En el año 2013 yo vivía en Panamá. Cuando me enteré de que el próximo Congreso de la Lengua Española se celebraría allí lo tomé como un motivo para alegrarme: nunca había visto demasiados libros juntos desde mi llegada al istmo y extrañaba esa sensación. De la inauguración se ocuparon las figuras de autoridad sobre la lengua y sobre el país que la engendró: Felipe de Borbón (entonces Príncipe de Asturias, ante la ausencia del entonces Rey Juan Carlos), el director del Instituto Cervantes Víctor García de la Concha, el director de la Real Academia Española José Manuel Blecua. También estaba presente el entonces Presidente de la República de Panamá, Ricardo Martinelli.
Así fue el exordio del autor nicaragüense Sergio Ramírez:

Renace todos los días, se aclimata, camina. Cambia mientras camina. El español de la Tierra del Fuego y el de los salares del desierto de Atacama, el de las alturas de Machu Pichu y el de la tierras caliente de Michoacán, el español del valle del Cauca y los llanos de Apure, el español de la estrecha garganta pastoril iluminada por el fuego de los volcanes que es Centroamérica, el español campesino del Cibao dominicano y el insaciable español habanero, el español tapatío y el de los chilangos de la región más transparente del aire, y el del desierto de crudos espejismos de Sonora, el español de las dos Californias, el de las madreadas mexicanas en Los Ángeles, el de los murmullos de los inmigrantes ecuatorianos y bolivianos perseguidos en San Diego, el de los nicaragüenses que lloran de cabanga en San Francisco por su paisaje perdido, el de los tex-mex del Paso, el de los chicanos de Yuma. La raza.  El español de los hondureños dejados desde antaño en las costas de Luisiana por los barcos bananeros de la Flota Blanca, el de la Florida de Ponce de León donde se habla en son cubano, el de los salvadoreños, los tristes más tristes del mundo de Roque Dalton, en las barriadas de Washington, el vasto e intrincado español de los dominicanos,  y los puertorriqueños de Nueva York.

untitled-5
Los chiquitos bailando danzas nativas, el entonces Presidente Martinelli, el entonces Príncipe de Asturias, la entonces Ministra de Educación Lucy Moliner.

Después de la inauguración, la cual cerró Vargas Llosa hablando maravillas sobre la Madre Patria, me dispuse a seguir a la turba. Fue divertido oír a señoras decirle al Príncipe cuánto lo querían, hacer sus mejores esfuerzos para capturarlo con sus celulares y como último recurso fotografiar las capturas de los artefactos ajenos. Yo filmé tomas con niños nativos que bailaban en círculo, también con niños bailando típico (el folklore panameño, apenas similar a la cumbia colombiana más clásica) con sombreros y vestidos. Todos seguían al Príncipe y al Presidente hacia la calle, cruzando hacia el Sheraton, y pretendían seguirlos subiendo unas escaleras mecánicas pero ese punto era el límite que separaba a la plebe de la realeza, de la Very Important People, de los guardaespaldas y de la prensa oficial.
Yo me escabullí de todas formas con irreverencia adolescente y a mi lado pasaron Varguitas con su entonces mujer Patricia. Luego entré a un salón donde sería el almuerzo de inauguración, las invitaciones del Presidente estaban sobre las mesas y las paredes estaban decoradas por hojas de palmera. A la salida un guardaespaldas afropanameño de altura imponente se me acercó para decirme que no podía estar en ese lugar. “¿Viniste para ver al príncipe?”, sonrió y a partir de entonces su tono de increpación se convirtió en charla o, como los argentinos decimos, en “levante”. Se sintió tan en confianza que hasta me invitó a irme de vacaciones con él y no sé cómo me excusé para alejarme de allí.
Tenía hambre, pero como el buffet del Sheraton era muy caro me fui a un restorán cercano donde sonaban Las Ketchup. De vuelta en el centro de convenciones me alegró comprobar que todavía me alcanzaba el dinero para comprarme algún libro, parte de la exposición: cuando vi Los detectives salvajes de Roberto Bolaño me lo llevé sin dudarlo, ya que se trata de esas típicas lecturas que no pueden faltarle a un escritor joven según no sé quién. Además me había encantado La literatura nazi en América, tan hilarante e imaginativa.
El día siguiente elegí asistir a un panel llamado “Creadores, permanencias y exilios”, situación (el exilio) con la cual me identificaba como argentina en Centroamérica. El panel coordinado por Luis Goytisolo estaba conformado por Rodrigo Rey Rosa, Juan Jesús Armas Marcelo, Jeannette Clariond, Lila Zemborain y el panameño Luis Pulido Ritter. Todos vivían o habían vivido en algún país diferente al de su nacimiento: Rey Rosa había pasado largos años en New York durante la Guerra Civil de Guatemala, Armas Marcelo era canario pero vivía en Madrid que se sentía casi como otro país, Zemborain vivía en New York y Pulido Ritter vivía en Berlín. Hicimos preguntas, yo no recuerdo cuáles.
A la salida estuve como dos horas esperando que me pasaran a buscar porque al parecer el taxista había discutido sobre precios con mi padre. Yo me quedé mirando los rascacielos de la Ciudad de Panamá, lamentando que caminar por sus calles fuera tan difícil y preguntándome qué me depararía la vida. Por fortuna tenía WiFi así que investigué un poco a los autores que habían hablado, sobre todo a Rey Rosa, cuya presentación sobre la violencia de los kaibiles (soldados de elite del Ejército de Guatemala) me había intrigado especialmente. Así encontré un cuento suyo llamado “La entrega”, en los días subsiguientes leí sus dos últimas novelas y descubrí a un nuevo autor favorito.
En ese entonces yo estaba entre los colaboradores de The Pananole, la revista de mi universidad, y tuve la idea de entrevistarlo para el medio. Él no tenía redes sociales pero yo contacté a su editorial para obtener su e-mail, él me llamó muy amablemente y el resultado fue esto que comparto ahora. Gracias Rodrigo por tu generosidad.

rodrigo-rey-rosa

¿Nos cuentas sobre tu experiencia con la literatura indígena?
A mí me dieron un premio literario nacional del gobierno que se llama Miguel Ángel Asturias y este premio lo había rechazado un poeta indígena un año antes porque él decía que Asturias era un escritor racista y no quería un premio que llevara su nombre. Esto trajo mucha controversia, y yo dije que aceptaba el honor pero no el dinero. Pedí que con ese dinero comenzaran un premio de literatura indígena y por supuesto no me hicieron caso. Yo organicé entonces la creación de este premio, lo cual mucha gente decía que era una tontería porque no había tal cosa, y sin embargo para mi sorpresa y satisfacción llegaron unos treinta textos en total y un par de ellos eran excelentes. Una fue en lengua Kaqchiquel y otra en K’iche’, ambos fueron editados y son una belleza. Se llaman La misión del Sarima de Miguel Ángel Oxlaj Cúmez y Canto palabra de una pareja de muertos de Pablo García. Así que por más que sea invisible hay una literatura originaria de gente que escribe en sus lenguas, como es natural. Son lenguas que han resistido durante siglos, de gente que vive en ellas y quiere escribir. Yo diría que la literatura indígena está hasta en mejor salud, o igual por lo menos, que la producción contemporánea en español. Es un problema de invisibilidad y no de inexistencia.

Además habiendo tantos idiomas…
Se cuentan veintitrés, porque muchos de ellos tienen dialectos y algunos dialectos piden el estatus de lengua. Hay una cadena de las lenguas mayas que se viven peleando. El awakateco ya es una lengua, no es un dialecto. Hay otra que se llama xinka, que no es de la familia maya y es otra que hay garífuna que es la que habla la población negra que es muy numerosa también y tampoco es maya. El problema es estructural porque no se enseña ninguna de las lenguas mayas en ninguna escuela. Es un problema muy profundo, y la mayoría de la gente que lo ha visto dice que la solución es que todos hablen español y se olviden de sus idiomas, lo cual no es realista porque tampoco hay escuelas. Esta gente no va a cambiar de idioma de un día para otro porque un gobierno que siempre les ha abandonado y atacado se los diga.

¿Qué piensas de la situación editorial actual?
Hubo un momento en Guatemala hace unos diez, quince años cuando hubo mucha efervescencia editorial y cultural que ha ido disminuyendo con el deterioro político. Ahora hay dos o tres editoriales interesantes y algunas esporádicas de gente muy joven. Los narradores que son menos gregarios yo siento que han fugado su talento hacia el cine, hacia el vídeo más bien. Yo conozco el caso de varios amigos que querían escribir y ahora están haciendo cine, así que creo que es una tendencia no tan solo en Guatemala sino entre la juventud. Es más barato, más inmediato y tiene más público. Tiene más convocatoria en general.

¿Cómo fueron tus primeras experiencias de publicación?
Yo he tenido un camino muy particular. Mi primer libro salió en inglés antes que en español, en Estados Unidos porque lo tradujo mi amigo Paul Bowles quien fue también un escritor muy conocido. Tuve la suerte de que él tradujera mis primeros textos que se publicaron en California. Un editor español pidió ver el original y desde entonces empecé a publicar en España. De ahí en adelante se me hizo fácil seguir publicando.

¿Qué piensas de la tendencia conceptual/experimental?
Yo soy fan aunque no lo practico mucho. A veces lo practico pero he publicado pocas cosas experimentales. Me parece una vena muy rica pero creo que hace falta una real comunidad literaria donde puedas rebotarlo contra una pared de gente. Aquí estarías hablando solo. Por ejemplo, acabo de terminar una novela que me regalaron en Argentina que se llama Esto no es una novela, de David Markson, y la disfruté mucho. La literatura y la música, todo lo experimental me gusta, pero creo que eso supone una comunidad cultural que aquí no hay. De cierta manera quiero ser experimental, aunque la idea de experimentar es tan amplia que puede venir alguien y decir que es convencional pero el hacerlo me interesa.

¿Estás preparando algo nuevo?
Ahora estoy escribiendo cuentos, pero tengo ganas de escribir una novela más larga otra vez como esta última Los sordos. Estoy acostumbrado a hacer novelas cortas y quiero probar con una larga una vez más por lo menos.

¿Necesitas tener de antemano un tema que te llame la atención para escribir?
Los temas le llegan a uno, más bien hay que tener ganas. Tengo ganas para el futuro pero no ahora. Yo creo que el deseo mismo es lo que trae los temas, ellos solitos se presentan. Yo siento la forma o el tipo de texto, eso sí se prevee. Cuando empecé Los sordos sabía que quería algo largo, con varias voces, y los temas van saliéndote al paso o por lo menos así me pasa a mí.

¿Has probado con otras artes?
He hecho un poco de cine pero no se lo recomiendo a nadie, ni a mí mismo. De eso me arrepiento. Pero creo que cualquier otra arte puede ser una vacación para lo que hace uno de verdad. No sé si es aconsejable, aunque depende de cada quien. Si tienes la llamada hay que seguir. No creo que te haga ver los problemas de otra manera, pero si tienes la inquietud tienes que hacerlo, no como algo presupuesto sino por la necesidad.

Por último, ¿qué consejos tienes para quienes quieran escribir?
Hay que escribir mucho más que pensar y leer y ver qué sale. El acto de escribir es lo más importante. También hay que tener mucha suerte, segundo consejo. Pero hay que tirarse al agua. Si uno no arriesga no gana tampoco.

Escrito por Tina Quintana

Tina Quintana (La Falda, Provincia de Córdoba, 1994) es narradora, poeta y ensayista. Publicó el poemario Heterodoxia en 2014 (Cartonerita NiñaBonita, Zaragoza, y Poetry Will Be Made By All!, Zúrich). Vive en Buenos Aires.