(Algunas notas sobre Viaje por el cine francés de Bertrand Tavernier)

Si el lector es hacedor de lo que lee y quien contempla una obra de arte —una escultura, por ejemplo— completa su existencia con su mirada, entonces una de las atribuciones más importantes del espectador es la facultad de imaginar. La “imaginación” ha sido definida en numerosos ámbitos del conocimiento; la psicología, la filosofía y el arte le han otorgado diversas connotaciones y la han situado en numerosos ámbitos del entendimiento. Prácticamente todos los pensadores o artistas han meditado en la imaginación. María Noel Lapoujade ofrece una definición amplia desde la filosofía:

…la imaginación es una función psíquica compleja, dinámica, estructural; cuyo trabajo consiste en producir —en sentido amplio— imágenes, puede realizarse provocado por motivaciones de diverso orden: perceptual, mnémico, racional, instintivo, pulsional, afectivo, etc.; consciente o inconsciente; subjetivo u objetivo (entendido aquí como motivaciones de orden externo al sujeto, sean naturales o sociales). La actividad imaginaria puede ser voluntaria o involuntaria, casual o metódica, normal o patológica, individual o social. La historicidad le es inherente, en cuanto es una estructura procesal perteneciente a un individuo. La imaginación puede operar volcada hacia o subordinada a procesos eminentemente creativos, pulsionales, intelectuales, etc.; o en ocasiones es ella la dominante y, por ende, guía los otros procesos psíquicos que en estos momentos se convierten en subalternos. (Lapoujade, 1988, p. 21).

La caracterización incluye una comunidad, aquello que nombramos como “imaginario colectivo”, pero la asunción de la historicidad individual implícita en sus procesos, le otorga a la mente del que imagina un carácter peculiar. Desde el siglo XX la consciencia imaginante se concentra en el espectador y en el lector, no solo en el creador. Tal y como Jakobson afirma con respecto al proceso de comunicación, este solo se cumple si hay una respuesta del receptor ante un mensaje. Igualmente, en la recepción del arte, esta se completa cuando el espectador dialoga con lo que percibe. La imaginación es una actividad compartida: se trata de la conversación entre el fenómeno del arte y la imaginación en ciernes del observador. Al imaginar, el espectador crea la obra que apenas es un susurro cuando duerme “enloquecida por falta de mirada”.

La actividad estética es dialógica y no solamente una proyección autoral. Leer un libro, mirar una película, observar una exposición de arte, son actos comunitarios porque abren una charla infinita y excepcional, distinta a la comunicación cotidiana. Cada contemplación será diferente y se encontrará nutrida por otros elementos, incluso aunque sea la misma persona la que relea o vuelva a contemplar la misma pieza infinidad de veces: la comunicación del arte es inagotable, un “habla incesante” (Blanchot). La acción de ir una y otra vez al fenómeno del arte —en cualquiera de sus manifestaciones cinéticas, incluida la literatura que no es más que movimiento puro—, forma parte de la actividad de la imaginación espectadora: actitud creativa de aperturas y figuraciones de mundos en expansión.

La imaginación creadora es compartida: tanto el ejecutante del arte como el que contempla intervienen en el espacio de esa amistad distanciada. Así se emprende un viaje…

Viaje por el cine francés (2016) de Bertrand Tavernier es, en cierta forma, la historia de una amistad: la que se entabla con el cine a lo largo de la vida. Insinúa que es posible reconstruir la existencia a través de las películas. Por eso regresa a las mismas, se demora en algunas, repite los elementos analizados; es como si se contemplaran de nuevo: cada repetición configura un horizonte distinto. ¿También sería posible reconstruir una vida por sus olvidos? Se trataría de un texto borrado; material de imágenes ausentes y fantasmales: huecos de ser sin tiempo.

La mirada de este documental es heterogénea e íntima, de esa forma fecunda en la que algo se inicia en nosotros temprano y, con el paso del tiempo, forma un constitutivo personal que se enriquece y engorda, que se multiplica y prolifera; hiedra mundo, mar sin márgenes. La complejidad al emprender una filmación de esta naturaleza, es la vastedad. Implica la asunción de la pregunta central de un arte volcado en su médula: la incertidumbre sobre sí mismo. ¿Cómo suscitar el habla de aquello que es una historia de formación y al mismo tiempo la historia colectiva de un cine nacional? El recorrido es histórico: el cine también es territorial, pero al mismo tiempo es un espacio fragmentario, troceado por la mirada del espectador y por cómo reconstruye su historia. El documental de Tavernier salta de una película a otra y después regresa a ellas: Becker, Renoir —una y otra vez—, Bresson, Gréville, Melville, Sautet, Truffaut, Duvivier, Godard. Y aquí una nota importante: Tavernier no reconstruye el atlas de los directores franceses que han dominado su imaginación espectadora; lo que edifica es la lectura puntual y obsesiva de las películas que considera fundamentales en el cine francés según su juicio crítico. La palabra que utiliza en su documental es, precisamente, la de la imaginación; su viaje es el recuento de los recovecos, de las vueltas y los regresos, de las andanzas a oscuras o a plena luz.

Ya sea que algunas películas ocupen más reflexiones o que otras formen nudos en la historia transversal, Tavernier hace algo que falta a nuestro tiempo: describe y analiza cada una, la desmenuza, se tarda, les destina tiempo y reflexión. Ese es el homenaje verdadero a las cosas que merecen nuestra atención: la tardanza intencional en su horizonte, sentados frente a frente, para escucharlas hablar algunos años y así después, poder decirle a los otros, algo de ellas; algo que proviene de nuestra voz profunda, caverna de sedimentos. La imaginación espectadora se forma de residuos, de palabras lentas, de imágenes en una fatigosa repetición. Animales de costumbres incurables: la imaginación  está edificada en migas dispersas que un buen día, esculpen el pan.

A Tavernier le da igual que el público sin imaginación se aburra; es el público del entretenimiento, indispuesto a cansarse en el cine, ávido de “acción” y cansado ante cualquier profundidad. El espectador mexicano, por ejemplo, suele ser así, un espectador derrotado, que solo puede retener información rápida y la olvida pronto. Se salen de la sala, aterrados de mirar, de permanecer despiertos, de aburrirse y encarar esa fatiga: muertos vivos sumergidos en sus quimeras. Esos espectadores estaban agazapados en la oscuridad, y salían reptando, poco a poco, uno a uno, hombres y mujeres de extenuaciones sin fin; sombras, nada más. Los lectores contemporáneos de literatura se parecen a esas efigies oscuras —siluetas lóbregas y fugaces escapando por los túneles fáciles de los libros mañosos; huyendo airosos y caprichosas, indignados y asqueadas ante los libros complejos y profundos, robándose tiempo al fin y al cabo: tiempo de abrir posibilidades y mundos. Son lectores perezosos y conformistas, perpetuamente distraídos, cansados de ser, deseando no ser. Sombras, nada más.

La imaginación, a veces, permanece dormida. La cuestión es que si su ensoñación no es posible —que es un estado de duermevela, un ámbito intermedio y espectral entre el sueño y la vigilia, latente en cada pensamiento—, entonces no hay conversación, sino vacío. ¿El vacío es bello y esplendoroso como una carcajada nocturna y aterradora en el silencio de las horas muertas?

Las películas y los libros deciden permanecer pese a un tiempo que los niega, que los rechaza, que huye, tiempo que deserta de su propia imagen. Se encuentran entre nosotros aunque no los amemos ni entendamos, aunque nos aburramos fácilmente y nos cansemos, quizá con justicia, de vivir. Susurran y colman, respiran y viven, más vivos que nosotros, muchas veces, expanden su fuego e iluminan los destinos de los que se deciden a escuchar. Generalmente, por alguna razón, se escucha mucho tiempo después, después de la tumba de un presente.

¿Dónde habita la imaginación espectadora? ¿Es, acaso, alguna forma de poesía? Menos solemne, quizá, se muestra como el impulso de la reflexión: su exabrupto o descubrimiento en un instante, pero también es demora, circunspección, una laboriosa actividad experimental de lentitudes. Es la pasión del arte cuando explota su destello, pero también el amor que le sobreviene, su hábito y su desaparición.

Tavernier se hunde en el universo de los gestos, en las ligas entre los personajes, en el espacio de los afectos, centro del existir del arte. También hay un recorrido por las películas que edificaron un antes y un después: un antes y un después de las guerras mundiales, un réquiem perpetúo, música desconocida después de la guerra. Misa negra en imagen y música en luto sin fin. ¿Por qué nos conmovemos o distanciamos de lo contemplado? La imaginación espectadora no es propiamente conceptual ni sensorial, es ante todo afectiva y de eso trata el documental Viaje por el cine francés: “únicamente la vida crea zonas semejantes en las que se arremolinan los vivos, y únicamente el arte puede alcanzarlas y penetrar en ellas en su empresa de cocreación.” (Deleuze, 1993, p. 175).

El mapa poético de Tavernier, como lo han llamado con acierto otros reseñistas, sintetiza los procesos culturales de los años treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta; en muchas de las películas, sobre todo en las más viejas, somos testigos de una mirada niña que se convierte en adulta en el momento en el que advierte los andamiajes de las películas, cuando se puede decir por qué una toma es de determinada manera, o cómo se filmó cierto pasaje. La lectura es múltiple: una misma película vista a través de edades y procesos de vida. La mirada de asombro produce preguntas de la forma ingenua y aturdida de las primeras aproximaciones, pero también cambia: la imaginación espectadora, como nosotros mismos, tiene edad. La apertura de nuestro horizonte espectador se ensancha con el paso del tiempo, con los recorridos múltiples que damos en torno al mismo libro, a la misma película. Somos otros y otras en cuanto ese retorno eterno cobra sentido en esa conversación en lengua extranjera.

Cada vez que volvemos a una sala de cine, somos otros. ¿Cuántas veces no regresamos, habiendo envejecido siglos, a esa conocida y siempre nueva oscuridad, a las butacas siempre distintas, asientos de un viaje cada día menos lento y fatigoso o más alegre y jugador? ¿Cuántas veces no vamos de nuevo, jóvenes, muy jóvenes, en esa edad niña en la que nacimos un día cualquiera, y estamos allí en la oscuridad renovada, dispuestos a comernos las imágenes? La experiencia del cine también está fuera de la pantalla. Tavernier es testigo de la infancia cinematográfica de las salas de cine viejas en las que se conversaba, discutía y hasta se calentaban unos chícharos para comérselos en vivo mientras discurría la cinta. Guardar una cinta, conservar los carretes, escuchar la otra contemplación; el espacio del cine también es el de la butaca, el de la ensoñación, la respiración de un conjunto de seres humanos pertrechados en la oscuridad: la imaginación en común y en silencio.

Comprendo el espíritu de Tavernier porque conozco los imanes que nos devuelven, una y otra vez, cien mil veces, al mismo pedazo de película, al mismo libro destartalado en nuestra mesa, para leer, obsequiosos, ese pasaje que recitamos de memoria al caminar o pasear por algún parque…, hermosos espacios deshechos con nuestros dedos, migas que habitan nuestro tacto. Tengo libros que casi desaparecen entre mis manos después del maltrato amoroso que les he dado de tanto leer, de tanto tachar, de subrayar más, de subrayarlo todo —maniacos antifaces de escrituras superpuestas—, de tanto mirar, de tanto enamorarme de lo mismo. Entiendo ese espíritu loco a la deriva de sus aprendizajes que no son más que dudas, comprensiones difusas y sedimentos de años —siglos inadvertidos—, rondas misteriosas por los mismos auges, sinos, senderos, bifurcaciones y, ante todo, lenguajes ya en susurros que conducen a todas partes con la sensación de ser todas las imágenes y voces que, en silencio, aguarda nuestra tumba.

Cuando la imaginación espectadora es homenaje, es visible y palpable la obsesión compartida por el creador y el espectador, eso queda muy claro en Viaje por el cine francés. ¿Y qué tal hacer un recuento de lo que no nos representa, de lo que no nos habla, de lo que, irremediablemente, decidimos olvidar?

 

Algunas referencias:

Blanchot, Maurice. L’Entretien Infini.

Deleuze, Gilles. ¿Qué es la filosofía?  

Lapoujade, María Noel. Filosofía de la imaginación.