Y tengo un ambicioso plan,
consiste en sobrevivir.

Nuevos planes, idénticas estrategias
NACHO VEGAS

 

El mundo, tal como lo conocemos ahora, es el reflejo de una decantación que lleva varios siglos fracasando. Al querer separar lo racional y visible de lo irracional e invisible que nos habita no hacemos sino obtener un híbrido que señala nuestra incapacidad de controlar las formas que nacen del deseo: a él llamamos realidad.

Esta revelación nos abruma porque pone el dedo sobre la llaga del asombro: seguimos sin saber quiénes somos y qué papel cumplimos en el reino animal. Lo evidente es que somos el resultado, aroma y esencia, de un proceso alquímico. Seguimos sobreviviendo. Y el presente, sin fijar y caprichoso, en las huellas que va dejando como pieles desprendidas nos recuerda que aquí, ahora, y como en las cuevas de Altamira: no somos sino la ilustración de un proceso de adaptación. Tenemos en común, con las millones de especies que giran en este caleidoscopio quimérico, el nombre: detrás de las máscaras que usamos porque así lo quiere el lenguaje, también nos llamamos supervivientes.

El estilo, en sus manifestaciones inabarcables, es una teoría capaz de demostrar otra cosa que tenemos en común con los demás seres: no estamos hechos a imagen y semejanza de un solo prototipo, hombre y dios. Cada uno de nosotros pertenece a una familia con tradiciones comunes, comparte rasgos físicos y espirituales pero es único en su composición; esta certeza intrigante atañe también al terreno intelectual (ilusión y práctica que a las demás especies del reino, por lo menos bajo las técnicas que acostumbramos, les ha sido negada) pues la visión del mundo es irrepetible a expresiones estilísticas en cada mujer y hombre, a pesar de compartir las reglas de una gramática universal.

Como tipos de hombres, tiburones hay muchos. Y en regiones inhóspitas, aún las más ocultas, descubrimos que estamos lejos de obtener el honoris causa por nuestra paciencia. En las profundidades del océano ártico, sitio donde nace la vida sin palabras, ronda un animal que nos hace cuestionar la calidad infernal de nuestro paso por el mundo: el tiburón boreal. Héroe siniestro entre los supervivientes. Las más de las veces ha sido visto en Groenlandia e Islandia pero su imagen merodea también, según testigos, por las aguas del sur, el mar argentino y la Antártida. Su osadía nos recuerda que para vivir en el límite se requiere un ascetismo inquebrantable. Esta criatura lanzó hace cientos de miles de años una plegaria y ser abismo le fue concedido, su existencia convierte al mar en desierto por ser él una metáfora encarnada. Considerado por los científicos el vertebrado más longevo del mundo, asoma entre las aguas heladas como un agujero negro que escapó del espacio intergaláctico. Se calcula que vive entre 250 y 500 años, ¿y quién de nosotros, efímeros mortales, ha podido comprobarlo con sus propios ojos, sin la ayuda misteriosa del carbono 14? El isótopo radioactivo, colocado sobre el cristalino del ojo del tiburón, nos lo ha hecho saber así.

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Esta edad bíblica, por si fuera poco y como prueba de las consecuencias que da adaptarse a como dé lugar, la vive a una velocidad tan lenta que provoca vértigo. Contemplarla, imaginemos que somos un tercer ojo abierto, sería de una exquisitez perturbadora: el tiburón dormido, como algunos simplistas del sueño han querido llamarlo, crece cerca de un centímetro por año y puede tardar 150 en superar la edad de la punzada y declararse apto para un cortejo reproductivo en las aguas más frías del planeta. Aguas que no son en profundidad menos negras que la visión del anacoreta boreal. Su verticalidad se mide al seguir una transparencia que desciende de 1000 a 2000 metros bajo su superficie hasta perderse. Ahí donde un mar hostil, gracias a la magia de la sal, sobrevive al congelamiento; ahí donde unas cuantas formas de vida crean un ecosistema que causa gran extrañeza en sus apariciones, transita el tiburón: solitario entre los solitarios, monstruo indefenso ante su propia lentitud. Nada un kilómetro por hora, lo que equivale (si se compara con la destreza motriz de sus hermanas especies) a decir que ninguno como él está tan cerca de conocer el carácter inmóvil de las zonas abismales del Atlántico Norte y el Círculo Polar Ártico.

Su proeza contemplativa en atmósferas alcanza un mayor grado aún pues el tiburón de Groenlandia, en complicidad de camuflaje con el fondo del océano, es ciego. La razón es insólita, como la necesidad cultural que para explicar nuestros dilemas morales y de existencia nos lleva, desde hace siglos, a inventar refranes, dichos populares y aforismos: un copépodo (Ommatokoita elonganta) hace el papel del cuervo y deja a su padre sin ojos; este parásito, cíclope por evolución, asegura su crecimiento al instalarse en la córnea del huésped y el único consuelo que ofrece a la bestia boreal consiste en servirle como carnada para atraer mediante su presencia lumínica (hecha de una sustancia fosforescente) a las presas que harán de él, pese a las circunstancias lamentables de su estar en las aguas, un predador respetable.

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Revolviendo interpretaciones, científicas y basadas en una intuición poética, no deja de sorprenderme el afán humano de colonización en cuanto a conocimiento se refiere. La tecnología, que por varios años ha servido para dar testimonio de las tinieblas que habita el tiburón de Groenlandia, está creada por el mismo impulso y perfeccionamiento que lleva a un escultor, a una voz cantante o a un escritor a revolucionar las formas de su arte para lograr capturar en un instante aquella lección que durante doscientos, trescientos, cuatrocientos años, el animal que inspiró dichos avances ha dado a los mares helados, a los territorios excéntricos donde la naturaleza no conoce la piedad: el deseo de supervivencia es una condición inherente a todos los seres que nacen en la tierra.

Sin embargo, no traigo a colación el estilo de vida de este animal fascinante para compararlo con el nuestro en su diversificación. Nada se ganaría. El diálogo entre dicho ser acuático y nosotros, terrenales, está dado por el asombro. Su resistencia es sublime, como los intentos dados, a través de batallas ideológicas y sanguinarias enunciadas desde distintos frentes, por los hombres. Nosotros, en diferencia, hemos querido añadir a esa condición instintiva (que a todas las criaturas representa) una más, aquella que nos define y nos permite mirarlo todo desde una estructura en abismo, desde un privilegiado trono retórico: la condición humana.

El mar terrible del lenguaje utilizado sin ética, cual fiel verdugo del progreso, amenaza de maneras cada vez más absurdas, violentas y visibles, acabar con nuestro espíritu: exterminar las regiones transparentes donde puede acudir el alma en busca de transfiguraciones propositivas en serenidad que puedan verse reflejadas en acciones compartidas entre los nuestros y ofrecidas a nuestra soledad. Amor colectivo y amor propio. ¿Y cómo es que la empresa monstruosa del sistema ha tenido tanto éxito? La respuesta, teórica si se quiere, es a medias tintas espeluznante: no sabemos adaptarnos a nuestro fondo invisible.

En las profundidades de dicho mar metafórico al que pertenecemos hay una energía ignorante, ambiciosa y autodestructiva guiando nuestras decisiones. Luchar contra ella es vislumbrar, en primera instancia, la forma más dolorosa del fracaso, pero dejarse vencer y sepultar en el vacío de un lenguaje hueco y políticamente corrupto la riqueza de nuestra inteligencia y sus caminos posibles es, acaso, participar en la ilusión malentendida y amasada entre las manos de unos cuantos, aquellos que deciden el rumbo de nuestro destino humano. Callar es mostrar una disposición al caos. ¿Qué hacer entonces? Preguntemos a la prudencia mientras dejamos de huir despavoridos de nuestras zonas abismales ¿qué importa si ahí las leyes del tiempo y el espacio son otras? Habremos de contemplar lo que ocurre más allá de lo visible si queremos hacer de esta magia entre los hombres una realidad distinta, si queremos reconocernos y avanzar en una dirección más cercana a lo que en armonías pide nuestra naturaleza.

Escrito por Brianda Pineda Melgarejo

Xalapa, 1991. Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Veracruzana.