Tuve la oportunidad de asistir a un seminario dictado por el escritor argentino Andrés Neuman, en el que se revisaban las perspectivas particulares que algunos autores consagrados de diversas latitudes y estilos (Bolaño, Borges, García Lorca, James, Jiménez, Lerner, Marías) tenían sobre el espacio de la ciudad. En aquella ocasión, afuera de la sala en donde se dictaba la conferencia, había un puesto en donde vendían algunas de las obras del argentino. Entre las que llamó mi atención figuraba justamente Bariloche (1999), publicada por Anagrama al resultar finalista del XVII Premio Herralde de Novela.
Al ser su ópera prima, la compré.
La historia narra la monotonía en la vida de Demetrio Rota, cuyo trabajo consiste en recoger la basura de un barrio de Buenos Aires junto a un compañero de laburo, el Negro. Ambos repiten incansablemente la rutina matinal de salir en el camión recolector, recorrer unas cuantas cuadras y desayunar en el mismo local de siempre un café con tostadas.
La diferencia entre ambos personajes es que Demetrio es un solitario empedernido y que el Negro tiene una mujer, a la que no deja trabajar, y un par de niños a los que mantener. El sueldo de basurero a Demetrio le es suficiente para vivir en un cuarto, dormir por las tardes y dedicarse a armar rompecabezas cuyas imágenes lo devuelven al lugar de la adolescencia: Bariloche, su tierra natal. Con este ejercicio obsesivo-compulsivo Demetrio logra aparentemente escapar de la cotidianeidad en la que está sumido; y digo aparentemente porque el ejercicio de armar puzles es, irónicamente, otro espacio rutinario que, al menos, le permite revisar su propia historia. En ese sentido, el protagonista reconstruye sus fragmentos para entender su presente a partir de otros fragmentos impresos en cartón.
Bariloche plantea el viejo contrapunto entre urbanidad y ruralidad, en donde esta última constituye el espacio de idealización al compararla con la asfixia, la monotonía y el desarraigo que le despierta el gran Buenos Aires a un ciudadano trasplantado. La novela se construye precisamente a partir de esas oposiciones, la basura ajena que cada mañana va recogiendo Demetrio es metáfora de una vida mediocre en donde el aburrimiento y el cansancio no dejan espacio a las personas para notar lo que sucede a su alrededor, ni mucho menos para las ambiciones o proyecciones personales. La primera novela del argentino-español es sutil, de lectura liviana, y sus primeros capítulos parecen también envolver al lector en la monotonía, sobre todo cuando el narrador se detiene demasiado en las descripciones. Aunque podría leerse de un modo más perspicaz y asumir que esa lentitud del inicio es también parte del juego que propone el autor para profundizar en el tono de la novela.
Lo que sí se agradece profundamente es la transcripción oral del habla de los personajes: Me acuerdo que le dije vos sos loco, qué estás diciendo, una barbaridá eso es lo que estás hablando, pero él ni bola, bah, sí, escucharme me escuchaba, movía los ojos para todos lados, me miraba las manos, claro, yo las movía mucho porque él estaba diciendo barbaridades, pelotudeces tás hablando (118)”. Lo que engrandece a la novela de Neuman es precisamente esa particularidad en el modo de contar las cosas que logran que el lector se abstraiga de la monotonía narrativa.

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.