Corría diciembre de los 90 y ella tiene siete años. Sale de la pileta de su casa, muerta de hambre. Mami, quiero un Serenito de dulce de leche, insiste. Hace calor, el invariable café con leche le explotaría las mejillas. Yo, con este sol, no salgo. Conformate con lo que hay, se fastidia la madre. Pero el quiosco está enfrente de su casa y ella podría cruzar sola, ya es grande. Está bien, andá. Vas y venís rápido. Yo, mientras, te miro desde la ventana.

Tiene que cambiarse, con la malla toda mojada no puede salir. Se pone la única bombacha que encuentra en el cajón. Es vieja y le falta el elástico, pero…, total, ¿quién la va a ver? Se pone la pollera verde agua. Duda. Más tarde se arrepentirá de no haberse puesto un pantalón que le sostuviera la bombacha. Es que la pollera le queda linda y la incomodidad duraría solo unos pasos.

Acá no vendemos Serenito, linda, tenés que ir al almacén de don Juan, le dice la quiosquera. Se le apelotonan los ojos, no debe desobedecer a su mamá, pero quiere el Serenito más que a nada en el mundo. Está en la esquina, ¿te acordás? Andá tranquilita. Si viene tu mamá, yo le aviso que fuiste para allá.

Camina rápido, si no hay de dulce de leche, va a comprarse de chocolate, le baila la bombacha y tiene que subírsela a cada paso, si tampoco hay de chocolate, va a pedir de vainilla, todos son ricos.

Está por cruzar la calle, casi a la altura del quiosco. Ahora camina muy despacio, tiene que apretar las piernas para que no se le caiga la bombacha porque no puede sostenerla con las manos, están ocupadas por el postre y los caramelos que don Juan le dio por falta de cambio. Se acerca un auto. Es grande y lindo como el del tío. Frena. Trata de identificar por dónde tiene la bombacha. ¿Es el tío? La mira. No, no. No es él. El conductor la vuelve a mirar. ¡Qué no se le vea! Intenta malabares para bajarse la pollera, subirse la bombacha, pero no, se le puede caer el Serenito y reventar el pote y hacer un enchastre en la vereda. Él estira un brazo hacia la puerta del acompañante, levanta la perilla. Abre la puerta. ¿Por qué no se baja por el lado del conductor? ¡Ay, que se le cae la bombacha! Los brazos hacen oleaje, incapaces de contener caramelos, bombacha, postre. Lo mira, ¿su ropa tampoco tiene elástico? Seguro que es porque le vio la bombacha. Quiere avanzar, pero las piernas no le responden. Él se acerca. ¿Qué es eso? Un grito. A ella se le está por caer todo. Tiene una maraña de pelitos negros. Otro grito. Aprieta fuerte los caramelos, el postre. Se le desparraman las vértebras. Otro grito. Él vuelve al auto. Y se va.

Si yo no te llamaba desde la ventana, ese tipo te secuestraba y ¡te violaba!, más cucharadas de postre, además, ¿venís papando moscas, vos?, es que la bom… ¡Eso te pasa por desobedecerme!, se atraganta de perdones, ¡más te vale que no le cuentes a papá!, va a decir que no te cuido, traga, ¡la próxima vez que me desobedezcas, te reviento el culo a patadas!, y traga,

se traga el discurso –violento- hegemónico por el que la madre es hablada. Entonces, la responsabilidad de la nena –víctima-, el miedo de la mujer ante la acusación del hombre –padre- por su “falta al deber de madre” –cuidar de su hija-, y el silencio. Así se garantiza la reproducción de personas y producción de significaciones que regula un sistema de sexo/género de imperativo heterosexual que supone la opresión de las mujeres. No importa cómo se impuso, cuál es el germen -¿el triángulo edípico?-. Importa que el silencio se rompa para hacer visible esa relación de dominación en detrimento de la mujer. Importa la palabra. Importa que el término “violencia de género”, en la medida en que nombra esa relación de dominación, la podemos identificar y, así, revertir.

 

Escrito por Leticia D'Albenzio

Buenos Aires, Argentina (1983). Que mis textos hablen de mí.