Desde hace más de tres años que no escribo nada que no haya pasado primero por una libreta. Antes de sentarme ante la computadora, trabajo a mano cualquier texto con pretensión literaria. Creo fervientemente que debemos volver a escribir a mano.

No voy a invocar aquí, aunque tendría su sentido, los miles de años de evolución que conectan nuestro cerebro con nuestra mano; ni tampoco el hecho de que nuestro discurso se adapta perfectamente al rimo del trazo de nuestra mano. Mucho menos el hecho de que las pantallas suelen estar llenas de distracciones. Esas cosas no convencerían a nadie.

Sin embargo, creo que hay un ritmo por debajo del lenguaje al que se puede llegar de forma más directa a través de la escritura a mano. Un ritmo que tiene una propiedad doble: que bien aparece directamente en los altibajos de la prosa y bien puede, con las depresiones melódicas de la prosodia, crear timbres dulces y largos (o duros y cortos) a la hora de tejer las palabras; y, por otra parte, revela una cercanía de la palabra al objeto de que trata. O, mejor dicho, consigue que al lector, la palabra le presente aquello que está diciendo.

Creo que la escritura a computadora, es una de las razones por las cuales hay una distancia insalvable que detecto en mucho de los narradores contemporáneos. Una longitud sideral del lugar desde el que se narra y el lugar de lo narrado que genera un ruido espantoso a la hora de leerse. Y esta cacofonía no se trata únicamente de que las capacidades de la prosodia quedan constreñidas a una producción en ráfagas (tal y como se va escribiendo en computadora, que antes de continuar el hilo de la oración, los dedos ya acabaron de teclearla), sino porque el lector jamás puede entrar al texto. Y no puede entrar, porque a duras penas el propio autor consigue quedarse dentro.

Una expulsión constante y rotura del hechizo en el que debe sumirnos la lectura.

Aclaro que no hay rastro de tecnófobo en mí. Las notas de mi último libro las tomé en una aplicación de teléfono, dictándolas en medio del tráfico de la tarde, y sincronizándose más tarde con el resto de mis aparatos electrónicos. Aunque al final, esas notas acabaron transcritas en libretas.

Me gusta la técnica cuando es útil y funciona. Y en el caso de la literatura estoy convencido de que funciona mejor una ristra de papeles encuadernados y un bolígrafo cualquiera. Con ello, con ese ritmo que se invoca en el trazo, se dibuja un conjuro y se abre una puerta. Se deja latir en ello lo que hay por debajo del lenguaje.

Escrito por Alejandro Vázquez Ortiz

Editor y narrador. Miembro del consejo en Editorial An.alfa.beta. Ha publicado la novela "El emisario o la lección de los animales" (Caballo de Troya, 2017) y los libros de cuentos "Artefactos" (An.alfa.beta, 2012) y "La virtud de la impotencia" (FETA, 2015) libro ganador del Premio Nacional de Cuento Joven Comala 2015. Becario del Centro de Escritores de Nuevo León generación 2015. También en ese año ganó el XXXI Concurso Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción. En 2017 gana el Premio Nuevo León de Literatura con el libro de cuentos "Yonque", de próxima aparición.