Mañana será el día en que despertaré al cuarto mundo.

Escucho a la Nataska merodeando entre las sombras y aprieto la kachina contra mi pecho. Escucho el crujido de la madera consumida por el fuego, las llamas danzan y crean figuras imprecisas sobre las patas de la Abuela Araña, que sigue removiendo la tierra para cubrir el cuerpo del niño…

Escucho las semillas que repican dentro de la maraca, el llanto de las mujeres cuyos rostros se difuminan entre el humo de las pipas. Siento un picor en la espalda pero no puedo aliviarlo, apenas logro acomodarme dentro del capullo hecho de palma y savia.

Esta será la noche más larga.

Los cabellos de la kachina me tocan el cuello, sus colmillos se presionan contra la piel de mi pecho. Sé que está bebiendo de mí. No debo gritar. No se me permite el miedo. La Nataska está al acecho para devorar a los incautos…

Los lamentos crecen.

Somos una hilacha en la gran red de la Abuela Araña que conecta a todas las tribus. Ella toca los hilos dorados y acerca el oído, si la vibración le trae de vuelta una canción, un nuevo ser se abrirá camino bendecido con los dones de Taiowa. Si no…

Trago con fuerza, pienso en el niño…

succiona

                                                         desmadejado, con la boca en forma de tronco hueco,

succiona

                                  la mirada blanca y gris como las nubes antes de la tormenta,

succiona

                         ha vuelto el silencio, los adultos se marcharon.

succiona

                  Mi sangre se pone densa, estoy ardiendo.

succiona

Ahogo un jadeo. Me encontró.

El ojo amarillo de la Nataska me observa por la fisura de la palma.

*

Yo nací el día en que murieron las últimas libélulas. La Abuela Araña, como es costumbre entre los nuestros, plantó un árbol en el límite del bosque y me llamó Makua, “la que toca con las alas”. También le hizo una advertencia a mi madre: “Que tu semilla no caiga nunca entre los espinos, porque no dará fruto”.

Cuando cumplí cuatro soles, empezó mi instrucción en los antiguos rituales y en las historias de los Otros. Yo soñaba con insectos alados que volaban hacia una luna carmesí que tenía una boca enorme y los devoraba. Los mayores decían que era porque los ancestros habían dejado en mis venas las reminiscencias de la guerra, aquel tiempo en que los hombres, cegados por el enemigo de Taiowa, Akleón, habían decidido eliminar toda existencia de la tierra. Entonces se extinguió la luz y una neblina venenosa gobernó cada rincón. El miedo de los hombres dio origen a criaturas terribles, guardianas de las sombras…

—Makua, pimiyi [1], presta atención. Necesito que busques más jugo de flor del alba, ya sabes qué hacer, no olvides el cuchillo —dijo mamá.

Tarareaba una nana y secaba el sudor de un hombre atormentado por kyukai, los demonios del sueño. Lo vi retorcerse como si estuviera bajo el ataque de una colonia de hormigas. Los ojos desorbitados recorrían el techo como si allí pudieran hallar la solución a su tormento.

Un kyukai estiró el pico rapaz por encima del cuello del enfermo. Me congelé. He querido decirle a mamá que esos demonios no tienen rostros humanos ni cuerpo de fiera, como aparecen en los grabados de piedra, sino que son más bien plumíferos: aves pequeñas y negras como el azabache, con los ojos sin pupila y encendidos como si un titán les respirara dentro. Sin embargo, sé que no puedo hacerlo, no se supone que vea esas cosas.

—Sí, madre —contesté y salí de casa.

…Pero Taiowa no se rindió y escondió su propia luz en los niños de nuestra tribu, pues encontró que las mujeres al pie del volcán sabían repeler la oscuridad con su canto. Ellas los protegerían hasta que la claridad volviera a reinar en el mundo. Alumbrados con la esencia de Taiowa, los niños eran más inquietos y curiosos de lo normal, muy pronto llamaron la atención de la Nataska, líder de los seres que pueblan la noche.

Cuando un hijo desobedecía el mandato de su madre, se convertía en presa fácil de la bestia.

He sido cuidadosa. Nunca me alejo de los senderos que los mayores han marcado en el bosque, ni me guío del todo por los relatos de las estrellas, que hablan de otro pueblo más allá de los árboles y el volcán. Un pueblo anterior a la guerra.

Para aprovechar los bulbos de la flor del alba hay que machacarlos con el mango del cuchillo. Ya he sacado suficiente jugo, puedo regresar. Pero tan pronto como estoy de pie miro a mi alrededor, algo ha cambiado en el viento.

Oigo el aullido de la bestia.

Corro. Las copas de los árboles se cierran sobre mí igual que manos sobre una garganta. Hojas secas y ramas se quiebran bajo mis pies, no obstante, el sonido hace eco más allá, a lo lejos, donde una cabeza rubia va en paralelo conmigo por encima de los arbustos y entre los troncos.

El niño me ve. “Ayúdame”, articula con sus labios.

Además del cuchillo y el jugo de flor del alba tuve la precaución de tomar unas granadas de cicuta y medianoche. Las tengo en el cinturón. Respiro hondo, puedo sentir cómo la bestia extiende sus garras hacia mí.

Arrojo las granadas.

*

Nuestra gente sabe que las muñecas son contenedores de almas. La kachina está hecha con el polvo de los primeros cometas y la esencia de nuestros antepasados. Cuando llega el momento adecuado, la Abuela Araña nos asigna una kachina a cada uno para que nos acompañe en el Despertar.

El temor no puede tener cabida en nosotros. Nadie despierta siendo el mismo.

—¿Por qué te salen ramas de la cabeza? —preguntó el niño.

Lo miré circunspecta. Su ropa era de un material extraño, de una fibra que no podía haber salido de los telares de los gusanos de seda que visten a nuestra gente.

—Para poder hablar con la Tierra.

Parpadeó, confundido. Se abrazaba las rodillas.

—¿Y qué era esa cosa que nos perseguía?

Fruncí el ceño. —¿Nunca habías visto a la Nataska?

—Nunca he visto nada de esto. No se nos permite cruzar el muro.

—Pero estás aquí.

—Yo no hago caso a lo que me mandan. Mi madre siempre dice “Lucas Alexander Hölder, un día amanecerás con el mosquero en la boca y yo moriré de un infarto” —imitó una voz chillona y autoritaria.

—¿Dices que vienes de más allá de un muro? ¿Qué muro? —toqué el cuchillo en mi cinturón, expectante a cualquier movimiento.

—Espera, espera. Soy yo quien tiene preguntas. ¿Quién eres tú? ¿Dónde estamos? ¿Hay otras personas aquí? Y…caraj… ¿¡Por qué se te mueven esas ramas!?

Sus ojos eran grandes y azules, aumentados por los cristales de una especie de insecto que le colgaba de la cara. Miré sus pies, revestidos por una capa gruesa y blanca similar a la espuma de las medianoche. Inspiré hondo, también desprendía un olor extraño, como a… ¿azafranes?

—¿Me estás escuchando?

Me incorporé. —Tienes que irte. Ya casi muere el sol.

—”Muere el sol”, qué raro hablas. No creo que seas de Selenia, he leído sobre todas las colonias que existen y ninguna tiene la pinta que tú tienes. ¿Cómo es que hablas mi idioma?

Inspeccioné el exterior de la cueva. Las vibraciones de peligro habían desaparecido. Mamá debía estar preocupada.

—Hablo todas las lenguas que conoce la Tierra —contesté.

Volvió a pestañear, incrédulo, y se ajustó el insecto palo por encima de la nariz. —Eso no tiene sentido.

—Tienes que irte —insistí.

—¡Estás loca!, ¿sabes todo lo que tuve que pasar para llegar hasta aquí? No, no, no, llévame contigo. ¡Ay!

Apreté el filo del cuchillo contra su yugular. —Tú no vienes.

*

Lucas provenía de una ciudad más allá del volcán.

Una ciudad que nunca había conocido la guerra.

Allí no escuchaban a los árboles, ni a las estrellas, y olvidaban a sus muertos.

Las madres no cantaban para espantar a los seres de la noche de las cunas de sus hijos,

los padres no sostenían los techos sobre su cabeza cuando llovía.

Ninguno sabía cómo eran los lagos, los riachuelos o el mar, salvo por lo que leían en lugares llamados “museos”.

Su gente “volaba” y sus casas no tocaban el suelo. Muchos ya no recordaban cómo lucía el mundo bajo las nubes de “smog”.

Tampoco convivían como iguales con las otras especies sino que las domesticaban y convertían en “mascotas”. Lucas era ruidoso, pero nunca lo vi más callado que la ocasión en que lo llevamos a conocer un ragnick, un gigante de lodo que le dio cualquier impresión menos la de docilidad.

Él quería experimentarlo todo sobre mi pueblo y mis costumbres. Se pegaba a mis talones como una giiga-nikua y esas son como una segunda sombra si se encariñan con un humano.

Aquella boca que nunca paraba de ofrecer relatos, que no escatimaba en expresiones de sorpresa, ahora había quedado pasmada en una mueca de terror.

Lucas no entrará junto con los otros niños al cuarto mundo.

Y ahora, mientras la Nataska acaricia mi capullo con sus garras, tengo una decisión que tomar: seguir al niño muerto hacia los espinos o luchar por despertarme.


[1] Pimiyi en nuestra lengua significa “hija de mi vientre”.

Escrito por Natasha Rangel

(Caracas, Venezuela, 1994). Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. Correctora de Estilo en @cronicauno. Colaboradora en la revista «Liberoamérica». Ha publicado en los portales «Qué Leer» y «Digo.palabra.txt». Un pensamiento retorcido de la infancia de Freud. Escribe porque es más barato que ir al terapeuta. No toma café.