Algo teatral hay en todo ritual de apareamiento. Si observamos con cuidado las ciudades, pronto reconoceremos que hay rincones que posibilitan la exageración del cortejo con fines sexuales punto menos que inmediatos. El ímpetu que impulsó la urbanización de Occidente, trajo consigo una curiosa reorganización de valores morales cuya consecuencia inmediata es una especie de “exhibición pudorosa y culposa de los cuerpos. Una visión hipócrita de la sexualidad negativa y reprobatoria en palabra y permisiva hasta el exceso en acción”.

Todas las ciudades son de suyo “pecaminosas”, en mayor o menor medida contienen una potentia gaudendi, la habilidad de excitar, de provocar fluidos de bajo vientre. Andando por ahí uno encuentra sitios dedicados exclusivamente a la provocación y desahogo de un deseo que obedece a las reglas del mercado. Satisfacciones inmediatas. Inversiones a corto tiempo. Querer y tener sin necesidad de ahorrar o de merecer. Los cuerpos, como los productos se encuentran a disposición de ser pagados en plazos. Objetos de deseo se venden y se compran como si hubiesen dejado de ser “seres humanos”; producidos en serie también todos somos sustituibles, un clavo saca otro clavo y la monogamia es entendida como tema mitológico e imposible.

El hedonismo libertario, línea filosófica incorporada a la idiosincrasia occidental en la década de los sesenta, gracias a los movimientos beatnik, hippie, la revolución sexual, la liberación femenina, y todas las implicaciones que estas tuvieron en la cultura popular sostenida en los discursos legales y científicos, sostiene que el deseo auténtico es por fuerza nómada, muda de un cuerpo a otro sin previo aviso. El compromiso y la fidelidad sólo se tienen con uno mismo y lo importante el móvil de la vida de todo individuo ha de resumirse en el gozo. Gozar y hacer gozar es lo único que importa. Descubrir nuevos mundos en nuevas formas. Atreverse. Hacer de todo. Experimentar. Abolir por siempre los prejuicios conservadores inculcados por la religión y el ámbito familiar. “Escapar de las ataduras”, exclamar con el cuerpo: “¡Libertad!”

Hombres y mujeres, criaturas citadinas, son clientes acostumbrados a recibir todo lo que piden, incluyendo lugares hechos a la medida de sus supuestas necesidades sexuales insaciables y alternativas. En un principio estos sitios sobrevivieron bajo la categoría de “clandestinos”, se sabía de su existencia gracias a la honorable institución del boca en boca, se llegaba a ellos guiado por rumores, por susurros, por recomendaciones entre dientes. Ahora, estos sitios exponen su nombre en anuncios publicitarios cuya única prohibición es mostrar personas fumando, vello púbico, penes erectos, pezones expuestos y escenas francamente sexuales. Pero se puede insinuar hasta el ridículo. Se pueden mostrar tantas mujeres de espaldas con traseros prominentes como se quiera siempre y cuando lleven un remedo de microfalda. Eso ya no es estar desnuda y con eso basta.

Evidentemente la planificación urbanística (aún la “improvisada”) como lo es la Ciudad de México, áreas delimitadas para el comercio sexual, “zonas rojas” que combinan con naturalidad placer y el peligro. Personalmente, tengo localizadas algunas en Madrid, Sevilla, Buenos Aires, Panamá, Santiago de Chile, Bogotá, Medellín, y algunos otros curiosos paraderos. Contrario a lo que podría esperarse (mi intención era descubrir las particularidades sexuales de cada país), en todas partes pasa exactamente lo mismo. Únicamente se transforma ligeramente el escenario, acaso se exuden aromas distintos. Pero el ritual de apareamiento es idéntico en todas partes.

Como si se tratara de una cadena internacional a modo de Starbucks o MacDonaldslos clubes swinger, que es de lo que me limitaré a hablar en este primer rompimiento del hielo –es la primera vez, acaso la última, que escribo sin tapujos sobre mis investigaciones in situ sobre el tema- se conforman con la concentración de personas excitadas con la idea de ir más allá con su sexualidad. A ellos acuden dos tipos de clientes[1]: aquellos que van en compañía de su pareja y otros que acuden en solitario con la intención de ser incorporados (“hacer un trío” parece ser la fantasía de moda). En esos sitios el único personaje para interpretar que está prohibido es el de amante celoso.

Acompañados o solitarios el ritual de apareamiento en los clubes swinger sucede de la misma manera, mucho menos descarada que lo que se esperaría en un lugar que aparentemente incita las actitudes hipersexualizadas. Los clientes llegan, toman una mesa y se miran los unos a los otros, evalúan, indagan, seleccionan a la pareja más indicada, más atractiva y mejor dispuesta para el intercambio o al individuo más amigable para fungir de tercer acompañante ¿Con quién quieren compartir al amor de su vida por una noche? Esta selección tarda varias horas, el primer momento el club funge como un bar a veces con show incluido. Los asistentes beben y platican sin siquiera mencionar algo respecto al sitio en el que se encuentran, omitiendo aquello que está próximo a ocurrir. El sexo sigue siendo un asunto del que se habla poco y en voz baja (¡Incluso en ese tipo de lugares!) Se miran poco a los ojos. Se encuentran en una especie de cacería, sonríen apenas.

Conversan hasta que tiene que pasar lo inevitable. Pasar a los distintos espacios, casi todos dispuestos a la mirada del voyeur, e imitar las posturas, gestos, miradas y gritos orgásmicos de las películas porno. Se dejan llevar y al mismo tiempo obedecen un guión incorporado a su sistema. Hombres y mujeres creen saber a la perfección qué es lo que el otro espera, cómo ser sexy, morderse los labios, gritar, mover la pelvis, succionar, penetrar con fuerza, gruñir, arañar, etcétera. Se interpreta bestialidad. Se interpreta flexibilidad y resistencia. Hace mucho tiempo que el sexo en las ciudades se ha convertido en espectáculo. Forma sin fondo.

Por cierto que el hombre evitará correrse hasta que no pueda más. Él interpreta a la virilidad encarnada. Se le ha dicho que el macho alfa es el que más aguanta, por lo tanto eyacular significa retirarse, después de eso ya no hay demasiado que hacer. Los hombres solos que no han sido elegidos deambulan masturbándose evitando la polución. Se jalan mecánicamente, sin intención de satisfacerse.

¿Cómo explicarlo? La teatralidad que se consigue en estos sitios es similar a la sensación de vacío. A una obra multipremiada por festivales intenacionales, a esas obras posmodernas que hacen mucho y significan nada. Que exageran, que prometen, que entretienen, que son en ocasiones muy llamativas. Pero que no contienen la esencia del ritual: la comunión.

  Al salir de ahí los asistentes negarán haberse hermanado, fingirán por siempre desconocerse. Y negarse a uno mismo es rechazar las propias posibilidades infinitas de trascendencia, que en cambio enfatiza el teatro sagrado, según la tipología propuesta por Peter Brook, donde esta es la categoría más elevada, el teatro por antonomasia, el teatro inexorable que produce la sensación de divinidad, conmoción, compasión, catarsis y empatía humana. Teatralizar placer no es sentirlo. Pero el fingimiento del ritual, el apareamiento espectacular es exquisito. Nos pone a pensar. Nos asusta. Nos repele. Nos encanta. Hemos pasado por ellos en calidad de espectadores, al final nos preguntamos:

¿Será que la teatralización del apareamiento en los clubes swinger nos acerca a la sensación de “lo sublime”?

Zavel

Notas

[1] Algo curioso sobre el autoestima de los visitantes: los más atractivos suelen ser los menos violentos, mientras que los menos agraciados físicamente suelen ser mucho más descarados con sus peticiones y gestos. Sirva esto para una futura reflexión sobre tímidez, seducción y parámetros de belleza.

Escrito por Zavel Castro

Editora en @aplaudirdepie Historiadora del cuerpo / crítica de teatro / hip hoppa @zavelcastro