Lo bueno de ser anoréxicas

Lo bueno de ser anoréxicas es la cantidad de cerveza que podemos tomar. Nada de “me quedo en casa” para evitar las tentaciones del afuera. Cada día mis amigas y yo encontramos un momento ridículo para vernos en confiterías antiguas o bares de pop remixado: “media hs entre trabajo y facultad”, “quince antes de futbol ando cerca de la casa de tus viejos, sale birra?”. Faltamos con frecuencia a lo que sigue para hablar más de personas exitosas y sus defectos. Compartimos aprendizajes de terapia y astrología. Hacemos planes para gustarle a una mujer en el futuro y entonces rechazarla. Es posible que pidamos un cigarrillo a la mesa de al lado y terminemos intercambiando celulares para volver a encontrarnos en grupo o en citas. También es probable que acabemos en otro bar cercano escuchando jazz mientras nos besamos con algún desconocido en una puerta. Por supuesto, todo es una excusa para que mis amigas y yo volvamos a encontrarnos hambrientas y delgadas a hablar de cómo estamos escapando de esa cita y de cuánto desearíamos concretarla mientras pedimos más y más cerveza. Una podría preguntarse por la productividad o la fuerza personal y dejar de beber unas semanas, prender sahumerios, leer textos académicos atrasados, mirar una película en blanco y negro, fumar porro haciendo zapping, cocinar una tarta de espinaca, pero entonces comenzaríamos a engordar. Primero incorporaríamos el desayuno, pan con queso crema, después unas tostadas en la tarde y por último la cena, una cena que empezaría con ensalada y se volvería en pocos días hamburguesa doble con panceta. Entonces ya no podríamos detenernos. Faltaríamos masivamente a los eventos culturales para evitar miradas hasta volvernos extranjeras del mundillo literario. Nos encerraríamos en habitaciones iluminadas por la televisión a comer fideos de una olla y después pasaríamos al helado con confites rojos, azules y verdes.

Escrito por Micaela Szyniak

Micaela Szyniak nació en Buenos Aires en 1993, escribe poesía, narrativa, crónicas y ensayos. Es directora y editora de la revista de poesía feminista Mi gesto pank, estudia Escritura en la UNA, es tallerista literaria en el programa Club de Jóvenes, en el IIG y en otros espacios. En el 2015 publicó el poemario Hago señas de irme con Elemento Disruptivo y en el 2018 publicará el poemario Escribo pidiendo ayuda con Nulú Bonsai.
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