Andrés Ruiz solía contar una historia de un hombre que enviaba cartas, tan personales, que terminó por enviarse a sí mismo por correspondencia. Primero un pellejito, luego, y más íntimo, un dedo. Así hasta que una mañana, creo, terminó por enviar el último pedazo de él. Esta última parte no la recuerdo muy bien, pues cuando la leí, Andrés no había terminado de escribirla. No recuerdo por qué.

Andrés fue un adelantado, me parece, un previsor y un vidente. Bueno, exagero (los años me han dado este vicio). En su momento, fue tildado de excéntrico, original y muy perspicaz. Con frecuencia me pregunto qué clase de historias contará hoy.

La historia la tenía anotada en su agenda, con una letra cursiva digna de un estudiante de letras: casi inentendible. Éramos alumnos cuando a Andrés se le ocurrió maravillarnos con esa invención.

Hoy, algunos años más tarde, no dejo de pensar en ella. Parecería que el señor Ruiz (Potter, como lo llamábamos) de alguna manera imaginó un cuento original, y a la Historia, con mayúscula, se le ocurrió, de alguna otra forma, terminar traspapelada entre los renglones de aquella agenda de estudiante.

Mañana, enviaré al banco mi última prórroga por un préstamo estudiantil. Y mientras preparo los papeles, no dejo de reírme maldiciendo la gran ironía de Ruiz. Durante los últimos meses he cercenado mi cuerpo, hipotecado órganos (los más valiosos, que no son necesariamente vitales, he logrado retenerlos hasta el pago de la última letra) porque ahora los préstamos son así.

En algún punto del tiempo sucedió que lo único valioso que teníamos, y que la economía no había devorado ya, eran nuestros cuerpos. Así que, más valioso que los oros de todos los colores, las transacciones terminaron cobrándose en carne viva.

Con los años, nos habíamos convencido de que el sistema era normal: venía un gobernante y empeñaba nuestra ropa con el pretexto de liberarnos; luego, el siguiente, con la justa excusa de que no era decente andar por la vida tan libres, hipotecaba cabezas por sombreros, piernas por pantalones, pies por zapatos y torsos por camisas… y la historia seguía su curso. Pero ahora, en este tiempo que bien podría decirse futuro, el sistema, la rueda, se ha mezclado con una fantasía, por decirlo de algún modo, tan extraña y macabra (¿real?) a la vez, digna de las mejores líneas de estudiante de Ruiz.

¿Quién copia a quién? ¿Qué historia era la que debíamos seguir? A lo mejor me recrimino y esto fue a lo que se enfrentaron los grandes héroes, esos que ya están muertos, y son solo sus  líneas las que tenemos como constancia de que la vida de adultos es una mierda. A lo mejor esas líneas pretendían nada más que advertirnos que por ese camino no habría nada más que un matadero llamado realidad. Vivir parecía sencillo cuando aún no teníamos que hacerlo.

Mañana me reiré con sorna, con los últimos dientes en mi boca y los demás en las bóvedas del banco. Mañana, por suerte, conservaré algunas semanas más mis ojos y otras más mis manos (maldita vanidad de escritor).

Escrito por Leonardo Pinto

(Quito, 1993) Redactor y poeta. Estudió Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. Becario y asistente de investigación en la Escuela de Lengua y Literatura de la PUCE. Sus textos han sido publicados en México, Colombia, Venezuela, Chile y Ecuador.