mundo–, cayendo irremediablemente en la hiperconciencia narrativa.

Finalmente, el tema de las portadas era simplemente una excusa para tratar de validar el ejercicio comparativo. Aunque me parece notable el comentario de Patricia Espinosa al respecto del volumen de Gutiérrez, y que resume también un poco mi parecer: “Terriers, desde el título hasta la ilustración de la portada, trabaja con ahínco el signo de la ingenuidad hípster y todo lo que arrastra, como el tono insustancial y lúdico, la ausencia de dramatismo y la nostalgia apócrifa[2]”, sentencia la crítica en su espacio semanal de Las Últimas Noticias.

 

[1] Adrian Gouet en Retrovisor y Valentina Mena en Terriers.
[2] http://www.lun.com/pages/detail-view.htm?enviar=%2FPages%2FNewsDetail.aspx%3Fdt%3D18-08-2017%200%3A00%3A00%26PaginaId%3D94%26SupplementId%3D0%26bodyid%3D0

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.