‘El mar de Pushkin era el mar del adiós. Así – con los mares y con las personas – no son los encuentros. Así son – las despedidas. Cómo podía yo, saludando al mar por primera vez, haber sentido lo que sintió Pushkin cuando se despedía de él para siempre. Porque Pushkin lo veía por última vez.
            Mi mar – el del elemento libre de Pushkin – era el mar de la última vez, de la última mirada.
            Sería porque cuando era una niña pequeña escribí con mi propia mano tantas y tantas veces: ‘¡Adiós, libre elemento!’ – o quizá sin ningún porqué – todas las cosas en mi vida las he amado y querido por el adiós y no por el encuentro, por la separación y no por la fusión, y no para toda la vida – sino para la muerte. Y en otro sentido del todo distinto, mi encuentro con el mar resultó ser precisamente mi despedida de él, una doble despedida – el adiós al mar del elemento libre, que nunca estuvo frente a mí y que yo, apenas le di la espalda al mar real, reconstruí – blanco sobre gris – pizarra sobre pizarra – y el adiós a aquel mar real, que estaba frente a mí y que yo, a causa del primero, ya no podía amar.
            Y – diré aún más: mi infancia inculta identificaba el elemento con los versos y eso resultó ser – verdad: ‘el elemento’ resultó ser – los versos, y no el mar, los versos, es decir el único elemento del cual no te despides – jamás’

—Marina Tsvietáieva, Mi Pushkin

 
AL MAR

¡Adiós, libre elemento!
Por última vez frente a mí
Haces rodar olas azules
Y resplandeces con tu belleza orgullosa.

Como el murmullo melancólico de un amigo,
Como su llamada en la hora de despedida,
Tu triste ruido, tu ruido invocador
He oído por última vez.

¡País deseado de mi alma!
¡Con qué frecuencia por tus orillas
Paseé, silencioso y brumoso,
Atormentado por un pensamiento atesorado!

¡Cómo amaba tus ecos,
Sonidos apagados, la voz del abismo
Y tu silencio en la hora de la tarde,
Y tus impulsos caprichosos!

Vela humilde de los pescadores,
Protegida por tu capricho,
Se desliza con valor en medio del oleaje:
Pero tú te perturbaste, invencible,
Y ya se hunde la bandada de naves.

¡No pude dejar para siempre
La orilla aburrida, inmóvil,
Ni saludarte asombrado
Y por tus crestas dirigir
Mi poética fuga!

Estabas esperando, llamando… yo estaba encadenado;
En vano aspiraba mi alma:
Fascinado por una pasión poderosa,
Me quedé en tierra…

¿Qué lamentar?¿A dónde, ahora,
Dirigiría mi camino descuidado?
Una cosa en tu desierto
Dejaría impresionada mi alma.

Una roca, la tumba de la fama …
Allí se sumergían en gélido sueño
Recuerdos grandiosos:
Allí se apagaba Napoleón.

Allí descansó entre sufrimientos.
Y después de él, como el ruido de la tormenta,
Se fue de nosotros otro genio,
Otra dueño de nuestros pensamientos.

Desapareció, por la libertad llorado,
Dejando al mundo su corona.
Muévete, agítate con el mal tiempo:
Él fue, oh mar, tu poeta.

Tu imagen se imprimió en él,
Fue creado por tu espíritu:
Como tú, poderoso, profundo y sombrío,
Como tú, siempre indomable.

El mundo quedó vacío … ¿Ahora a dónde
Me llevarías, oh, océano?
El destino de los hombres es siempre el mismo:
Donde hay una gota de bien, están en guardia
La civilización o el tirano.

¡Adiós entonces, mar! No olvidaré
Tu belleza solemne
Y oiré por mucho, mucho tiempo
Tu bramido en las horas de la tarde.

A los bosques, a los desiertos silenciosos
Llevaré, lleno de ti,
Tus rocas, tus bahías,
Y el brillo, y la sombra, y el murmullo de las olas.

 

Pushkin escribió este poema en 1824, exiliado en la finca de su padre en Mijáilovskoe.

Traducción del poema: Anastasia Belousova, filóloga rusa que vive y trabaja en Bogotá, Colombia. Magister en Italianística, PhD en Literatura rusa, actualmente se desempeña como profesora de literatura en la Universidad Nacional de Colombia.

Imagen: Entre las olas, 1898, Ivan Aivazovsky