Memoria a quienes nos cuentan. Memoria a los cuentos.

Por Panfila.

Acarigua, Portuguesa, Venezuela.

Desde el aire, los maizales formaban grandes manchas doradas que brillaban por el sol y que al caer la tarde se oxidaban. A los alrededores de un Samán la hacienda Moterroso abría sus puertas. El patio limpio y las aves recogidas, el Caney estaba de fiesta. Las muchachas visitaron temprano el espejo a las orillas del río, lucían sus faldones en los brazos de sus compañeros y entre el bullicio de las llegadas, Don Sebastián, aguardaba solitario sobre un viejo taburete. Era su tercer trago cuando vio entrar a una mujer alta, blanca como un lienzo, de ojos y cabello negro cuervo. Un arpa solitaria invitaba al contrapunteo y entre el bullicio la mujer desapareció. Don Sebastián paseó su andariega mirada entre el cabello de las damas presentes, entre los sombreros pelo e’guama, entre los bucharangueros comentarios y a los lejos, a la sombra de un viejo establo, estaba ella de pie, como a la espera de su llegada, sus curvas de reloj de arena marcaban la hora. Don Sebastián quedó posternado, la tomó por las manos y vio sus ojos que se desprendían como pequeños acordeones, y vio como la sonrisa se comía sus orejas, y vio como el cabello largo caía al suelo como la fuente de una cascada. Don Sebastián miró alrededor y quiso gritar, pero ya era demasiado tarde, el Caney ya no estaba de fiesta.

Escrito por Andrea Morena García

Nació en Los Pijiguaos, un campamento minero al Sur de Venezuela. Es Comunicadora Social de la Universidad Monteavila (Caracas). Colaboradora y productora de documentales para Vice News, 4 Channel. Música y boxeadora amateur.