Te espero acá

Me quemaban las patas sobre los adoquines
me apuré a entrar.
Era de siesta.

La puerta abierta, como siempre
la silleta en la galería
un mate
y una pava que echaba humito.

Nadie.

Entré, como siempre
llamando a la dueña de casa.

Nadie.

Seguí hasta el patio
pasé por el living
con la tele eternamente encendida
esa cocina
tan de Abuela
el olor impregnado en el aire
alguna sopa, pensé,
chipas en el horno
o niñoenvueltos que se enfrían en la ventana
para comerlos después
fríos
con mayonesa.
En el patiecito
nada más que la ropa tendida
las sillas blancas
la parra escandalosa
y cientos de uvas explotadas en el piso.
Bajo el mango
el cenicero de pie
el silencio de los pájaros que duermen la siesta
su silla mecedora
un cigarrillo entre los dedos
su sonrisa perdida
en alguna anécdota que ya no cuenta
sobre el río y sus remansos
su club General Paz
sus maniobras de tornero.

Vine a despedirme
le dije sonriendo
y llorando.

Me pidió compartir un último helado
doble chocolate porque es su favorito
y el mío
nos reímos una vez más
miré sus ojos caídos

le pedí un favor por primera vez:
no te olvides nunca de mí.

Yo te espero acá siempre
me dijo
si vos no te olvidás
yo no me olvido.

 

A <span>%d</span> blogueros les gusta esto: