“Goya es un maestro de lo humano. Ese hombre lo vio todo. Lo humano y lo misterioso.” Hasta aquí, Andrés Romero von Zeschau.

Goya tenía un ojo para ver en lo difuso.

Dostoievski dijo: “No habré desperdiciado mi vida si me dedico al misterio”.

Andrés Romero von Zeschau tiene 28 años, vive en Buenos Aires y pinta: lo humano y lo misterioso.

Lo humano significa: hombres como exteriorizaciones de un pensamiento. Hombres como exteriorizaciones de un fondo. En el fondo de los retratos de Romero von Zeschau: no hay nada, porque el rostro humano basta.

Debajo de la lámpara de luz blanca, la luz de disección bajo la que Romero von Zeschau pinta, sus imágenes parece que tienen cartílagos, que están hechas de fibras, que son de carne y hueso.

De un retrato de su hermano en la pared, Andrés cuenta: “Mi hermano dice que, con cada día que pasa, se parece más a su retrato”.

En la pared hay también un autorretrato de Andrés: un fondo agrisado, nublado, celeste brumoso. Un ojo solo, casi del color del fondo. La luz, como un tajo blanco, justo al principio del cuello.

Lo misterioso, en la obra de Romero von Zeschau, es visible. No es conceptual, sino sensible. Lo misterioso, en su obra, puede observarse. Por ejemplo, frente al cuadro “El paño” hay una estatua con un brazo roto. El niño que está a la izquierda de la estatua estira el paño que la cubre. Andrés dice: “No sé si la descubre o está a punto de romperla.”

Así, el cuadro aguarda, en ese instante inmóvil. A la estatua le falta un brazo. El misterio señala con un brazo roto.

En este cuadro, no hay espacio vacío, porque todo el vacío del fondo es un vacío tenso. Es un triángulo insoportable, está casi demasiado saturado de agitación. Fija una situación insostenible (¿el niño va a revelar la estatua o va a romperla?). Es el mismo peligro que corre el misterio: ¿va a revelarse o va a romperse?

La estatua del cuadro es la Victoria de Peonio. Las estatuas, lo mismo que las citas pictóricas abundan en la obra del pintor. Pero tanto las citas como las estatuas no aparecen como monumentos, sino como sobras y restos. El misterio de lo eterno perdura como un despojo. Hubo una vez un misterio: una Victoria de Peonio descubierta y entera. Ahora hay un misterio del misterio: la Victoria incompleta y cubierta.

Incompleta, la Victoria ingresa en otra atmósfera. Tapada, sale de ella. Se queda a medio aparecer.

Junto a su misterio en ruinas, se perfila lo humano.

El misterio en ruinas. Otra estatua, en la pintura “Bosques de Palermo”: el Sarmiento de Rodin. La estatua avanzando sin ojos (en el lugar de los ojos, una depresión, una profundidad). El color de la estatua: verde óxido. En el verde óxido, como arterias de un verde blancuzco y eléctrico. En Sarmiento, endurecido, avanzando sin ojos, el misterio es el cuerpo cruzado por un golpe de electricidad. La electricidad es la dirección, la vida de la estatua. Sarmiento, petrificado y ciego, produce en el observador una descarga.

Alrededor de Sarmiento, casi tan indiferentes como la estatua con respecto a ellos, hay algunos seres humanos. Existe una relación casi imposible entre la humanidad y la estatua. Aunque no tiene ojos ni camina, la estatua va. En cambio, los seres humanos están como indecisos. Hay una lasitud y una falta de dirección en sus posturas. Y en las arrugas de sus ropas, casi un gesto de cansancio. Todo esto, bajo un cielo tormentoso y rojo.

Justo alrededor de los ojos de algunas figuras de sus cuadros, a veces Andrés hace aparecer también un nimbo rojo. Hay cuadros suyos en los que los objetos proyectan sombras, y las sombras son ¡rojas!

Y todavía, lo que es casi una constante, los pliegues, los dobleces de las telas, de los paños, los trapos y la ropa, son color rojo carne. El paño con que una mujer limpia una urna en “Los parientes” escurre rojo de entre sus pliegues. En su obra, todo pedazo de tela tiene como un resto último de sangre todavía apretado adentro.

El rojo es el color de la carne, y en muchos de los cuadros de Andrés, es el color de la base. Él dice: “La primera capa de pintura de este cuadro es roja. A veces, tapo casi todo el rojo del fondo de un cuadro con otro color, pero aplico en algunos lugares, por ejemplo, alrededor de un ojo, una veladura muy fina. Entonces, se transparenta el rojo del fondo”. De la misma manera, los pliegues de la ropa, una ojera, una arruga o una sombra, en los cuadros de Romero von Zeschau, son un camino al fondo.

Otras veces, en cambio, Andrés comienza pintando la base en un tono marrón arena. “El paño” es un cuadro sobre una base en tono arena. “Los lectores” es un cuadro sobre una base roja.

En “Los lectores”, Romero von Zeschau cita el contraste entre luz y oscuridad del cuadro “La lectura” de Goya. Hay un cambio importante:

En el cuadro de Goya, cuatro personas leen. De las páginas del libro brota un suave haz de luz. En el cuadro de Romero von Zeschau, cuatro personas leen en un limbo de luz azulina. Los rostros parecen moldeados a golpes y a – luz de pantallas. Rostros rústicos y drásticos. Y telecomunicados.

El cuadro es andrajoso y al mismo tiempo solemne. La luz es en la imagen un pedazo del tiempo. Embrutece al mismo tiempo que ilumina. No se ven las letras del libro, del mismo modo que no se ve el contenido de la pantalla. Los rostros se moldean únicamente en la luz que brota. Esa luz colorea y alumbra. El personaje que sostiene el libro, en “Los lectores”, tiene las pupilas de los ojos del color de la piel de los párpados.

Así, si la luz cayese pintando, la luz de una pantalla pintaría estos rostros. La luz, en este cuadro, es un coágulo del tiempo. Pero el tiempo, en sí mismo, es solo un resquicio. El rostro humano es, en cambio, una profundidad.

Andrés Romero von Zeschau pinta de noche, con un guardapolvos, y bajo la luz curiosamente blanca de un pequeño foco. Sus cuadros tienen el enfoque centrado, la iluminación forzada y el contraste nítido de un cuerpo sobre una mesa de cirujías. Sus pinturas tienen algo de este tiempo y algo – de otro.

En “Los parientes”, una ronda de gente no mirándose. Sobre una mesita, una extraña urna color piel. La anciana frota la urna con un trapo con reflejos rojos. En los rostros, el rencor y la intriga, con su extraño efecto verdoso. De todas las figuras se desprende un halo amarillo. El misterio, una vez más, visible: algo ambiguo, entre un hedor y un aura.

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