Iruya no queda en ningún lado. Cuelga. Ni al final ni al principio de un camino que parece no existir. El que la haya visto ahí, en la distancia, llegando, sabe que no miento.
En Iruya los senderos son o muy cuesta arriba o muy cuesta abajo. No existen caminos y punto. El piso es de piedras. Grandes y chicas, atadas a la tierra y sueltas, talladas a mano y con la irregularidad entrópica del cosmos. Por eso, para caminar Iruya, hay que tomarse tiempo para pensar en los pasos y para mirarse los pies. La gente de Iruya levanta la vista del piso para saludar y vuelve a bajarla para continuar sus caminos, muy cuesta arriba o muy cuesta abajo. Habla con más comas y más puntos, como si todo fuera contar un cuento. Yo estoy acostumbrado a vivir en una ciudad que tiene borde. Vivo en un lugar limitado por el mar. Iruya termina, o arranca, donde se alza la montaña. El que se siente a un costado y achique un poco los ojos podrá ver algún cóndor inmenso, que la distancia hará pequeño, volando en círculos sobre las cumbres. El que cierre un poco más los ojos, podrá ver un montón, todos flotando en su danza cíclica. Pero el que cierre los ojos del todo, podrá ver cosas que acá, en la ciudad, podrían salvar o asustar para siempre, dependiendo del temple y de los pasos caminados del que observe.
En Iruya es hoy, y el siglo que viene, y el mil quinientos, y todo a la vez. Se cruzan los días, los meses. Se confunde la existencia al mirar desde arriba y ver un burro pastando en el patio de una casa al lado de un cartel que dice «cibercafé», una chica lavando la ropa en el río al lado de otra que habla por celular. Y, como la existencia, se confunde también la gente, y pierde la cuenta de los años, o ni siquiera le importa sacarla.
En Iruya, a simple vista, hay muchos almacenes para el tamaño del pueblo. Parece inexplicable hasta que se intenta comprar algo, y se entiende. Si se necesitan provisiones para cocinar, pongamos, una pizza, en uno de los almacenes se puede conseguir harina y salsa de tomates. Pero para llevarse el queso y la levadura hay que ir hasta el almacén de al lado. Y para ponerle un poco de orégano y comprar algo para saciar la sed, hay que bajar unos pasos más y buscar en una tercera despensa. Y cuando se llega a esa tercera, se puede encontrar a la dueña de la primera, chusmeando algo sobre una vecina y comprando yerba.
Pero antes de llegar a reaccionar y preguntarse qué está pasando, un ruido llama la atención. Un golpe. Pum, pum. El Sistema, gordito y con los dientes brillantes, se está rompiendo la cabeza contra la pared. No comprende. El Sistema mira a todos, abre las manos incrédulo, necesita que alguien le explique.

«¿Por qué la dueña de un almacén compra algo en el otro?»
Para poder contarle a la vecina lo que se enteró del hijo del doctor y ver si sabe algo
sobre el cura nuevo. Pum, otro golpe contra la pared.

«¿Sólo para eso?»
Sí, y para chuparse dos mates amargos antes de volver. Pum.

«¿Y quién atiende su almacén mientras tanto?»
Nadie. Pum.

«¿Y si alguien quiere comprar algo?»
Puede esperar, o bajar a preguntar en los otros hasta encontrarla. Pum.

«¡Pero podrían robarle todo mientras el almacén está vacío!»
¿Quién sería capaz de hacer algo así? Pum. Pum. Pum. Y la sangre capitalista, densa y negra como alquitrán, chorrea las piedras de las callecitas.

De Iruya se vuelve distinto. Transformado. Se vuelve con ganas de permanecer en ese otro mundo. Pero con los días ese deseo cambia, y se intenta tener ese mundo en el lugar al que se ha vuelto. Es ese un tiempo complicado, pero bello. Son días, semanas, meses en los que se saluda siempre al colectivero, aunque no se obtenga respuesta; se camina más despacio y se canta por la calle, aunque las miradas se disparen. En esos días se postergan trámites, se deja para mañana lo que se puede hacer hoy, se comen cosas no light, se le hace un chiste al policía que está por cruzar la calle al lado, se duerme un ratito más cuando suena el despertador, se brinda antes de tomar, se cocina con condimentos, se sueña. Son los días de hacer cosas porque sí. Pero el sistema cuenta con más cómplices por estos lares y logra que, de a poco, la vida del viajero regresado vuelva a parecerse a la que tenía antes de partir. Pero nunca, jamás, es la misma que antes. Y es así que años después, aunque no sepa bien por qué, el viajero escuchará a un tipo de corbata diciendo que el tiempo es dinero y se echará a reír como un niño. Reirá con fuerza y con pena por lo ajustada que está la corbata del hombre que dice que el tiempo es dinero porque no sabe que el tiempo es mirar el mar.

La dueña de uno de los almacenes de Iruya, el primero bajando o el último subiendo, se llama Irina; y tan cerca de las nubes eso suena a eternidad. Un día le preguntamos si solía haber sismos. Porque veníamos tan manchados del mundo grande le dijimos sismos, y tuvimos que explicar que nos referíamos a temblores, porque la belleza del mundo pequeño no comprendía esa palabra carente de poesía.
—Nooo, hace mucho que la tierra no tiembla. La última vez que tembló fue porque murió el General Perón —y dijo «porque», no «cuando»—. ¿Qué harán? ¿Diez, doce años?
—Bastante más —le marcamos—. Casi cuarenta años.
—¿Cuarenta? No puede ser. Doce harán, quince harán, cuarenta no puede ser. Bueno, yo estaba en el fondo de mi casa, donde tengo el horno de barro. Porque a la mañana hago estos panes, ¿ven? —golpeó con la palma de una mano los panes caseros que había
sobre el mostrador, y cuarenta años se hicieron nada en el ruido seco de una corteza crocante—. Cuando iba por el pasillo para entrar de vuelta a la casa, me fui para un costado, pegué contra una pared. Después caminé unos pasitos más, y de nuevo, golpeé contra la otra pared. Me costó volver a entrar. Me senté un rato y tomé agua fresca, porque pensaba que eran mareos míos. Pero no. Cuando llegué con los panes a abrir acá, el almacén, una vecina me contó. Me dijo que había muerto el General Perón, y que por eso había temblado la tierra a la mañana. Yo después anduve tranquila, porque no había sido un mareo mío, se había mareado la Tierra —nos quedamos callados, encantados, ingrávidos como la tierra que flotaba en los rayos del sol que entraban al almacén—.  ¿Cuarenta años, dicen? No, no. No puede ser. Me parece que están equivocados, ustedes.
Y lo estábamos. Porque el tiempo suele comportarse como el viento, y no siempre se anima a volar entre las montañas.