“Lector de incógnito” me nombró Marcelo Vizcaíno (San Juan, 1967) cuando me acerqué a pedirle una dedicatoria en la presentación de su libro de cuentos Un perfecto inútil (Librosdementira, 2017); y claro, él no me conocía ni yo a él tampoco. En realidad, no sé cuánto se puede estar familiarizado con un autor por el simple hecho de leerlo, digo, para afirmar con seguridad: sí, lo conozco. El asunto es que como me juzgó un lector más o menos imparcial, por ser un perfecto desconocido en el mar de amigos y familiares que asistieron a su presentación, me solicitó que apenas terminara de leer el libro le hiciera llegar mis impresiones. Las escribo y no sé si el autor algún día las lea.

El volumen presenta siete cuentos y sus personajes, en su mayoría, son sujetos al margen del protagonismo social. “Arabescos anaranjados”, por ejemplo, gira en torno a dos domésticas y la patrona es más bien un nombre que deambula; “Regla de tres simple” se centra en la historia de un estudiante que copia en la prueba y el peso de la culpa que pareciera acompañarlo durante toda su vida adulta; “Pentimento”, finalmente, narra la cotidianeidad de un guardia de museo y el quiebre que se produce cuando una visitante irrumpe con una acción ajena a toda ritualidad.

El cuento que abre el volumen es “Música clásica”. El texto presenta a Carlos, protagonista del que se especula más de lo que se sabe, y en eso el narrador es también cómplice, pues opta por entregar al lector un panorama nebuloso de la historia del sujeto: “(…) llegó del algún lugar del norte. Nadie sabe tampoco muy bien de cuál. Nunca se lo contó a nadie. Pero debe ser cierto, a juzgar por el acento un poco cantado que se le escapa en sus frases secas. Cuando las hay” (11). O en un momento en que el narrador teoriza sobre uno de los pacientes del hospital: “Carlos se detuvo junto a él mirando hacia el interior de la oficina donde una mujer, posiblemente su hermana (su mujer, de ninguna manera), llenaba el formulario (…)” (12).
En el párrafo siguiente aparece otro personaje, esta vez una muchacha que asume el protagonismo de la historia. Michi es una prostituta de la ex calle San Camilo cuyos intereses parecieran ir más allá del placer sexual o del dinero que se puede conseguir mediante el ejercicio. Sin embargo, para el lector ese propósito está al principio más bien vedado.
El cuento funciona entonces con dos protagonistas en paralelo y su final sencillamente descoloca y obliga, para el deleite del intelecto, a deshacer y reformular todas las suposiciones que armaron un relato y una hipótesis de desenlace en la medida en que avanzaba la historia.

Otro de los cuentos destacados del volumen es “Un perfecto inútil”, texto que se centra en la relación de un docente jubilado con su antiguo alumno, el más torpe del equipo de básquet pero con aspiraciones de artista, dedicado –por acuerdo con su profesor– a repintar las canchas del colegio. El estudiante lo hace con la paleta cromática de amarillo, rojo y violeta. De esa manera, lo que pareciera ser un descuido de un adolescente con nulo conocimiento del deporte y su reglamento, hace que el profesor se cuestione si acaso lo que hace Valenzuela es mera casualidad creativa o simplemente intencionada desfachatez: “Asombro y, por detrás, oculta, una repentina admiración. No pudo dejar de sonreír ante las nuevas líneas pintadas que se cruzaban novedosas, dotando de alegría la monotonía grisácea del patio. Todas juntas, vibrantes, parecían querer escabullirse en el suelo” (42). El autor en este caso, y en la mayoría de los relatos, opta quizá por la salida más arriesgada e inesperada: un final feliz.

Vizcaíno logra la contención del desenlace, dejando entrever pequeños detalles que podrían anticipar algo, pero que no son más que señuelos para hacerle saber al lector que él –el narrador– es quien tiene el control de la historia, él es quien maneja los tiempos y, a pesar de que los cuentos podrían sugerir un tipo de final mucho más clásico, es el propio Vizcaíno el que opta por no trascender y otorgarles, en cambio, un sentido personal. El acierto del autor no está en la profundidad del relato, sino que este más bien se halla en la manera de construirlos y dejar fluir la historia.

Escrito por Francisco García Mendoza

Francisco García Mendoza (Santiago de Chile, 1989). Profesor de Castellano y Magíster en Literatura latinoamericana y chilena por la Universidad de Santiago de Chile. Como autor de ficción ha publicado las novelas Morir de amor (2012) y A ti siempre te gustaron las niñas (2016), ambas por Editorial Librosdementira.