«El dolor, en su apariencia más suave y sosegada, puede llenar una vida entera».

Recuerdo el bolero de Bola de nieve que decía: Si solo queda en mí dolor y vida….Ay amor no me dejes vivir. 

Vivir con dolor y seguir aparentando normalidad es una ardua tarea a la que pocos nos hemos sometido. Vivimos en un mundo en el que desde que nacemos, nuestros padres nos dan un nombre, una educación, unos sueños y una identidad totalmente falsa que creemos que nos pertenece. El problema es que nada nos pertenece en esta vida, ni siquiera nuestra propia existencia.

“Nací porque mis padres tuvieron relaciones sexuales en el mediterráneo” 

Veintitrés años después, resulta duro enfrentarse a este “golpe de realidad”. Las personas vienen y van. Várez, la protagonista de esta historia, tiene que enfrentarse a una relación fallida en la que su pareja no le aporta emocionalmente gran cosa, en la que él tiene que partir y poner tierra de por medio.

Fruto de esta relación fallida empieza el declive emocional al que se enfrenta esta joven de veinticinco años. De repente una vida paralela empieza a crearse. 

“La presencia de un hijo que no había deseado, que no podía podía soportar, que no iba a permitir, me están construyendo una placenta sin permiso”.

Por desgracia, esta vida paralela termina en un aborto traumático en el que sin opción alguna la rutina y la ardiente soledad se apoderan paulatinamente de ella, de su vida a penas existente residente desde hace tiempo en cuatro paredes de un piso compartido de Madrid. 

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Rosa Moncayo, autora del libro.

Resulta sorprendente ver como en una gran ciudad como Madrid o Seúl,  en la que todos somos vecinos, pero en realidad es una jaula de extraños. La soledad se apodera de nosotros, la tediosa e insoportable rutina vertebra nuestras monótonas vidas.                    A partir de aquí comienza la narración de una vida que consiste en la supervivencia, una vida insoportablemente agobiante en la que uno a penas puede parar a respirar porque está bajo los efectos de los fármacos hipnotizantes. Encerrada en su habitación la protagonista comparte dosis de sus recuerdos y su experiencia universitaria en Seul. En esos recuerdos podemos más o menos entender el origen de su situación y darnos cuenta que su vida ha estado marcada por un desarraigo emocional y una soledad no siempre elegida, aparentemente mecánica. 

La narración de Dog café es lírica a la hora de abordar un tema tan complicado como la depresión o la soledad, es como escuchar una melodía de Miles Davis; la de kind of blue por ejemplo. Porque tendemos a asociar la depresión a colores y la depresión viste de azul y se siente así es calma, y profunda a penas perceptible.                                                 La autora trata con mucho cuidado las palabras, como si de una ecuación se tratara, en la que cualquier mínimo detalle puede alterar el resultado. Es como si Rosa Moncayo observase a su protagonista desde otra dimensión, a través de una mirada fría pero sin emitir en ningún momento ningún juicio ni lección moral. Es ahí donde reside la grandeza del libro, y el atrevimiento de la autora de retratar esa cara de la sociedad que nos empeñamos en ocultar. 

Escrito por Tamara Luvkova

Soy estudiante de Lenguas Modernas en la Universidad Complutense de Madrid