Con la caída del mundo, la industria de la comida enlatada, embolsada y empaquetada se desplomó igualmente. De algún modo la comida, en forma de ingredientes básicos, seguía fluyendo en los mercados. ¿Trueque? ¿Otros tipos de organización? ¿El gobierno divino? No tenía ni puta idea. Me daba pereza ir y averiguar.

Una tarde, Lucero y yo salimos de casa y vimos que el pasillo era intransitable por todos los arbustos y enredaderas. Había pasado bastante tiempo. O también alguien pudo llevar más macetas. ¿Cómo saberlo? En casa todo iba con calma y no había para qué salir. Era la pereza, otra vez.

Pero en fin, salimos. Nos sentamos en un lugar de comida que vimos abierto. ¿Cómo íbamos a pagar, si el dinero había caído con el Apocalipsis? La dueña del lugar nos dijo:

—Bien fácil: nos ayudan a barrer, a lavar platos, a cocinar un rato… da igual.

No cuestionamos mucho más. Lucero pidió una torta y yo una hamburguesa. Todo sabía, de algún modo, auténtico; tenía una cualidad postapocalíptica pero en un sentido agradable al gusto. En la grasa, en las cosas fritas. En las verduras.

Luego Lucero se puso a barrer con mucha enjundia, casi agresividad. Yo lavé platos. Nuestra meta era no hacer demasiadas preguntas. No saber nada de cómo iba el mundo después del fin. Queríamos comer algo y ya.

Otro día, mirando por la ventana, hallamos el huerto de los ancianos. La planta baja del edificio estaba habitada sólo por ancianos que transformaron el baldío abandonado de junto en un huerto autosustentable. Una tarde de ocio —¿pero qué tarde no era de ocio luego del fin del mundo?— fuimos a preguntar por unas manzanas.

En las escaleras de emergencia, alguien comenzó a pintar una especie de Guernica pero sobre el fin de nuestros tiempos. Todavía le colgaba mucho trabajo pendiente. El plan, al parecer, era pintar cada espacio de las paredes. Debatimos sobre si era o no un despropósito.

—No hacemos prácticamente nada en todo el día, ¿qué tiene que alguien quiera pasar el tiempo pintando algo que nadie va a ver? —me dijo Lu. Fue un golazo. Nomás vi el balón pasar.

Entonces toqué una puerta al azar, de todas las que había en la planta baja, y nos abrió una señora. Una anciana regordeta. Le costaba escucharnos.

—¿Campanas? ¿Qué campanas?

Insistimos hasta que nos llevó al huerto.

—Pueden tomar lo que necesiten. Pero nada más lo que necesiten, mis niños.

Miré a Lucero con ojos de «¿NO CREES QUE NECESITAMOS UN CHINGO?».

Lucero me miró con ojos de «NO VAMOS A SAQUEAR A LA SEÑORA».

De todos modos se llevó demasiadas manzanas. Y zanahorias. Y unas papas. Lechuga, una coliflor. Cilantro. Una pera.

Cuando ya nos llevábamos el botín, un señor de aspecto igualmente afable nos comentó que empezarían a cocinarlo todo en comunidad. Es decir, el edificio era ya una comunidad. Y éramos parte de ella. ¿Qué era ese calorcillo raro en el pecho? ¿La felicidad del nuevo mundo luego del fin? ¿¡Qué eran esas lágrimas en los ojos de Lucero!?

De todos modos tardamos varios días en ir. Porque pereza.

El día que finalmente asistimos a la cocina comunitaria, resultamos ser los más jóvenes de todo el edificio. Salvo una pareja de la generación de nuestros hermanos mayores, con dos niñas pequeñas, el resto era ancianidad. Pero nos cocinaron. Nos prepararon de todo. Y durante días comimos felices.

Una tarde bajamos a buscar a la señora. La anciana regordeta. Tocamos y nadie abrió la puerta. Volvimos por la noche. Tocamos. Nada.

Al ir a buscarla una tercera vez, nos topamos con una multitud, cabizbaja, afuera de su casa. Vimos el llanto resignado. Entonces entendimos.

Escrito por Román Villalobos

Román Villalobos (Lagos de Moreno, México, 1991). Licenciado en Humanidades con orientación en Letras por la Universidad de Guadalajara. Publicó la plaquette «En las primeras horas de extravío» en el libro «Pieza de paso» (CULagos Ediciones, 2015), y los libros «Pequeña ciudad eléctrica» (Editorial Montea, 2016), «john lurie, outside forever» (Broken English, 2018) y «Final del rey» (Ediciones O, 2018). Actualmente es becario del PECDA Jalisco 2017-2018 en la categoría Jóvenes Creadores, productor en Radio UdeG Lagos, coeditor de la revista «3 pies al gato» y colaborador del proyecto virtual «Hýbris».