Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, de John Berger (Nórdica).
Traducción de Pilar Vázquez. Ilustraciones de Leticia Ruifernández.

Por Lucía Marín.

LETICIA RUIFERNÁNDEZ nació en Madrid en 1976. Arquitecta de formación, su carrera profesional se ha centrado en el mundo de la creación de libros, a menudo las ilustraciones y también la parte literaria más recientemente. Sus libros se han publicado en Italia, Canadá o Korea y han sido premiados en certámenes internacionales. Vive en un pueblo de las montañas de Gredos, en Cáceres.

El pasado enero, Leticia se encontraba sumergida en la ilustración de este libro cuando recibió la noticia de que su amigo y autor del texto, el singular y formidable John Berger, había muerto. En uno de los capítulos de este maravilloso volumen encontramos la siguiente reflexión del escritor:
“Su muerte proclama que nunca más podrá estar presente en parte alguna: ha dejado de existir. (…) Ha dejado de estar en el nexo del tiempo, tal como lo viven aquellos que, hasta hace poco, eran sus contemporáneos. (…) Y sin embargo, también está en ese nexo, (…) en calidad de todo-lo-que-no-son-los-vivos. Los muertos son la imaginación de los vivos”.

¿Cómo surge la idea de ilustrar esta obra? ¿Cómo evoluciona el proyecto desde entonces hasta ahora?
Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos fue el primer libro que yo leí de John Berger. La puerta por la que entré en su mundo y desde entonces mi libro más querido. Me parece un libro inagotable. Lo he leído muchísimas veces y siempre me ha dicho cosas nuevas. Es un libro que publicó en España la editorial Blume en 1986 y para mucha gente fue, como para mí, una entrada al mundo literario de John. Pero llevaba años descatalogado así que le propuse a Diego Moreno, editor de Nórdica, hacer una edición ilustrada del mismo y él se entusiasmó con el proyecto. En invierno, cuando iba a empezar a ilustrarlo me sumergí de nuevo en el libro para ver cómo abordarlo. Fue entonces cuando John murió. Así que para mí ilustrar esta obra ha sido mi manera de rendirle un homenaje y de profundizar en el contenido de este libro desde la nueva ubicación que da la conciencia de su muerte: ya no va a haber más palabras. Todo lo que tenía que decir, está ya dicho.
Este nuevo contexto le dio otra dimensión al libro. En lugar de comentar con John las ilustraciones que iba haciendo, lo hice con Yves Berger, su hijo, pintor. Además han surgido otras formas de homenaje, como el que se va a realizar en el Círculo de Bellas Artes el 15 de septiembre que han surgido a raíz del libro y que luego lo ha sobrepasado.

En esta obra John Berger se permite alternar poesía, reflexiones y pequeños relatos, todos breves como fotos. ¿Cómo abordas la ilustración de un contenido literario tan variado? ¿Cómo eliges qué mostrar, qué crear y con qué técnicas?
Efectivamente John utilizaba los distintos géneros literarios con total libertad. Pasaba del poema al relato en función de lo que la historia necesitara. Hay partes del libro que son como ensayos, tratan los conceptos de espacio y de tiempo pero siempre anclados a la vivencia y quizá porque la vida de John transcurría en el campo y pasó tantos años junto a los campesinos en la Alta Saboya, su obra tiene una mirada muy enfocada a la naturaleza. Cuando habla del tiempo, está hablando de la floración, de la semilla, de la montaña. Cuando habla del espacio, está hablando de la raíz, del grano. Y yo decidí abordar las imágenes desde ahí con dos técnicas diferentes.
Por una parte opté por seleccionar algunos del poemas y acompañarlos con acuarelas. Mi aportación sería como ofrecer un lugar dentro del libro, junto a los poemas, donde el lector pudiera reposar, darse el tiempo que el poema necesita. Una imagen que sintonizara con el sentido del poema. Un banco donde sentarse.
Por otro lado realicé unas imágenes en tinta china, sólo blanco y negro para introducir cada uno de los apartados en los que se divide el libro. Imágenes muy sobrias a partir de los elementos naturales que aparecían como referencia en los distintos textos, de una manera más o menos simbólica.

Conociste a John Berger hace casi veinte años años, cuando a la salida de la presentación de King, una historia de calle, le ofreciste un dibujo y él respondió, agradecido, con una carta. Desde entonces mantuvisteis una estrecha amistad ¿podrías contarnos cómo era su persona en relación a su obra?
Su obra era abierta, generosa y profunda. Libre, única. Y así era también él. Estaba atento a todos cuantos estaban cerca y lo querían. “What can I do for you?” me dijo la última vez que hablé con él por teléfono. Como si no hiciera ya lo suficiente. A su traductora, Pilar Vázquez, cuando supo que estaba enferma, le envió un cheque “haz con esto algo que te apetezca, algo que te dé placer…”
La mirada y la atención que se percibe en su obra eran como su mirada real y su presencia. Tenía una vitalidad asombrosa, con ochenta y muchos años seguía recorriendo Europa en su moto para ir a visitar a sus amigos en Galicia.
Nunca se ponía por encima de quienes tenía cerca. Era como si su sola presencia desmontara todas las jerarquías. Le gustaba mucho crear con otros y desde otros. Él se consideraba a sí mismo un “narrador”, contaba historias y para contar, escuchaba. Para crear, escuchaba. Pasó mucho tiempo con los campesinos de la Alta Saboya hasta que llegó a poder escribir su trilogía “De sus labores”. A sus amigos les mandaba los trabajos o los textos en los que estaba inmerso, quería escuchar nuestras opiniones, ver en qué podía ayudarnos, crear juntos. Muchos de sus trabajos surgen de su colaboración con otros, pintores como John Christie, fotógrafos como Jean Mohr. Pero también acudía a los ensayos de compañías no tan conocidas que estaban montando obras de teatro o de danza basadas en sus textos, o participaba en libros de otros cuando se le pedía una colaboración.
Su hija Katya hizo la mejor definición de su padre: John cuando hablaba era como una fuente, cuando escuchaba, era como un pozo.”

John Berger ha sido reconocido y valorado por grandes figuras de la literatura, no obstante él siempre se mostró próximo a movimientos populares oprimidos y en lucha contra las injusticias. ¿Para quién escribía? ¿A quién puede emocionar, interesar este libro?
Para John contar es una manera de resistir. Como narrador, eran las historias que recogía, que formulaba, que recreaba las que daban sentido a la existencia. Siempre tuvo aversión por el poder y frente al mismo, él colocaba las historias. En ese sentido creo que John hablaba para todo aquel que fuese capaz de escuchar, frente a la Historia que arrasa con quienes no detentan el poder, las historias.
Pero la obra de John, y este libro en concreto ,abarca tantos temas (desde la mirada hasta el desarraigo) que me parece que es infinito. Hay un tema esencial que es el del tiempo que iría en el mismo sentido que el de las historias y que creo que es esencial para reconstruirse ante la debacle del neoliberalismo. Mi respuesta sería: ¿A quién no puede emocionar, interesar este libro?

“Lo que comparten el pasado, el presente y el futuro es un substrato, una tierra intemporal. El lenguaje del arte pictórico, por su carácter estático, es el lenguaje de esa atemporalidad”. ¿Es la ilustración acaso un lenguaje más universal que el literario?
La ilustración no necesita traducción. Llega directamente, independientemente de tu lengua o tu edad. En ese sentido sí es más universal. Pero más que de la ilustración yo hablaría del dibujo. Me he encontrado en Sinaí, en el desierto con una beduína que me vio dibujando. Se sentó frente a mí y con señas me indicó que era a ella a quien tenía de dibujar. Así lo hice. Fue un encuentro que se pudo dar más allá de todas las diferencias que había entre nosotras. Con el dibujo me ha pasado esto en muchos lugares del mundo. Y también con niños tan pequeños que ni siquiera pueden hablar.

¿Qué te ha aportado John Berger en tanto que artista que también escribe, pinta y mira?
John ponía palabra a toda una serie de intuiciones o de experiencias que yo vivía con el dibujo y la pintura para las que no tenía palabra. John me devolvió la capacidad de nombrar experiencias que iban, y a veces van, más allá de ellas. Además contextualizaba el sentido de las obras pictóricas desde un punto de vista muy político: cómo se relacionaba el pintor con el mundo en que vivía como clave para leer las obras que realizaba. Hasta entonces no había leído a nadie que abordara la historia de la pintura desde ese punto de vista. Y estaba lleno de verdad.
John era pintor hasta que en un momento de su vida fue consciente de que había una urgencia por decir una serie de cosas y que, si él no lo hacía, no serían dichas. Entonces dejó su carrera de pintor porque consideraba que ésa es una labor a tiempo completo. Su compromiso para con ambas actividades me parece un gran ejemplo de responsabilidad. Nunca dejó de dibujar en toda su vida, porque la experiencia del dibujo y de mirar es incomparable e insustituible por ninguna otra.

Encontramos en tus ilustraciones una vinculación a lo sensible, al mundo natural, a los paisajes que recorres al viajar. ¿Puedes hablarnos de qué imágenes o temas te inspiran? ¿Qué textos?
Estamos continuamente atravesados por una corriente infinita de imágenes. Entran por la retina, desaparecen. No les damos espacio ni tiempo para hablarnos. Dibujar para mí es darme ese espacio para que lo que estoy mirando pueda llegar, hacerse un lugar en mí y decirme lo que tenga que decirme. De alguna manera al trasladar yo esas imágenes a otros quizá les doy espacio para que les pueda pasar algo así…
El mundo natural es un flujo estremecedor de cambios y mutaciones apenas perceptibles, a no ser que uno se pare delante de ellos y se ponga a cuestionar lo visible con un lápiz o un pincel. Cuando viajo con un cuaderno de viajes o retrato a alguien, la experiencia es similar. Desde que vivo en la montaña, la naturaleza se ha convertido en el tema que más me habla. Cuando voy al mar, es el mar. Supongo que viviera en el desierto, sería el desierto y su luz. Y su sombra.
En cuanto a textos, ahora mismo, además de los de John Berger, que siempre están ahí, estoy centrada en los clásicos chinos: Tao Te King, el Libro de las Mutaciones, textos de estética taoísta…

Parte de tu obra está vinculada a la literatura infantil. ¿Te enfrentas a ella de manera diferente? ¿En qué aspectos?
Afronto de manera muy parecida los libros independientemente de su destinatario. Sí que es cierto que los personajes para un libro de literatura infantil tienen que estar definidos de tal modo que un niño o niña se pueda identificar. Pero no “infantilizo” las imágenes porque creo que los niños y niñas tienen una capacidad asombrosa de lectura de imágenes y además creo que hay que ofrecerles propuestas diferentes.
Frente al mundo de Disney y dibujos animados planos, algunos aberrantes, el aprendizaje de los lenguajes plásticos está muy relacionado con la lectura de álbumes ilustrados. Hoy en día hay una calidad extraordinaria y amplísima de propuestas. Por eso creo que presentarles propuestas estéticas diferentes, no tan planas ni tan simples, es muy necesario para ofrecerles esas otras formas de expresión.

La carrera de Berger se fraguó gracias al apoyo inestimable de su compañera, Beverly Bancroft. Como mujer, trabajadora, artista y miembro de una familia, ¿crees que has podido encontrar más obstáculos para el desarrollo de tu carrera, de tu expresión artística?
Todo el cuidado y atención que John ponía en las relaciones hacia afuera se podía dar gracias a que Beverly, su mujer, se ocupaba de todo lo que no era escribir, tanto en lo profesional (pasaba sus manuscritos, gestionaba el archivo, la relación con editoriales, medios, etc), como en el cuidado de su hogar. Eso, a la inversa es un caso que yo, al menos, no conozco: que un hombre se ocupe de todo para que su mujer pueda dedicarse a su trabajo o a su labor creativa.
En mi caso, comparto el cuidado de la casa y los hijos totalmente con mi pareja. Evidentemente, el momento de la crianza es muy intenso y requiere muchísima dedicación, así que los dos hemos tenido que ajustarnos y dedicarle menos tiempo del que desearíamos a nuestro trabajo. Para mí ha sido más fácil que para él. Los mandatos del patriarcado para con los hombres son también muy exigentes y les cuesta más ceder ese espacio de desarrollo profesional que a las mujeres, que de alguna manera lo hemos venido haciendo así desde muy atrás.

No quiero despedirme sin antes felicitarte por tu obra en este libro. Tanto la fuerza con la que asoman esos retazos de naturaleza y guiños de verdad en tinta china, acompañando cada apartado; como la profundidad de las acuarelas, íntimamente conectadas a la emoción que transmiten las palabras de Berger: paisajes y escenas que, en su aparente sencillez difuminada, abarcan la complejidad de lo esencial. Y ahora sí, ¿podrías hablarnos de tus próximos proyectos?
Sobre la mesa tengo La caja de colores, un álbum ilustrado con texto de Estrella Ortiz para la editorial La Guarida del que estoy disfrutando mucho.
Tengo un proyecto en marcha con José Luis Gutiérrez, Guti, que recorre la geografía zamorana para encontrarse con retratos de un mundo rural que agoniza, pero plagado de historias impresionantes.
Además de un libro sobre ciudades a partir de los cuadernos de viaje que he ido haciendo a lo largo de la vida, con texto de la escritora granadina, Cristina Gálvez y que publicará la editorial Babel de Bogotá.

 


Hablando de poesía, J. Berger escribe: “El lenguaje ha reconocido, ha dado cobijo a la experiencia que lo necesitaba, que lo pedía a gritos.” Y de la pintura: “Sólo algo inmóvil se puede componer de una manera tan simultánea y, por ende, tan completa.”  Como lectora de texto y dibujo, sólo puedo agradecer a Leticia Ruifernández su iniciativa por recuperar este texto para su reedición – dando cobijo a experiencias sutiles y vitales-. Así como su sensible y maestra labor al ilustrarlo para ofrecérnoslo como una obra sustancial y completa.

“Todas las flores empezaron/ en la palma de una mano”. También los dibujos de esta artista, con el pincel como herramienta y sus modos de ver como semilla.


Mañana viernes 15 de septiembre, amigos y familiares de John Berger se reunirán como homenaje a él en el Círculo de Bellas Artes. Y del 13 al 26 de septiembre la librería PANTA RHEI acogerá la exposición de las ilustraciones originales de Leticia Ruifernández.

Y nuestros rostros raíz

 

Escrito por Lucía Marín

Lucía Marín brotó en Granada en 1985, creció en Madrid y ahora da frutos en un pequeño pueblo de La Vera (Cáceres, España). Escribe palabras desde 1989 aunque prefiere, por el momento, evitar definirse como escritora: le aprietan las etiquetas. Ha publicado "No somos flores", 2017 (Ed Nazarí).