Cuando llegó el fin del mundo, el desorden fue tal que Lucero y yo vimos una ventana dispuesta y libre. Era la oportunidad que habíamos esperado para mudarnos y, por fin, vivir juntos.

En realidad, el fin de nuestros tiempos, como lo habían previsto algunos otrora charlatanes, terminó siendo un reordenamiento del sistema-mundo, pero de pies a cabeza. Primero cayó la democracia, luego cayó el dinero y más tarde el internet.

Después cayeron otras cosas de las que no me di cuenta en su momento pues porque ya no tenía internet para enterarme.

Entonces yo vivía en el cuarto piso de un edificio que, después del fin, me parecía cada vez más confuso. La gente llegaba y se iba en cuestión de horas. Había fiestas efímeras, al día siguiente lloraban bebés, luego un niño en patines se rompía la cara en alguna puerta o en las escaleras y nadie estaba ahí para consolarlo.

A Lucero esto no le parecía entretenido para nada y las primeras noches no pudo dormir.

—¿Y si llegan asesinos al lado? ¿Y si las fiestas son de asesinos? ¿Y si nos asesinan?

Luego vimos que nuestra existencia no molestaba realmente a nadie y pudimos descansar.

Después de un par de días de descanso nos ganó la curiosidad y fuimos a la universidad donde yo solía trabajar y ella estudiar. Pensamos: ¿qué tal que cayeron la democracia, el dinero y el internet pero no el trabajo ni la oportunidad de superarse mediante una carrera universitaria? De algún modo nuestra pregunta no tenía mucha lógica, pero igual ya íbamos en camino.

En efecto, la universidad, junto con el trabajo remunerado, había caído.

Recorrimos los salones vacíos, las oficinas llenas de polvo, nos llevamos algunos libros de la biblioteca. En realidad Lucero no quería. Para ella robar era robar, pero de igual modo me ayudó cargando unos en su mochila. Pasamos por mi vieja oficina, recogí un recuerdo que Andrea me trajo de Roma, una figurilla de Blastoise, el pokémon, y el pequeño acordeón que Dante había dejado en uno de los cajones. Nos fuimos de ahí pensando en que no teníamos motivos para volver jamás.

A la entrada de la universidad, un sujeto en un mototaxi nos dijo que para dónde íbamos. Sin dinero, ¿cómo íbamos a pagarle?

—No tienen que pagarme, igual la gasolina es robada.

Sólo nos pidió que lo escucháramos, pero que realmente lo escucháramos, no nada más oír su perorata. Accedimos.

En el camino vimos algunos camiones urbanos en funciones, pero no reconocimos las rutas. Nuestro chofer, a quien llamaré Neftalí porque en algún momento nos dijo que le gustaba mucho Neruda, comentó que los concesionarios del transporte eran los nuevos reyes de la ciudad, pero que no había orden. Las rutas cambiaban todo el tiempo.

Al llegar a nuestro edificio, Neftalí dijo: Abandonado como los muelles en el alba. Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos. Nos miró unos segundos. —Tienen que contestar —dijo—, es uno de los poemas más grandes de Neruda. Pero no lo recordamos, y por eso se fue un poco decepcionado.

En el pasillo fuera de casa, habían aparecido montones de pequeñas macetas con plantas de sombra. Teléfonos y cunas de Moisés, sobre todo. Pensé en tocar las puertas de los vecinos y preguntar quién las había dejado ahí, pero Lucero se puso a regarlas de todos modos.

—No son nuestras —le dije.

—¿No? —contestó sonriendo, y entonces supe que ya eran definitivamente de nosotros.

Esa noche, unos choferes de camión se agarraron a golpes cerca de la avenida. Le dije a Lucero, pero entre sueños dijo que tal vez todo era una broma. No entendí. Me quedé dormido muy pronto.

Escrito por Román Villalobos

Román Villalobos (Lagos de Moreno, México, 1991). Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la Universidad de Guadalajara. Autor de los libros de poesía Final del rey (Ediciones O, 2018), Si el mundo no se acaba lo termino yo (Perniciosa Liter/hartura, 2018), john lurie: outside forever (Broken English, 2018), y Pequeña ciudad eléctrica (Editorial Montea, 2016); Coautor de los libros Mapa (Autoedición, 2016), y Pieza de paso (CULagos Ediciones, 2015). Fue incluido en la antología Un canto me demanda: memoria de poesía laguense (Ediciones Papalotzi, 2011). Becario del PECDA Jalisco Jóvenes Creadores, en la disciplina de poesía, emisión 2017-2018.