Es difícil escribir sobre las poéticas de autores jóvenes, sobre todo por su condición mutable; una voz en construcción, que se delinea lentamente, poema a poema, difícil de rastrear, cuyas publicaciones suelen limitarse a antologías y revistas electrónicas. Sin embargo, el contundente trabajo de Simón López Trujillo (Santiago de Chile, 1994) va fijando ya una voz propia y original, que busca problematizar la escritura que recorre el espacio, así como el inherente vacío provocado al comprobar, por medio de la experiencia del lenguaje, que la escisión del sujeto con el mundo fenomenológico es real. De ahí se devela el trauma como motor principal de la escritura («El daño está hecho / y tenemos una vida / por delante»), trauma primigenio y universal.
Estamos frente a un lenguaje insistente, que vuelve sobre sí mismo, divaga hasta perderse, o del contrario, en otros poemas, un lenguaje que se contrae al máximo; en ambos casos, como evitando la dolorosa tarea de nombrar lo que duele. La irregularidad de los versos, algunos cortos, como jadeando, que se intercalan con construcciones versales más largas, dan cuenta de esta histeria, de la euforia de quien busca un escollo del que agarrarse frente a la experiencia del vacío, una precipitación de la palabra tratando de nombrar todo lo que aparece a la vista, todo lo que se hace, y, pese a todo, la impotencia de fallar en el intento, la evidente imposibilidad de aprehender el mundo entero con las palabras y la subjetividad hipersensible de la voz lírica, que pese a percibir el más allá de las cosas, hasta los más mínimos detalles de la escena, no logra sobreponerse a su existencia inmanente fuera del lenguaje. De esa impotencia nace un tono angustioso —«lo que sea. Ya no puedo, blanca piedra, no estoy más en esto» , «todo esto no es nada», «Tengo el corazón hecho un vertedero nuclear»—, revelador de la herida que produce la escisión del sujeto con el mundo ya nombrada. Lo anterior también será expresado a través de la contradicción discursiva, el juego del tira y afloja entre la decisión y la indecisión, el no tener seguridad ni de lo que se dice: de ahí el tono inquisitivo («¿Quién te escribe? ¿Yo? ¿qué es eso?»), de ahí la manipulación, estrategia del débil («no tienes que venir es una molestia / te dejaré de considerar como una pócima»), de ahí la constante búsqueda, la pregunta por ese algo más.
Sin más rodeos, los dejo con algunos de sus poemas. La selección que se presenta a continuación intenta dar cuenta de todo lo dicho respecto a una de las incipientes voces de la poesía chilena.

 

 

Máscara de piedra

Me gustaría hablarte,
pero antes de nombrar palabra alguna
es necesario que miremos
juntos el desierto.
-Ximena Rivera

Máscara de piedra
¿qué se guarda en tu revés?

Tu resabio catatónico
vigila la casa como un perro que duerme
se posan pájaros enfrente tuyo
¿los miras, máscara, los puedes ver?

A esta hora estamos todos hechos una pregunta.
Te buscamos y no podemos darte vuelta.
Máscara silencio noche azul en los matorrales.
¿Quién te escribe? ¿Yo? ¿qué es eso?
Algo se mueve en el jardín.
¿Será acaso el tomate herido
que llevamos en el pecho?
Tengo frío y vergüenza
perdón, máscara, he pisado la huerta
con mis calcetines.

Tú no te inmutas, lo sabes, no es mi culpa.
Mi madre, podría haberse buscado otro hombre
pero también podría haberse casado con mi padre.
Mis hermanos nunca me enseñaron a compartir.
Máscara escape huida revelación no me dejes divagar.
Golpéame, cae encima de mi rostro.
Tus ojos sobre los míos, peso fuerte de beso adolescente.
Guion oculto, máscara, ¿quién te escribe por la nuca en las mañanas?

¿Zorzal? Demasiado tímido,
mirlo blanco
tus plumas son un espejismo.

Máscara de piedra junto al jarrón de barro.
Alguien podrá derribar la casa
volverla un visillo transparente.
Pero tú seguirás cantando bajo la tierra,
el césped no quiere llamarse pasto:
buscamos la neblina en medio de la plaza
el sueño el juego en el barco imaginal.

Mancuernas azules plásticas relucen
el sol atraviesa lamparillas chinas colgantes,
a lo lejos no hay nada
edificios y desierto.

Bicicletas estacionarias, ellas no hablan, máscara.
Lo sabes.

Restos de periódico esparcidos desordenados
un diario que se abre ya nunca se vuelve a leer.

¿Silbidos vecinos? Pero si no hay nadie.
El gato se sube a la mesa.
La mano herida, duerme bajo la venda,
la otra no ayuda mucho, escribe, pretende
buscar tu nombre.

Jarrón rosado con flores magenta liberadas
mesa de vidrio, material trenzado que imita la madera.
Una taza con motivos de estampillas, patos y gallos,
loros azules, un pocillo de cerámica y la cuchara.

Máscara no te has ido, no puedes irte,
estoy seguro como un niño de su volantín.
Una escalera asoma al fondo del patio, pero ya
es suficiente. Nada alcanza para darte vuelta.
Tienes el peso atlético imposible,
habría que voltear una tortuga para levantarte.
Pero tu rostro oculta y sigue y oculta.
Las rejas no dan al patio vecino, es un desierto sin oasis
esta comuna jaula de pájaros no-endémicos.
Aire smog en el aire un poco de smog como el azúcar
en un vaso de bebida.

A ti no te importa, nada te importa más que tu revés.
Cuidar la casa. Conversar mientras alguien cierra las ventanas.
Una toalla amarilla secándose al sol.

Trinos en trilce de tricahue. Juego de manos dormidas por el viento.
Tú ahora quieres que yo siga leyendo, hombre piedra,
no escuches más la música, me pides, tu hermano nunca será tu enemigo.

Beber agua
Máscara de proa
O vomitar

Gato tendido al sol no pidiendo indicaciones.
Una jaula de madera y alambre guarda una vela derretida.
Planta sin nombre, máscara, hasta cuándo, por favor,
date la vuelta, entierra el cuchillo tomate a la vista. Si
todo es un delirio, si hasta la tormenta guarda un orden
sin llave, qué te importa a ti mostrar un poco de ti misma.
Doblegar el cuerpo, sacar la fotografía. Daguerrotipo selfie
lo que sea. Ya no puedo, blanca piedra, no estoy más en esto.
Déjame, no, no me toques. No te vuelvas el rostro,
¿Cuál? Ya no importa.

La lluvia no vendrá, la casa sigue. Y tú ahí mirando.
O no. ¿Quién tiene la llave o la tenía?
Me quiero entrar.

Estructura de toldo hecha de metal,
enredaderas. Mi casa vuelta papel machete
vuelta de cabeza
de piedra
mirlo blanco dame tus alas
yo te presto las tijeras.

 

A propósito del círculo

El tiempo que le toma a un pájaro
aparecer ante mi vista
no depende del viento
es el viento
el balanceo de la grúa en la construcción
la caseta abandonada
un camión que pasa casi rozando
el tendido eléctrico
todo esto no es nada
si se lo compara con un incendio
el incendio del sol
por ejemplo.

 

Mula

Tengo el corazón reventado en un incendio.

Sabes que no puedo tragarme las palabras como sables
o bolsitas de plástico
un hipo que me atora dice que me cuida
alguien trata de salir por la ventana
no lo dejes
cógelo del brazo
la rodilla.

Tengo en la boca un sabor amargo venenoso
se ha roto un paquete
vomito sangre
me paso los dedos índice
la descubro.

Hay un pedazo de cinta adhesiva que no puedo cortar
es difícil
no logro despegármelo de los labios
me ahogo no respiro
es muy desagradable.

¿Por qué mejor no te quedas donde estás?

No
no vengas
no te estoy pidiendo ayuda.
Esto puede parecer fácil
no lo es
atragantarse duele como morir en la hoguera
me corté un dedo tratando de saltar
la ventana tiene un poco de
¿es necesario decirlo?
Los doctores apenas contienen la hemorragia.

Tengo el corazón hecho un vertedero nuclear.

Alguien te ha guardado en mi retina
absorbo
el polvo diluido de un beso
en el estómago
si piensas en él, no pienses
más en mí me incendio.

No
no vengas
no te necesito.

Ahogarme es fácil
abrir la puerta para qué
no tienes que venir es una molestia
te dejaré de considerar como una pócima
virtualmente
una pócima de frasco de espada lunar
sin barrotes ni ventanas
báñate en aceite
podríamos meterte en un condón
tragarlo todo.

 

Abuso

El daño está hecho
y tenemos una vida
por delante.

 

Simón López Trujillo (Santiago, 1994). Estudiante de quinto año de Licenciatura en Filosofía en la Universidad de Chile. Ha publicado Intemperie (2017) en conjunto a Matías García Apsé. Es miembro fundador de la editorial Velando Bestias.

 

Escrito por Emilia Pequeño Roessler

Santiago de Chile, 1997. Estudiante de Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas de la Universidad de Chile. Ha participado en talleres de poesía con Héctor Hernández, Javier Bello y Raúl Zurita. En 2016 se adjudica la beca de creación literaria que otorga el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes por su proyecto "La Ronda del Hambre". Actualmente, forma parte del colectivo de poesía Taller Juan Gabriel. Es editora de la revista Palimpsesto, así como también colabora en Liberoamérica.