La verdad es que la escritura de Jorge Marchant Lazcano no coincide con la de los autores que están publicando hoy en Chile. Lejos de las tendencias actuales, entre las que destacan quizá el minimalismo, los detalles de la cotidianeidad o la excesiva preocupación por no aventurarse en una historia compleja –en el sentido de abrir diversas aristas y explorar la privacidad de múltiples personajes–, La promesa del fracaso (2013), publicada por Tajamar Editores, viene a marcar distancia e invita a adentrarse en una exquisita trama ambientada en el Chile de los años 50. Cuando Las Condes era recién un barrio al que llegaban familias de clase media –esto es un hombre que trabaja en el sector público y una mujer cuya ocupación es ser dueña de casa y cuidar a los hijos, instalándose en nuevos proyectos inmobiliarios de carácter económico–, aparece la historia de Paz Munizaga, su esposo, y su hijo Javier. Junto a esta pequeña familia, que además incluye a dos hermanos, van acomodándose otras cuya composición parece repetirse como modelo nuclear ideal. Los vecinos se conocen, se saludan, los hombres salen a las siete a su trabajo y vuelven a las cinco de la tarde, las mujeres se preocupan de labores hogareñas, el cuidado de los hijos pasa a ser una tarea de la empleada doméstica, hay una maestra jubilada que da clases a los niños del barrio, todo en perfecto orden hasta que Paz observa, a través de su ventana y asomándose tras la cortina, que una familia que no calza con los esquemas y modos sociales del sector llega a instalarse en la casa de en frente. La nueva mujer es poco agraciada y los muebles que trae –sorpresa, no el camión de la mudanza, sino una vulgar camioneta– parecen más bien usados, de segunda mano. El hombre de enfrente parece estar envuelto en un halo de tristeza, de derrota perpetua, pues algo esconde, dice ella, un secreto que quizá hubiese sido mejor no tratar de averiguar. Pero Paz es la vecina entrometida del barrio, no soporta el hecho de no estar al tanto de la vida privada del resto, quizá amparada en la idea de que su propio fracaso se remedia a través del control.
Los padres de Javier viven bajo el mismo techo, pero no se aman, optan por seguir manteniendo una relación que no tiene por dónde. La idea de la separación no es una posibilidad en el Chile de aquella época, menos aún pensar en la convivencia de dos religiones en un mismo espacio. Porque los vecinos de Paz son judíos y el solo hecho de no saber nada sobre sus costumbres y comportamientos desestabiliza por completo el orden natural y social a la que la protagonista se aferra.
Pero La promesa del fracaso es mucho más que eso. El pequeño Javier intenta entablar amistad con el niño judío, con él compartirá los juegos de infancia, las primeras exploraciones sexuales y abordará también las diferencias que parecieran distanciar a sus familias. El odio, los prejuicios, las convenciones sociales de una madre, serán puestos a prueba por este par de muchachos. “A mi mamá no le gusta mucho que nos juntemos…”(187), dice uno. En ellos quedará de manifiesto que los prejuicios de los adultos no tienen lugar en el imaginario de los niños, pese a que sobre sus cabezas transitan sentencias condenatorias: esos judíos cochinos, los cristianos antisemitas, etc. En ellos dos, todo pareciera solucionarse con un inocente “–Yo no te odio… –Yo tampoco…” (189).

Homosexualidad encubierta, deseo, infidelidad, Sida, vecinos que no calzan, alteración del orden normal, conforman el mundo de La promesa del fracaso. Los dos chicos se verán enfrentados a una época en donde “…un crimen es otra forma de amor” (216). No se puede pensar siquiera en la remota posibilidad de ser gay. El mundo se viene encima, el orden moral se desmorona, entran en crisis los imaginarios sociales, la imposibilidad de aventurarse fuera de la norma deviene el fracaso que Marchant Lazcano desarrolla pulcramente en su obra. La culpa será el velo que cubra toda la novela: la culpa por ser judío, por ser prejuicioso, por no ser la favorita de mamá, por la envidia, por ser homosexual, por un accidente que se asume como crimen, por la enfermedad contraída, por un pasado de exterminio que será conjugado notablemente con la aparición del VIH/Sida en Nueva York, porque uno de los personajes dirá que la enfermedad es también el “campo de concentración personal” (212), develando quizá la principal tesis de la novela: que justamente la crisis social es también personal.

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.