Esta es una breve muestra de mi primer libro, dos cuerpos menos (Bogotá, 2015). En esta selección personal incluyo poemas que siguen susurrándome verdades al oído. Aquí encuentro rastros de sueños y deseos que todavía me confunden y asombran; rastros de mí misma y de los otros, de los animales, de los elementos y los espíritus que cohabitamos este mundo sin estar limitados a él.

De la primera parte ‘Deseo de ser Piel Roja’

Deseo de ser Piel Roja

Soy un modelo de soñadora insostenible.
En tiempos en que sólo podría vivir de otra manera
no puedo vivir de ninguna manera.
Mi imaginación guarda todos sus fracasos
para las cosas importantes.

Esta piedra vibrante, extraída del caos,
guarda la pasión
de quien es infiel a lo creado.

Lo que creció en la garganta del fuego
se inclinó hacia mi súplica,
hacia un nivel de realidad perdido y expectante.
Escuché el rumor de su violencia,
supe qué era y a qué había venido.
Abrí mis manos y le ofrecí todos los poemas.

De la segunda parte ‘Por ejemplo, un error’

Nota para el hombre que vi en un sueño

 Vi en usted la ternura que insinúan los días
cuando se les mira de cerca.
Las sombras se revelaron en su frente amarillas
como las rosas que alguien narraba hace tiempos, Updike, creo.
Y en la palma de su mano reconocí la profundidad quiromántica
de un hombre solo.
Su tacto me acuerda de un río,
no sé por qué, ni siquiera he nadado en uno.
Sus ojos, que son fractales, pueden hacer magia
y crear universos donde sea que mire.
Me gustaría volver a verlo, ¿está libre el viernes?

La nieve es real así el silencio no exista,
ni la poesía de Anna exista.
El mar también es real,
aunque las olas sólo sean el sueño de un viejo chamán.
El fuego no es real y nada se ha quemado —
Sólo el corazón intuye lo que es arder.

Cuando besamos
el sol/los caballos
resucitan.

Toco su espalda mientras
duerme
y yo escribo. Nunca he escrito
tocando a alguien.
Ahora soy dos cuerpos menos.


De la tercera y última parte ‘El último átomo’


Nunca
he tenido algo
que decir.
La poesía es el síntoma de mi silencio.
Algunas imágenes errantes
como los tigres
los caballos
y las piedras flotan en el aire.
Nada de esto pesa, pasa, aplaza.
Las metáforas
no concilian la distancia poética
de dos abismos.
El mar ha muerto.
El desierto ha muerto.
Lo sé porque una vez envenené
a un caracol con sal
y burbujeaba
igual que este vertedero de palabras.

Los caballos no iban a vivir tanto tiempo,
pero encontraron ofrendas en el sueño de los muertos.
Allí pastan, beben agua y, a veces,
se acercan a las manos cubiertas de panela
que brotan como flores dulces a su alrededor.
Doblan el cuello y reciben la ternura
que también debió extinguirse hace tiempo.

Asistimos a la majestuosidad del fracaso,
adoptamos la postura del asesino.
Nos lavamos las manos una y otra vez
y camino al paredón
balbuceamos un verso lejano.

Medea, la adaptación de Lars von Trier

Las caricias de su madre lo familiarizaron con la muerte.
Soñó con un caballo que agonizaba en la orilla del mar
mientras pájaros caían a su lado.
Soñó con una mujer que apuñalaba el corazón abierto de un animal herido.
Abrió los ojos y vio a su madre cavar un agujero en la noche.
Comprendió que la amaba.
Imaginó el paisaje, lo dibujó, escogió el árbol,
se aseguró de que hubiera cuerda suficiente para él y el pequeño.
Caminaron juntos.
Después se hizo el dormido para que su madre tuviera tiempo
de arrepentirse o fortalecerse al recordar el origen de la herida:
la traición de Jasón.
Bajo el árbol, el pequeño trató de fugarse, pero él lo atrapó
con la voluntad de su madre entre las manos.
Juntos lo colgaron de la rama más alta.
Silencio.
Medea volvió a este lado del miedo: el remordimiento.
Pero él, preparado para la ocasión, tomó la iniciativa.
Ató la cuerda a la otra rama
(solo había dos en ese árbol imaginado por la pasión).
Mientras su madre lo alzaba, introdujo su cabecita en el aro fatal.