Un rojísimo mar entre los framboyanes

Recuerdo bien el día en que corrí asustada entre los árboles, dejando una sucesión de círculos enrojecidos sobre las hojas secas: esa mañana de agosto, él me llevó hasta el gran framboyán que está al final del conuco, tal como hacía cada vez que mamá bajaba al pueblo a vender las artesanías que hacía de fibra de plátano o las arepitas de yuca.

La primera vez me resistí y se soltó el cinturón y lo descargó varias veces en mi espalda mientras me arrastraba por el cabello hasta dominarme y tenerme entre el tronco del árbol y su cuerpo robusto y rugoso como si fuera otro árbol.  Levantó el faldón de mi vestido mientras yo forcejeaba y gritaba. Acercó su boca a mi boca y me dijo que si no era mujer de él no iba a ser de nadie, que para algo me había mantenido desde chiquita como si fuera su hija, que tenía que sacarle provecho a lo sembrado. Me arrancó los pantis y metió los dedos en mi vulva como si se tratara de una funda de tierra negra como aquellas en las que sembraba las plantas de café.

Un dolor atroz comenzó a recorrerme el vientre. Todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas, sentí lo mismo que la primera vez que me subí a las sillitas voladoras que instalaban en el pueblo para las festividades de la virgen del Carmen. Estaba como en otro mundo mientras sus dedos me penetraban una y otra vez y sentía un hilillo que bajaba por mis piernas y me humedecía los tobillos. Solo escuchaba sus bramidos de toro.

No recuerdo en qué momento sacó de sus pantalones el animal de carne que vive entre ellos y lo metió con una fuerza brutal entre mis piernas. Movía su cintura como un poseso mientras su lengua con sabor a aguardiente se metía a la fuerza en mi boca. Solo recuerdo que tenía su pene aún enhiesto entre las manos, lo agitaba mientras los estertores llenaban su cuerpo y un chorro blancuzco caía sobre las flores muertas del framboyán.

Esa tarde comencé a encerrarme en mí, capullo que se protege de los insectos.

Las visitas al framboyán se fueron haciendo cada vez más frecuentes. Él, casi ni iba al pueblo a causa de un fingido dolor de espalda que obligaba a madre a acudir con más frecuencia a resolverle sus mandados. Aprovechaba cada momento que estábamos a solas para montárseme encima embistiendo como una gran ola de sudor y grasa sobre mi vientre aún terso.

Una mañana tomé la decisión de largarme para siempre y salir de este abismo en el que me consumía, madero en el fuego. Pero antes, tenía que vengarme del maldito energúmeno que me había convertido en una anciana amargada de catorce años.

Pasé casi dos horas hasta encontrar lo que buscaba. Me senté sobre una piedra en el patio de la casa a esperar.  Sus jadeos de animal cansado y su aliento aguardentoso me avisaron que estaba a mis espaldas. Me quedé quieta. Se colocó frente a mí y con sus ojos enrojecidos me escupió unas palabras imperceptibles, acto seguido se abalanzó sobre mí y me sujetó por la cabellera.

Esta vez me dejé llevar sin resistirme. Dócilmente. Con la tranquilidad de haber decidido cómo iba a terminar todo este infierno.

Mientras me aprisionaba contra el árbol y me penetraba violentamente saqué de entre mi ropa un chuchillo oxidado que había encontrado en el cuarto de guardar el carbón, se lo clavé en el ojo derecho y después en la garganta. Un chisguete de sangre me cayó en el rostro y entre las tetas.

Y la tierra se volvió un rojísimo mar entre los framboyanes que se confundía con las flores, hasta las nubes, hasta el cielo. Y entonces lloré, mientras en mi cabeza mi propia voz cantaba una canciónsobre piedras, encierros, paredes. Y corrí. Sin que me detuvieran las ramas ni las piedras. Con las gotas de sangre todavía cayendo de mis dedos, dejando un rastro de monedas rojas en el bosque hasta que llegué a esta orilla espejada en la que descubrí un rostro que no había visto nunca.

Caminé hacía el agua y me sumergí en ella. Ahora escucho la voz pequeña de mi madre diciendo mi nombre y las letras entrecortándose con el límpido rumor de la corriente.

Quiero saltar y con los brazos bien abiertos abrazarme a ella, quiero volver a caminar sobre la tersura verde del monte y escuchar a los pajarillos cantar bajo el sol, quiero recoger florecillas moradas para ponerlas en mi pelo.

Una pesadez que me sube por las pantorrillas no me deja mover. Los bejucos enredados en mi cintura me atan a esta existencia de limo y piedras.

Yo escogí este lugar para escapar. Y este será por siempre el sitio en que mi cuerpo, desalmado y acuoso, se limpie de todos sus pecados.


N. del A.: Este texto pertenece al libro de relatos homónimo que permanece, casi en su totalidad, inédito. La ilustración que lo acompaña es de Ariadna Acosta.
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