“19-10-16. Miércoles Negro”, dice uno de los tantos folletos de la convocatoria a la marcha Vivas nos Queremos, que está pegado en el pizarrón. Lo mira. Gira la cabeza. Me mira de arriba abajo. Profe, eso es cualquiera, ¿por qué no es “violencia de género” si una mujer le pega a un hombre? Respuesta: clase dedicada al tema; se incluyen textos periodísticos, columnas, textos literarios. Debate. Mi novia pensaba que me estaba “guatzapeando” con otra minita y me dio un cachetazo que me sacó sangre de la nariz. ¡Qué se hacen las mujeres! Eso también es violencia de género, insiste. A continuación, comentarios de compañeros apoyan el reclamo.

Ok, me digo. No hay falta de comprensión, hay desacuerdo.

No son los primeros varones que cuestionan el término “violencia de género”, reclamando la parte que “les toca”. Lo que me llamó la atención fue que lo hicieran jóvenes/adolescentes -de entre 15 y 22 años-; pues suponía que, por su edad, ellos iban a ver tan claro como yo esta desigualdad en detrimento del género femenino y, por lo tanto, acordar en combatirla. Además, hasta ese momento, había visto videos, comentarios en Facebook y en distintos medios, de jóvenes que apoyaban este discurso. Por supuesto, sé que no se puede pensar en “los jóvenes/adolescentes” como una población de ideas homogéneas por el solo hecho de formar parte de un mismo grupo etario, pero a la vez me preguntaba cómo era posible que ese cuestionamiento al discurso de la violencia de género no se distinguiera de muchos adultos que, anquilosados en la confortabilidad del machismo dominante, no aceptan que esa es una expresión justa y necesaria para desestabilizar el discurso hegemónico que oprime a las mujeres. Me dije que, esos reclamos, aunque idénticos, como se hacen desde distintos lugares, no pueden dar cuenta de lo mismo. Entonces indagué en otros jóvenes/adolescentes que respondían a diversas variables sociales, sobre qué pensaban del tema. Por supuesto, soy consciente de que me baso en el recorte de mi experiencia, mi método no es riguroso porque no se trata de un paper de Sociología. No pretendo certezas, solo pienso en voz alta acerca de lo que veo y que, probablemente, vuelva a pensar.

No sé… Me interesa el tema, hablo con mi novio de eso… Está bueno lo de las marchas, aunque no vamos…, así me dijo mi vecina. Es raro, hay algo que no nos termina de cerrar cuando decimos “violencia de género”, agregó. Mis amigos veinteañeros al igual que ella, daban cuenta de la misma incomodidad, esa que sentimos cuando nos reprochamos algo con lo que quisiéramos identificarnos porque coincide con nuestra razón pero que, sin embargo, no se corresponde con nuestros sentimientos.

El “problema” está en la palabra -“violencia de género”-, concluí nuevamente, acordándome de Bajtín. Él decía que, en todo signo (palabra), distintos grupos leen valoraciones e intereses diferentes y, cuando la lucha entre esos grupos tiene lugar, los sentidos del signo se explicitan para cuestionarse. La lucha de poder entre los grupos, entonces, se da en la palabra. Siguiendo esta línea, pensaba que, tal vez, en el discurso de la violencia de género, se enfrentan distintos grupos –incluso los que pertenecen a un mismo género y grupo etario- porque no se sienten igualmente representados, amén de que acuerden con las reivindicaciones por las que se lucha. Y no todos se sienten representados porque el discurso de la violencia de género es absoluto: deja afuera otras violencias –infanticidio, violencia adolescente- y otras imágenes de “lo femenino” –la mujer despechada, la mujer golpeadora- que riñen dentro del mismo signo -“violencia de género”-; en él solo se juega la imagen “mujer víctima/hombre victimario”.

Esta falta de empatía para con la imagen del signo, por parte de algunos jóvenes, las lecturas que ellos hagan de él, no contribuyen con el cambio de paradigma e, insisto, quizás den cuenta de ese lugar desde donde leen.

El otro día, en un examen de Literatura preparado por Cambridge, les pedían a los alumnos de quinto año –17 años- que justificaran la siguiente frase: “Como agua para chocolate es una novela feminista”. Uno de los alumnos respondió que sí. Y esa no fue la sorpresa, porque, la lectura de la novela permite argumentar tanto a favor como en contra de tal afirmación. La sorpresa fue que las razones a las que el alumno se refirió para ello, llevarían a pensar que interpretó la novela como exactamente lo contrario, o sea, para lo que entendemos como una “novela machista”. “Es una novela feminista porque la protagonista, Tita, se dedica a cocinar y a hacer las cosas de la casa, mientras que los personajes masculinos, Pedro, por ejemplo -cuñado y amante de Tita-, al no saber cocinar ni hacer nada de la casa, es mostrado como un inútil que depende de la mujer”, decía su examen. Cuando hablé con él, dijo que, además, mamá Elena criaba a sus hijas para atender a los hombres y que eso subestima al género masculino porque la mujer es imprescindible en la casa y el hombre incapaz de ocuparse de sí mismo, por eso el hombre es mostrado como dependiente de la mujer.

Entonces, pienso que, quizás, algunos jóvenes/adolescentes cuestionan el signo “violencia de género” por no empatizar con su imagen “mujer víctima/hombre victimario”, y que, si bien esto es desfavorable a las reivindicaciones del reclamo porque no contribuye con un cambio de paradigma –machista-, tal vez, también dé cuenta de que los códigos de los jóvenes/adolescentes, su forma de interactuar, el lugar desde el que valoran este discurso, sea menos desigual. Quizás esto también sea un indicio de que estamos orientados hacia la equidad. De lo que no se deduce un progreso en otros aspectos. Quizás, entre –ciertos grupos de- jóvenes adolescentes, haya tanta violencia de hombres a mujeres como a la inversa, o el hombre sea tan objeto de la mujer como del hombre, y el machismo ya no esté tan marcado en esta población como en las generaciones precedentes. Aunque –insisto- acuerde con la idea de que hay que “educar” en la necesidad de un signo –“violencia de género”- que visibilice la desigualdad para revertirla; creo que, tal vez, al igual que los jóvenes/adolescentes que militan a favor del discurso de la violencia de género sin cuestionarlo, los que no lo hacen, también estén dando cuenta de que, quizás, en “los jóvenes/adolescentes” está regurgitando el germen del cambio hacia una sociedad más igualitaria.

 

Escrito por Leticia D'Albenzio

Buenos Aires, Argentina (1983). Que mis textos hablen de mí.