¡Desde hace algún tiempo sufro yo el abominable suplicio de “haber comprendido”,
de haber descubierto la espantosa soledad en que vivo, y sé que nada, ¿entiendes?, nada puede hacerla cesar!
¡Sea lo que sea que intentemos o hagamos, cualesquiera que sean los impulsos de nuestro corazón,
el grito de nuestros labios, el abrazo de nuestros cuerpos, estamos siempre, siempre solos!
Soledad —Guy De Maupassant

Leer a Sara Montaño Escobar (Loja, Ecuador, 1989) es un acto maupassantiano. Saberse obelisco: una figura arrancada de alguna tierra ancestral y puesta en medio de una plaza llena de espectadores que nunca la asimilan del todo. Huérfano, desarraigado, inflamable (por dentro).

Es descoserse y nutrir el nuevo hilo de sutura con palabras que resistan los embates de aquello que se mueve bajo la piel: pájaro, madre, beso, insecto, mariposa, vientre, féretro, lobotomía, hongo, enfermedad, boca, joroba, niño, lobo, guillotina, hombre, huesos, metáfora, poema

El sujeto lírico de esta poeta tiene una máxima: “Usar la voz es un pretexto para sentirse viva”. Pero no la voz que nos configura como hablantes, por supuesto, sino la voz que deviene en metáfora, que burla el signo preestablecido. Así, cuando ella habla del cuerpo proyecta en su lector la idea de un padecimiento más que una imagen de carne, extremidades y sistemas nerviosos. Cuando evoca el término vida, uno aprehende muerte, miedo, enfermedad, descomposición, abismos, ausencias.

Me duele aquello que no existe dentro de mí.

Montaño Escobar asegura que la poesía es un canal para mostrar la autenticidad del ser, de ahondar en sus miedos y en la faceta más vulnerable de aquello que somos a solas. Encontrar la voz en la poesía es, también, una manera de criticar el silencio que nos imponemos a nosotros mismos.

Me beso la mano que nadie siente en sus piernas.

Sus versos son una panícula que ha encontrado la mejor tierra para abonar: internet. Revistas digitales como El Humo, Le Miau Noir, Digo.Palabra.txt, Monolito, han compartido sus poemas, e incluso medios impresos —como la revista ecuatoriana Fuego— han servido de medio para difundir sus letras. La autora también tiene un blog personal en el que descarga su musa cada vez que se le muestra favorable.

Acaricio mi fémur que es una proliferación

                                                     de un animal extinto.

En su ensayo “Cómo leer poesía”, Hanni Ossott sostiene que el lector de este género literario debe tener la misma edad del poeta, “no la edad cronológica, sino la edad mental, anímica, psíquica”. Parte de leer a Montaño Escobar es seguirle la pista a su verso libre, a las herramientas que aprovecha en la plataforma virtual para elaborar la disposición (mancha) de sus poemas. A medida que se hace regular el acompañamiento de sus textos, el lector crece junto con su mundo poético e identifica algunas marcas técnicas: el uso de la negrilla en determinadas palabras, la fragmentación de imágenes, la inclusión del estilo de texto tachado, la alternancia entre el slash y el guión corto para enmarcar ciertas frases.

Interpretar estos distintos tipos de énfasis en los poemas queda a juicio de cada quien.

Di que existo como el nácar de una concha -innecesaria en mi riqueza-
Di que todo cabe en el punto final de la historia, que no hace falta conocerla,
conocerte -reconocernos-
Di que eres el fantasma que habita dentro de mi cuerpo,
como un síntoma de vida.

A su verbo le interesa lo femenino: la maternidad, la ambivalencia en la relación con la madre (matrofobia), el cuerpo no tanto como eje de la voluptuosidad sino como sello de posesión, de hogar, de conquista de lo Otro (“Debí hacer de mi boca el único sitio seguro/ para que habites dentro de mí”); el Eros como una suerte de infección que devora la psique —siempre tan bien representada en la imagen de la mariposa—:

Usted me dijo que el amor sería esto:
Esperarlo en una esquina.
Contar el número de hormigas feroces
que devoran el vientre de una mariposa.

Asimismo, como se ha asomado en párrafos anteriores, hay una inclinación por la tristeza, la soledad, los miedos, la enfermedad, la no comunicación, la negación del ser, la orfandad, las fisuras. Como se desprende del fragmento antes destacado, su manera de representar el amor suele ir desprovista del velo rosa que cubre a los enamorados en los clichés hollywoodenses. Montaño Escobar cuestiona todo, lo pone en perspectiva, en el ángulo incómodo que puede hacer a más de uno desviar la mirada. Enuncia desde el yo, desde el tú, desde los otros, desde las cosas, incluso la comida puede nombrar uno de sus poemas —como “Arroz”.

Su voz poética resemantiza lo conocido y se aferra a ello con un objetivo: sobrevivir(se). El ser, enroscado en sí mismo, colmado de todo aquello que lo compone, solo puede encontrar solaz en el canto que proporciona la poesía. Incluso si nadie escucha, si nadie puede asirlo en su totalidad —de allí el toque maupassantiano que se evidencia en su escritura— el peso de lo que somos es más ligero, lo titánico alcanza un límite, se humaniza e invita a volvernos el diálogo del otro. No hay manera de morir mientras alguien más nos cante.

Uno no escribe poesía para justificarse, ni para mentirse, ni siquiera para ocultarse, escribe para dejar una evidencia de algo.

—Sara Montaño Escobar.

Escrito por Natasha Rangel

(Cuasi) letrada de la Universidad Central de Venezuela. Un pensamiento retorcido de la infancia de Freud. Escribo porque es más barato que ir al terapeuta.