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Vine enardecida de la marcha por Santiago Maldonado, oigan, lo tienen que saber, fue un milagro, de veras, ustedes son la bomba.

Así arrancó la charla Marisa Belausteguigoitia[ii] y un hormiguero de risitas coquetas colmó el espacio involuntariamente. Pero hubo más que el orgullito de argentino halagado por un extranjero; hubo un suspiro tibio, algo como una palmadita en las espaldas jadeantes de una semana arrebatada para siempre por la tristeza.

Es que el ambiente después del viernes 01 de septiembre, en Argentina, se puso muy espeso. La impunidad se sintió como viniéndose encima, inhumana, total, denigrante. El terrorismo de Estado en un país con nuestra historia y en plena democracia, es una cosa inconcebible. Pero la verdadera aplanadora de corazones llegó, por un lado, con el cúmulo de opiniones de ignorancia desgarradora; y, por el otro, con la falta de empatía, no del gobierno, no de los señores de la tele, sino de gente que estaba ahí, al ladito nuestro. Así se vio una catarata de eliminaciones de Facebook, peleas intrafamiliares, distancias y desmembramientos, a puro tajo de escalpelo: lo sentimos sano, en lo profundo de la carne, pero no por eso, menos doloroso. Advertimos la grieta, pero de posta, no el eslogan que inventó el periodismo ignominioso; avistamos un barranco, un murallón de hielo, como en Game of Thrones: los que están contra la muerte y los que no.

Yo vengo aquí como teórica y como activista, dijo Marisa. Compramos. Su manera de hablar es un atrapasueños en el calor de un pórtico latinoamericano; con subidas y bajadas, con puntos de giro, elipsis, sobresaltos y miradas fijas. El cerebro no alcanza a distraerse. Es una storyteller, una abuelita (aunque joven y en tacos altos) que viene a contarnos la maravilla, lo que se nos pasó, al compás de una prosodia impecable.

Como buena cuentista, abre una tangente espectacular:

miren, había una señora con una olla repleta de aceite hirviendo, friendo empanadas, en medio de la multitud; en una mano el relleno, en el otro la masa. La gente le pasa demasiado cerca, la desgracia está por suceder, todo el tiempo…pero no sucede, nadie se quema y ¿saben por qué? Porque es un espacio mágico, porque lo que pasó el viernes fue imposible. Y lo que se reportó después fue deleznable, el no reconocimiento absoluto de eso que pasó.

Y, entonces, claro, la pregunta obligatoria: ¿qué se hace con ese final, indignación y estrujamiento de dentaduras aparte? Siguió.

Lo que tenemos es una serie de personajes hegemónicos e higiénicos incapaces de poner el cuerpo por el otro, y no los vamos a convencer pidiendo por favor. Entonces, ¿qué tenemos que hacer para reclutar cuerpos de instancias privilegiadas para el con/sentimiento de algo tan poderoso, tan milagroso y tan bello (uso estas palabras con toda intención) como lo que pasó el viernes en la Plaza de Mayo?

Entonces la respuesta vino limpia y potente: tenemos que contar historias. Claro, es lo que viene haciendo ella, me pareció que pensamos todas al mismo tiempo.

Contra el relato omnipotente de los medios masivos, la actualísima onda de la pos verdad y los grandes relatos; hay que contar historias que sean parciales, encarnadas y situadas.  Y ahí entra la literatura, el único lugar posible, por imposible, en el abismo.

Pero no se trata de la literatura del bello cinismo despolitizado, ese que nos quiere hablando bien y en la seguridad de los cánones. Se trata de la otra literatura, esa que entiende que lo personal es político, la literatura feminista, la literatura menor (si se quiere, en términos de Deleuze); la literatura donde lo político emerge de los bordes, arrasando con el centro (Ranciere en En los bordes de lo político), el mundo zurdo (del que habla Gloria Anzaldúa).

Es la literatura que hace que un hombre blanco, de clase media, heterosexual, y así, hacia el infinito del privilegio, pueda sentirse mujer, india, negra y así, hacia el infinito del estigma.

Es Griselda Gambaro, descolgando a Antígona y sentándola en un café, con Creonte, devolviéndole la voz para que pueda enojarse de una vez. Es Marisa, leyendo a Gambaro, releyendo a Sófocles, con las pibas del penal de Santa Martha Acatitla, en su México natal, que tantos cuerpos tiene que hacer aparecer.

Es el “polémico” cuadernillo que hicieron los sindicatos para desbaratar el despeñadero del odio en el pujante espacio que es la escuela pública.

Es la literatura que crea empatía justo con lo más despreciado (des/preciado, lo privado de valor) la que puede romper las distancias, la única capaz de crear esa sinergia, ese con/sentimiento que hace posible ponerse en el lugar del otro.

No es una nota de color, el infame 0800, no subestimemos más al enemigo: ellos saben que la historia, si se encarna, despunta imparable y no hay titular que la suavice.

Literatura que es también un llamado a la acción, como el siluetazo: sí, esa movida que inauguramos acá, por los ’80, en la que nos echamos en el piso y delimitamos el vacío, para hacerlo presente. Lo irreconciliable, reconciliado, porque ponerse en el lugar del otro es donar el propio cuerpo para hacerlo aparecer. Y la literatura también es exponer un límite, que es artístico pero también es político.

Literatura que es un llamado, a secas. Porque el llamado mismo es una estrategia de aparición. ¡Maldonado! ¡Maldonado, Santiago! Es el maestro que pasa lista y Santiago no está. Es el llamamiento desde las aulas, desde la universidad, desde las salas de los hospitales. Es un llamado a la aparición y con esa aparición a otras apariciones; es un llamado a otra literatura pero también a otra ciudadanía, a otro tipo de aprendizaje, a otra enseñanza, a otra universidad, a otras pedagogías, a otra manera de incorporar y reapropiarse del conocimiento.

Y claro que queremos el cuerpo de Santiago, y lo queremos con vida. Para eso necesitamos movilizarnos a la calle, sin miedo; necesitamos a las organizaciones políticas, a los organismos de derechos humanos, a la militancia. Pero también necesitamos contar historias, contarlo a él, a Santiago, que no está; en casa, en el colegio, en la universidad, en los barrios, en todos lados, prestarle nuestros cuerpos, dejar que nos habite. Necesitamos una literatura que lo haga aparecer, una y otra vez. Que lo haga aparecer hasta que aparezca.

 

 


[i] Advertencia general (probablemente innecesaria): lo que sigue, como anuncia el título, son una serie impresiones que tuve a partir de ciertos conceptos y relatos que trajo a cuento Marisa Belausteguigoitia en su ponencia “La academia resituada: aula y cuerpo en la escena pedagógica”, en el marco del seminario de grado titulado ¿Existe la literatura feminista? que está realizando la Prof. Laura Arnés, en la UBA. Con esto quiero decir que relacioné libremente y redacté este texto como cualquier otro, es decir, desde mi experiencia personal y sin ningún tipo de exigencia académica, ni intento de explicar los postulados, por demás interesantes, del corpus teórico que propone Marisa, a quien recomiendo que lean.

[ii] Marisa Belausteguigoitia es doctora en Estudios Culturales y de Género por la Universidad de California, en Berkeley. Es profesora titular de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y fue directora del PUEG (Programa Universitario de Estudios de Género) de 2004 a 2013. Actualmente es directora del Proyecto Mujeres en Espiral: Sistema de Justicia, perspectiva de género y pedagogías en resistencia, de la UNAM, una propuesta en favor de mujeres en reclusión.

Sobre su experiencia en la cárcel, en México; y, de paso, para escucharla hablar, está disponible su charla TEDX en YouTube https://www.youtube.com/watch?v=FeW8axmRfpM

 

Escrito por Gala Amarilla

Gala Amarilla (Buenos Aires, 1991) es profesora de italiano y cursa la carrera de Letras en la UBA. Trabaja en la cooperativa de comunicación El Maizal, donde también gestiona el espacio Choclo Cultural. Actualmente forma parte de la comisión organizadora del Festival Internacional de Poesía Joven - La Juntada.